18 de agosto de 2022

Cristo se detuvo en Éboli

Portada de «Cristo se detuvo en Éboli» de Carlos LeviPepitas de Calabaza

«Cristo se detuvo en Éboli». Remembranza de los olvidados

Nueva edición de una obra autobiográfica y prodigiosa de la literatura comprometida

Carlo Levi (Turín, 1902 – Roma, 1975) abandonó tempranamente el ejercicio de la medicina para dedicarse a la pintura y la literatura. Por su enconada oposición al régimen de Mussolini, que le llevó a militar en el movimiento antifascista Giustizia e Libertá, fue condenado a la pena de «confino», esto es, desterrado a Lucania, asolada región de la Italia meridional. Esta permanencia obligada, ocurrida entre 1935 y 1936, además de aportarle nuevos temas para sus cuadros, lo imbuyó en las penurias de los campesinos del sur de Italia. Diez años después, oculto por la persecución nazi, el autor recordará su confinamiento en la célebre Cristo se detuvo en Éboli, obra que la editorial Pepitas de calabaza reedita en español junto a dos apéndices de Italo Calvino y J. P. Sartre.
Cristo se detuvo en Éboli

pepitas de calabaza / 279 págs.

Cristo se detuvo en Éboli

Carlo Levi

Levi llegó a Gagliano –topónimo inventado por el autor cuyo referente es Alano, al sur de Potenza– con las manos atadas y custodiado por dos carabinieri. Aquel pueblo no parecía un pueblo: las casas, llenas de grietas, se tambaleaban en medio de barrancos de arcillas blancas. Sus habitantes pertenecían a una civilización arcana que desconocía la teocracia estatal, la concepción temporal y la perenne actividad que imperan en Occidente. Cristo no llegó allí, decían, como tampoco lo hicieron los romanos ni los griegos. Se trataba de un mundo cerrado, anterior a la civilización, cubierto de velos negros y roído por odios ancestrales.
Desde remotos, Gagliano se ha dividido en «señores» y campesinos. A estos últimos se les distingue a lo lejos: avanzan rígidos y sin mover los brazos. Los señores del pueblo –que mandan en su mísero rincón de tierra con un odio obstinado, fruto de sus ambiciones malogradas y su aburrimiento fatal– intentarán ejercer su influencia sobre el desterrado turinés, haciéndolo partícipe de sus intrigas y odios. Los señores son la cara visible del Poder y del Partido, algunos de los muchos nombres que toma el enemigo inmemorial: «Roma». Roma es, para los campesinos, una entidad antigua e inmisericorde «más lejana que el cielo y más malvada, porque siempre está al otro lado». Al igual que la fiebre o las malas cosechas, Roma es una voluntad ciega y hostil que solo puede combatir con la muda resignación. Los destinos de Roma nunca coinciden con los del campesinado, y muy de vez en cuando estos intereses contrapuestos estallan en una revuelta destinada a fracasar. Es entonces cuando los campesinos se identifican con los antiguos bandoleros justicieros, sus antepasados y héroes.
Las gentes del Mezzogiorno sufren el paludismo y la miseria. En tales circunstancias, Levi se ve forzado a recuperar su abandonada profesión de médico. A pesar de su impericia y de la oposición de los médicos locales, se convierte en el único benefactor del pueblo. Es así como el intelectual consigue penetrar en un universo atávico y primitivo en el que no existen diferencias entre religión, magia e historia, y que llegará a parecerle más real que ningún otro. Los campesinos celebran la existencia indiferenciada y divina de las cosas. Sus ritos adquieren una forma y fondo pagano, incluso los pertenecientes a la tradición cristiana. Creen en dragones, en filtros de amor y, por encima de todo, en el amparo de la Virgen de Vaggiato, que cuida de los niños desaparecidos.
Italo Calvino opina que Levi «describe con respeto y devoción lo que ve, con una escrupulosa fidelidad con la que multiplica detalles y adjetivos. Su escritura es un puro instrumento de esa amorosa relación suya con el mundo». Efectivamente, la parsimoniosa representación que hace Levi de aquellas tierras abandonadas, así como la maravillosa –aunque quizás algo maniquea– recreación de las personas que allí encuentra, demuestran un interés genuino por los desposeídos de la tierra y su cultura «ahistórica». Los relatos atávicos del imaginario gaglianense se trasmiten vívidos y sin cuestionamiento alguno.
Cristo se detuvo en Eboli es una obra heterogénea, no susceptible a una catalogación canónica. Desde su publicación en 1945, estas memorias ficcionadas, estudio etnográfico, novela u obra de denuncia social, alcanzó unextraordinario éxito, que se extendería internacionalmente después de la adaptación cinematográfica de Francesco Rosi (1979).
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