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Cubierta de 'El arte de viajar sin moverse del sitio'

Cubierta de 'El arte de viajar sin moverse del sitio'Barlin Libros

`El arte de viajar sin moverse del sitio': un mapa que no cabe en ningún atlas

Entre el relato y el ensayo, con Sebald, Herzog o Borges como compañeros de ruta, un viajero de verdad demuestra que los desplazamientos más hondos son los que no dejan sellos en el pasaporte

El título promete una paradoja y el libro la cumple, aunque no del modo previsible. Nadie encontrará aquí un elogio del sedentario. Lo que Hilario J. Rodríguez ha escrito es más extraño y más difícil de clasificar: un libro de viajes que es también una recopilación de relatos, un cuaderno de reflexiones y, sobre todo, un libro sobre una clase de desplazamiento que no deja sellos en el pasaporte.

Cubierta de 'El arte de viajar sin moverse del sitio'

Barlin Libros (2026). 132 páginas

El arte de viajar sin moverse del sitio. Atlas de viajes reales e imaginarios

Hilario J. Rodríguez

Conviene aclarar algo de entrada: Rodríguez es un viajero de verdad. Ha recorrido medio mundo y lo ha hecho de la mejor manera: mezclándose con quien vive allí, intentando entender el sitio que pisa en lugar de coleccionarlo. Sus páginas sobre África lo demuestran sin necesidad de proclamarlo. Pero la mayoría de los viajes de este libro ocurren en el territorio del intelecto, aunque su condición mental no los aleje ni un milímetro de la tierra. El mejor ejemplo es Werner Herzog, al que dedica algunas de las mejores páginas: un artista obsesionado con lo real, lo matérico, precisamente porque desconfía de lo que la mente fabrica.

Formalmente, lo más interesante es que todo esto se sitúa en el límite de la ficción. Rodríguez no expone ideas: las narra. Una lectura, un recuerdo, una película vista hace años se convierten en materia narrativa con personajes, atmósfera y tiempo propio, de modo que el lector nunca sabe del todo si está ante un ensayo que cuenta o ante un relato que piensa.

La referencia obvia es Sebald, y es justa: la misma caminata digresiva, la misma melancolía erudita, el mismo modo de dejar que un objeto cualquiera abra una galería de asociaciones. Pero hay más parentescos. Agustín Fernández Mallo, aunque Rodríguez esté mucho menos obsesionado con la modernidad y con el aparato tecnológico. Y también Geoff Dyer, por ese vagabundeo por lo lateral del mundo y por el talento para establecer conexiones que parecen improbables, hasta que uno comprueba que son rigurosamente lógicas.

El libro funciona, además, como una espléndida máquina de abrir caminos de lectura. Por aquí pasan las islas remotas de Judith Schalansky, las rutas desviadas de Ricardo Piglia, el Borges más geográfico y peculiar, el de ese atlas que no sirve para orientarse en ninguna parte. Pasa el cine, claro, con Resnais entre las referencias mayores –Rodríguez le dedicó un libro entero a El año pasado en Marienbad–. Pasan montañeros legendarios como Reinhold Messner, escritores irlandeses que casi nadie recuerda o una artista húngara que plantó 11.000 abetos en Finlandia.

Lo que convierte ese catálogo en un libro es la mirada que lo recorre: la de un hombre de cultura integral –literaria, artística, cinematográfica, sin que ninguna de las tres funcione como adorno de las otras– capaz de sostener la misma atención ante una película, una cordillera y una nota a pie de página. Esa mirada es el verdadero vínculo entre estos textos, y también el nexo de este libro con el resto de su obra, que a estas alturas se parece a un enorme mapa intelectual trazado durante años: lleno de interconexiones sorprendentes y, cuando uno se detiene a mirarlas, perfectamente lógicas.

En un momento saturado de efectismo, de libros construidos para impactar una semana o para mostrarse en Instagram, con tramas que se repiten con ligerísimas variaciones, encontrarse con uno que confía en la inteligencia del lector y que no tiene prisa produce un alivio considerable. El arte de viajar sin moverse del sitio no se lee de un tirón ni lo pretende. Se recorre como se consulta un mapa: deteniéndose, volviendo atrás, anotando lugares a los que uno promete ir algún día.

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