Dos bailaores flamencos viven el nacimiento de la revolución rusa
Más allá de modas y de anécdotas, la calidad y el interés de la obra de Chaves me parecen indiscutibles. ¿En qué consiste su mérito?
Manuel Chaves Nogales
Insisto siempre en que la Generación del 27 no se limita a la literatura: incluye el cine, el humor, la música, la canción, el baile, la arquitectura, la ciencia… Y, dentro de la literatura, no se limita –como muchos creen– a la poesía: comprende también la novela, el teatro, el ensayo, el periodismo…
Una figura indiscutible del periodismo de esa etapa es el sevillano Manuel Chaves Nogales (1897-1944). Para Andrés Trapiello, es, sencillamente, el mejor periodista español, después de Larra. (Yo añadiría a otro gran escritor, el payés José Pla).
Durante muchos años, los lectores españoles podíamos acceder únicamente a su extraordinaria biografía Juan Belmonte, matador de toros: un libro muy atractivo, incluso para los no aficionados a los toros, incluido en 1969 en la colección Libro de Bolsillo, de Alianza Editorial. (Hace poco he publicado yo, en Editorial Almuzara, una nueva edición, con un amplio prólogo).
Poco a poco, pudimos ir conociendo otras obras de Chaves Nogales, gracias a las ediciones realizadas por varios estudiosos. Ante todo, la gran «culpable» fue María Isabel Cintas, que, en 1993, publicó la Obra narrativa completa de Chaves. Después, han publicado nuevas ediciones, entre otros, Yolanda Morató y Abelardo Linares; han escrito sobre él Andrés Trapiello, Antonio Muñoz Molina, Ignacio Garmendia, Juan Carlos Mateos…
Curiosamente, todos ellos coinciden en la gran estima por Chaves Nogales, pero discrepan en la visión que de él tienen y eso ha dado lugar a no pocas polémicas.
Es algo semejante –creo– a lo que siempre ha sucedido con Jovellanos: su figura merece tanto respeto que nadie se atreve a censurarlo; en cambio, desde diferentes posiciones ideológicas, todos intentan apropiárselo.
No cabe duda, Chaves Nogales está ahora mismo de moda: compiten las editoriales por publicar sus obras clásicas, divulgar las menos conocidas y, en la medida de lo posible, dar a conocer las inéditas. (Ayuda también a ello un dato económico: han quedado libres sus derechos de autor).
Más allá de modas y de anécdotas, la calidad y el interés de la obra de Chaves me parecen indiscutibles. ¿En qué consiste su mérito? Ante todo –creo yo–, en la sensación de veracidad que transmite. Podemos estar de acuerdo o no con su ideología, pero sus lectores sentimos que Chaves nos cuenta lo que él ha visto y lo que él cree: es verosímil.
Lo afirma rotundamente en un texto extraordinario, el prólogo a su libro A sangre y fuego:
«Comento lo que he visto y he vivido más fielmente de lo que yo quisiera (…) extraído fielmente de hechos verídicos».
Más allá de la verdad histórica está la verdad literaria: no basta con haber vivido algo interesante, hay que saber contarlo. A mi modo de ver, Chaves Nogales es un gran escritor porque reúne dos cualidades básicas: ante todo, la agudeza de visión, la lucidez; no se hace ilusiones.
Además, evita la retórica vacía, los adjetivos innecesarios. Utiliza la técnica de los «pequeños detalles verdaderos», que preconizaba Stendhal: eso le da a su relato un vigor narrativo extraordinario.
Resumo algunos datos básicos de su biografía. Nació en Sevilla, en 1897. Su padre y su tío eran periodistas y escritores. Cuando Manuel tenía diecisiete años, falleció su padre, dejando a la familia en una situación económica complicada: él no pudo concluir los estudios universitarios, se dedicó al periodismo. Aunque alcanzó notable éxito y popularidad, tuvo que lidiar siempre con la inseguridad y con los altibajos que son propios de esa profesión.
Colaboró en diversos periódicos y revistas sevillanos; a partir de 1922, también, en publicaciones madrileñas: El Heraldo de Madrid, Ahora, Estampa…
En 1928, ganó el Premio Mariano de Cavia, por sus reportajes sobre la aviadora Ruth Elder, que había atravesado en solitario el Atlántico.
Chaves fue corresponsal en París y recorrió muchos países de Europa. A la vez, iba recogiendo en libros sus artículos: La vuelta a Europa en avión (1929). Lo que ha quedado del Imperio de los Zares (1931).
Se adhirió a la República desde su comienzo: publicó entrevistas con los ministros del primer Gobierno. En 1933, viajó a Alemania e Italia: escribió una serie de artículos sobre Cómo se vive en países de régimen fascista, que incluían una entrevista con Goebbels, el ministro de Hitler.
