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'Salida del baile de máscaras', de Raimundo de Madrazo

'Salida del baile de máscaras', de Raimundo de MadrazoFundación Mapfre

La Fundación Mapfre rescata la elegancia y la belleza de la obra de Raimundo de Madrazo

Una gran exposición de la Fundación Mapfre pone en valor la importancia de la obra de uno de los artistas españoles más interesantes del siglo XIX y principios del XX

La obra de Raimundo de Madrazo y Garreta refleja la cotidianidad de la alta sociedad en una Europa que ya no existe, pero que la nostalgia y la búsqueda de unas raíces identitarias de la sociedad actual ha idealizado.

Madrazo también idealizó esas costumbres y tradiciones de un mundo donde la elegancia y las modas despampanantes que surgían en París y Londres y que desde allí se extendían por todas las grandes capitales europeas.

Raimundo de Madrazo es de los pintores españoles más interesantes del siglo XIX y principios del XX. Y, sin embargo, no es de los más conocidos.

La sede de la Fundación Mapfre en Madrid quiere solventar esa anomalía con una gran exposición que recorre toda su trayectoria pictórica.

La exposición propone un recorrido integral por la obra de quien fuera símbolo de la elegancia, la tradición y la evocación del pasado. A través de su pintura, se vislumbra no sólo la maestría de un artista excepcional, sino también una parte esencial de la vida cultural y social de la Europa y la América más sofisticadas de su época.

La muestra se inaugura este viernes 19 de septiembre en la sede de la Fundación Mapfre, en el Paseo de Recoletos de Madrid, y permanecerá abierta al público hasta el 18 de enero.

Raimundo de Madrazo y Garreta (1841-1920), miembro destacado de una de las dinastías artísticas más influyentes del siglo XIX español, se trasladó a París a los 20 años para culminar su formación pictórica.

Con ello siguió la senda trazada por sus antecesores: su abuelo José fue discípulo de Jacques-Louis David, y su padre, Federico, trabajó bajo la tutela de Jean-Auguste-Dominique Ingres.

No obstante, a diferencia de ellos, Raimundo no volvió a España, sino que forjó su carrera entre París y Estados Unidos, país al que comenzó a viajar regularmente desde 1897 para realizar giras de retratos, justo cuando empezaba a desvanecerse su protagonismo en el ámbito artístico francés.

En la capital francesa, sus primeros pasos profesionales se orientaron hacia la pintura de género, disciplina que cultivó con notable éxito en el mercado internacional gracias al detallismo de sus interiores y su reconocida maestría cromática.

A partir de mediados de la década de 1870, fue orientándose hacia el retrato, género en el que alcanzaría gran notoriedad, convirtiéndose en uno de los artistas más solicitados por la élite parisina y estadounidense.

Su taller, refinado y frecuentado por la alta sociedad, se convirtió en punto de encuentro obligado de quienes buscaban inmortalizarse bajo su pincel.

Durante los años 70 y 80 del siglo XIX, ejecutó algunas de sus obras más representativas, que destacaron por su distinción y por un preciosismo de marcado carácter cosmopolita.

La Exposición Universal de 1878 supuso la consagración definitiva de Madrazo. Allí presentó 14 obras que le valieron una Primera medalla y la condecoración con la Cruz de Caballero de la Legión de Honor, uno de los más altos reconocimientos artísticos de la época.

Pese a la brillantez de su trayectoria, la crítica posterior lo relegó al olvido, desestimando su producción por considerarla ajena a las corrientes de la modernidad. No obstante, una nueva mirada permite hoy recuperar su legado.

La exposición organizada junto al Meadows Museum de Dallas reivindica esa figura olvidada, mostrando una selección de cerca de un centenar de sus piezas más relevantes para reconstruir el universo estético de uno de los creadores más internacionales de su tiempo.

Nacido en Roma en 1841 y fallecido en Versalles en 1920, Raimundo de Madrazo se inscribe en la estirpe de los Madrazo, una saga ligada al mundo artístico y literario. Además de su abuelo y su padre, ambos directores del Real Museo de Pintura y Escultura –actual Museo del Prado–, formaron parte de su círculo íntimo artistas como Mariano Fortuny, su cuñado y estrecho colaborador.

Esta proximidad a un ambiente eminentemente artístico, si bien marcó profundamente su personalidad, también diluyó en parte su especificidad como creador.

Desde 1862 se instaló de forma permanente en París, rompiendo con la tradición que privilegiaba las grandes composiciones históricas como vía de reconocimiento académico.

En su lugar, apostó por un camino alternativo, ligado a la pujante demanda burguesa de escenas de género y retratos mundanos, obras elaboradas con exquisito virtuosismo técnico y minuciosidad decorativa.

Raimundo fue testigo de la efervescencia cultural que caracterizó al París de finales del siglo XIX, donde convergían los modelos académicos con las incipientes vanguardias. Al margen de ambos extremos, se mantuvo en una posición intermedia, conocida como juste milieu, que buscaba conciliar la tradición con los gustos contemporáneos.

Esta postura le permitió gran éxito comercial, aunque le granjeó escaso reconocimiento en los relatos canónicos de la historia del arte.

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