07 de diciembre de 2021

Detalle de portada. «Migraciones de lo sagrado» de Cavanaugh

Detalle de portada. «Migraciones de lo sagrado» de Cavanaugh

Ensayo / Pensamiento

Liberar la imaginación de las garras del Estado-Nación

William T. Cavanaugh firma un valioso ejercicio de imaginación católica para afrontar las dificultades del mundo postsecular
Detalle de portada. «Migraciones de lo sagrado» de Cavanaugh

nuevo inicio / 283 págs.

Migraciones de lo sagrado

William T. Cavanaugh

Se cumplen ahora 40 años desde que se publicó Tras la virtud, una obra que nació clásica y en la que MacIntyre describió el cambio que se estaba produciendo en Occidente en términos de comparación con lo que sucedió a mediados del siglo V, en el tiempo previo a la caída del Imperio Romano. 
Señaló entonces una pequeña diferencia que debería haber alertado a sus lectores sobre lo que sobrevendría en las cuatro décadas siguientes. La diferencia, decía el filósofo escocés, era que los bárbaros de la hora presente no estaban esperando al otro lado de las fronteras, sino que llevaban años gobernándonos. Añadía, además, dos consideraciones que orientaron sobre el sentido de la tarea, que, desde entonces hasta nuestros días, ha marcado el afán de multitud de pensadores católicos: por un lado, la falta de conciencia de lo que nos sucede, que constituía una parte fundamental de nuestra difícil situación; de otro, MacIntyre apuntaba que entre los acontecimientos que precipitaron la caída de Roma se encontró el hecho de que muchos hombres de buena voluntad dejaron de asociar su suerte a la suerte del Imperio y se pusieron, a veces sin darse cuenta, a buscar nuevas formas de comunidad que garantizaran el mantenimiento de su modo de vida, para atravesar el periodo de oscuridad que se cernía sobre ellos y permitir un «nuevo inicio». 
Y eso es, ni más ni menos, lo que propone el último libro de William Cavanaugh, Migraciones de lo sagrado: un ensayo de clarificación de la naturaleza última de las dificultades que afrontamos y un esfuerzo de imaginación para proponer modos distintos de entender la vida fuera del marco que ofrece quien hoy se arroga para sí la divinidad que en otro tiempo pretendió la Roma pagana, fuera del marco del Estado.
La toma de conciencia que reclamaba MacIntyre es algo que ha ocupado tantas páginas en los últimos años que ya debe constituir una sección en muchas librerías católicas y en buena parte de las bibliotecas personales de quienes nos leen. En este aspecto, la obra de Cavanaugh no es original, aunque para quien se quiera aproximar por primera vez a ese problema encontrará en ella una muy valiosa síntesis de los elementos históricos e intelectuales que permiten entender el proceso.

Un esfuerzo de imaginación para proponer modos distintos de entender la vida

En cambio, en la mucho más difícil tarea de imaginar nuevos modos de custodiar las formas de vida que permitan afrontar estos nuestros tiempos oscuros, el libro que traemos es una verdadera joya, porque constituye un novedoso y meritorio esfuerzo por «liberar la imaginación de las garras del Estado-Nación». Un esfuerzo nada sencillo, porque es imposible no reconocer la dificultad de pensar fuera del marco que ha creado en torno nuestro el Estado: la distinción entre Estado y sociedad, entre espacio púbico y espacio privado, la neutralidad del espacio público y su monopolio por parte del Estado, o la misma concepción de la Iglesia como «sociedad intermedia»… Y, sin embargo, un esfuerzo imprescindible, porque sin romper el molde mental del Estado, seguiremos atrapados en él.
La propuesta de Cavanaugh tiene el indudable mérito de repensarlo todo a partir de categorías que nacen de la concepción cristiana de «lo temporal», que no es un «espacio», donde la Iglesia tenga que encontrar el suyo, sino un modo de entender la historia, un drama que compite con el relato cristiano, capaz de iluminarlo con una narración más amplia: capaz de «desviar la tragedia hacia el interior del drama de la redención».
La última parte del libro es, para los lectores españoles, en cierto modo, la menos interesante, porque uno tiene la sensación de meter las narices en conversación ajena. En polémica con escritores americanos, Cavanaugh hace su aportación al interesante diálogo que se desarrolla allí y del que, nosotros, de momento, sólo podemos aprender.
Se ha utilizado con frecuencia la imagen del «cambio de agua» para explicar la extraña mutación cultural y política de Occidente, que, sin tocar aparentemente las formas de organización de la vida civil (nuestra pecera), ha transformado hasta dejar irreconocible la concepción del hombre y del mundo que las engendró y sostuvo (el agua). 
La imagen ya no sirve, porque el remplazo se ha completado hasta hacer innecesario ese esfuerzo por darles continuidad y la deriva totalitaria de las antiguamente llamadas sociedades libres así lo demuestra. Pero, como viene a decir Cavanaugh, no importa si ellos nos han cambiado el agua, cambiémosles nosotros a ellos la partitura. Así, en lugar de representar la tragedia que la razón postsecular propone, improvisemos la siempre novedosa Historia de la Salvación. 
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