En 1934, cubrió como periodista la Revolución de Asturias y publicó el libro El maestro Juan Martínez, que estaba allí. Al año siguiente, escribió sobre la Semana Santa sevillana y publicó su libro sobre Juan Belmonte.
La obra fue llevada al teatro recientemente en Madrid
Siempre se sintió republicano, contrario tanto al fascismo como al comunismo. Él mismo se definía así, con cierta autoironía:
«Un pequeño burgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Antifascista y antirrevolucionario por temperamento. Odio insuperable a la estupidez y a la crueldad».
'A sangre y fuego'
Durante la guerra, escribió Chaves su extraordinario libro A sangre y fuego, que publicó en el exilio. Proclamó que su lealtad al Gobierno de la República había llegado hasta que éste salió de Madrid:
«Cuando el Gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. Ni una hora antes ni una hora después. Mi condición de ciudadano de la República no me obligaba a más ni a menos».
Continuó escribiendo en periódicos de difusión internacional, desde el exilio: primero, en París; luego, en Londres. Allí falleció, en 1944.
Vuelvo atrás para comentar algunos libros suyos que merecen especial atención. En 1931, en la revista madrileña Ahora, publicó Chaves Nogales una serie de reportajes sobre Lo que ha quedado del Imperio de los Zares. (Recomiendo la reciente edición facsímil, con las ilustraciones originales, que ha publicado hace poco María Isabel Cintas en ed. Confluencias).
Lo que ha quedado del Imperio de los Zares
Chaves Nogales había visitado Rusia. A partir de esa experiencia, escribe la crónica periodística de los perdedores de la Revolución rusa: cerca de dos millones de personas huyeron de allí. Lo que vivió cada uno de ellos –dice– «es un folletín».
Cuenta la novelesca historia de algunos grandes personajes: Rasputín, Yusupov, Anastasia, la Pavlova… Comenta algo que hoy tiene triste actualidad: los ucranianos se niegan a ser rusos…
Al político que más valora es a Kerenski. Entrevista Chaves en París al que había sido «omnipotente, dictador de Rusia, generalísimo de sus ejércitos de mar y tierra, el hombre que tuvo prisionero al zar» y que ahora, en el exilio, «vive pobremente como un humilde periodista». Chaves Nogales explica así su historia:
«Kerenski tuvo que dar la batalla a los bolcheviques. La dio y la ganó. Pero se negó a firmar una sola sentencia de muerte. Si, en aquel momento, Kerenski hace ejecutar a Lenin y Trotski, a los que tuvo en sus manos, la historia de Rusia hubiera cambiado radicalmente. –No me arrepiento– dice ahora Kerenski-. No quise manchar la revolución con sangre».
Evidentemente, Chaves Nogales ve en Kerenski una premonición de lo que él mismo vivirá años después, en España.
También había conocido, en París, a muchos exiliados rusos; algunos eran aristócratas, que habían tenido que aceptar toda clase de oficios: por ejemplo, chóferes o porteros de cabarés, como hemos visto en tantas películas, Por muy lamentables que pudieran ser algunos, Chaves nos da siempre el lado humano, la clave de cada personaje.
Anecdóticamente, entre ellos conoce Chaves a Irene Nemirovsky: era, entonces, una joven de veinticinco años, hija de un banquero judío ruso, exiliado en Francia, que soñaba con ser escritora. Murió en Auschwitz, en 1942, y alcanzó el reconocimiento literario en el 2004, cuando se publicó, póstuma, su extraordinaria novela La suite francesa.
En definitiva, Lo que ha quedado de los Zares es un interesante reportaje, poco más. Sin embargo, muestra que Chaves ha encontrado un tema periodístico que ampliará, como gran escritor, en la serie de reportajes que publicó en Estampa, en 1934, y que dieron lugar al divertidísimo libro El maestro Juan Martínez, que estaba allí. (Recomiendo también la edición facsímil de María Isabel Cintas, con ilustraciones, en ed. Confluencias).
Narra en este libro Chaves Nogales una historia real, tal como se la contó el propio protagonista, en París, en 1930: Juan y Sole eran una pareja –artística y sentimental– de baile flamenco, que estaban actuando en la capital francesa. Un empresario los contrató para que fueran a bailar a Turquía y a Rusia. Allí, sin enterarse de casi nada, fueron testigos directos y sufrieron las consecuencias del estallido de la Revolución rusa: las luchas de los bolcheviques y los mencheviques, de los rusos blancos y los rojos…
Literariamente, ellos dos aportan al relato una perspectiva desde fuera: igual que el ingenuo de Voltaire, el persa de Montesquieu (en las Cartas persas) y el marrueco de Cadalso (en las Cartas marruecas). Históricamente, su testimonio es más fiable que el del famoso libro del periodista norteamericano John Reed, Diez días que cambiaron el mundo (lo llevó al cine Warren Beatty, en la película Rojos).
Además, el de Chaves Nogales es un libro divertidísimo, dentro de la mejor tradición tragicómica española. Para salvar el pellejo, Juan y Sole deciden hacerse bolcheviques; luego, se pasan al bando contrario…
A la vez, las fotografías de la edición original dan testimonio indiscutible del terror y de la crueldad colectivos: las matanzas de judíos. La Checa. Los cadáveres ensartados en las bayonetas. Un bosque de ahogados. La gran ovación a un personaje llamado Jacobliva, que había hecho fusilar a su padre, por poco comunista…
Junto a estos horrores, el libro cuenta también anécdotas divertidísimas: Juan pasea por las calles rusas vestido de corto o de torero. Según qué bando vaya ganando, él se disfraza de millonario o de pordiosero. En un Tribunal de Depuración, para demostrar que es un artista, les baila a los jueces una farruca. La pareja encuentra a varios comunistas españoles; por ejemplo, a uno, conocido allí como Zérep (en realidad, era madrileño y se llamaba Pérez)…
La historia de Juan y de Trini acabó bien: lograron escapar a Turquía y, desde allí, a Occidente. Como habían pasado mucha hambre, en cuanto les fue posible, acudieron a un buen restaurante, pero no pudieron disfrutar de la comida:
«Nos quedamos casi congestionados ante aquellas montañas de comida que los camareros iban trayendo. Tuvimos que pagar e irnos sin probar bocado. Se nos había olvidado aquello de comer. No sabíamos».
Apostilla el narrador:
«Acaso no se deba nunca superar la medida de lo humano» …
Además de ser una historia tan cómica, tan singular, ¿por qué la escribe Chaves Nogales? No olvidemos que, en ese año, 1934, se había producido la revolución de Asturias. La publicidad del libro, en la revista Ahora –de la que Chaves era entonces redactor jefe– indica claramente lo que pretendía (respeto las mayúsculas):
«Explicar claramente a los españoles CÓMO ES UNA REVOLUCIÓN SOCIAL… ¿Qué va a pasar en España? Ante la amenaza de una guerra civil, desencadenada por el propósito de los socialistas de lanzarse a un movimiento revolucionario…».
El mensaje es evidente: en una guerra fratricida, nadie se salva: «Asesinos rojos y asesinos blancos, todos asesinos».
Chaves vivirá lo mismo, en España, no mucho después…
Héroes, bestias y mártires de España
Otro libro extraordinario es A sangre y fuego. (Héroes, bestias y mártires de España). Lo escribió Chaves Nogales en 1936-1937, lo publicó en el exilio. Comprende nueve relatos sobre episodios y perronas insignificantes de la guerra civil. Está escrito casi como si se tratara de un reportaje: con un estilo periodístico, ágil y vivaz, que atrapa al lector.
Denuncia en él la barbarie general: entre padres e hijos; contra las inocentes monjitas; la de los comunistas, frente a los socialistas y anarquistas… Contempla a los extranjeros, perdidos en el caos; las bandas de patibularios; los sindicatos que dictan condenas a muerte y que son peores que los antiguos amos; la nueva burocracia; el caos…
El horror general supone una «nueva peste»:
«Me encontré en pleno régimen soviético. La estupidez y la crueldad se enseñoreaban de España».
Señala a los que considera culpables:
«Los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo».
Y la raíz de todo esto:
«El miedo del sectario al hombre libre e independiente».
Todo ello le conduce a un absoluto pesimismo:
«La causa de la libertad no había en España quien la defendiese».
El símbolo tragicómico, conmovedor, es una niña que, como no sabe quién va a llegar, duda si saludar con el puño o brazo en alto…
Además de los relatos, A sangre y fuego incluye un texto esencial, su Prólogo. Lamenta, como Antonio Machado, «la vieja fiebre cainita» del español. Ve que «idiotas y asesinos han actuado con idéntica intensidad en los dos bandos». Denuncia «la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid».
A sangre y fuego
Esto lo escribió el republicano Chaves Nogales. Si hoy alguien se atreviera a decirlo con esa rotundidad, lo acusarían de franquista o de facha…
La lección final que nos da es totalmente desengañada:
«Yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español, quizá sea un lujo excesivo».
Andrés Trapiello ha elogiado enormemente este terrible prólogo:
«No se parecía a nada ni le conocíamos a nadie un coraje semejante, hablando de la guerra. Era el eslabón perdido que habíamos estado buscando a ciegas durante años».
Más allá de su indiscutible valor literario, ¿entendemos ya la actualidad de Chaves Nogales y las polémicas que hoy mismo sigue suscitando?
Mi hijo Víctor, que ha nacido muchos años después de todo esto, me dio una clave, con máxima brevedad: «Les destruye el relato». Frente al buenismo ignorante y sectario de cierta izquierda, debemos seguir leyendo a Chaves Nogales.