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Alonso Guerrero

Alonso GuerreroZuma Press

‘La imitación’: un diálogo existencial entre el hombre y la máquina (o viceversa)

Este diálogo desnudo y complejo se antoja una revisión literaria del test de Turing, cuyo objetivo es evaluar hasta qué punto una máquina inteligente puede comportarse de tal manera que resulte difícil (o acaso imposible) distinguirla de un ser humano

En la semblanza de La imitación (De la Luna Libros, 2024), leemos que su autor, Alonso Guerrero, es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura, «donde aprendió lo necesario para no caer en el bestseller». Estamos, pues, ante un escritor que no esconde un ADN literario a contracorriente, al margen de las modas y el mercantilismo de la industria del libro.

Cubierta de La imitación

De la Luna Libros (2025), 160 páginas

La imitación

Alonso Guerrero

Y creo no exagerar si afirmo que la novela La imitación es un verso libre en la literatura española de hoy día, sin un referente literario directo (yo, al menos, no lo encuentro), una propuesta más intelectual que narrativa que, desde el pensamiento y las ideas, nos introduce en un nuevo paradigma, extraño y malherido.

Como esta no es una novela al uso y su complejidad es alta, creo conveniente anticipar, a modo de orientación para quien no la haya leído, que La imitación es un diálogo de gran intensidad entre un hombre y una máquina en un contexto narrativo tal vez inédito: no hay acotaciones explicativas por parte del narrador, no conocemos quién es el hombre ni quién (el uso del pronombre personal «quién» no parece en este caso incorrecto) es la máquina y, por si fuera poco, no se explicita cuándo habla uno y cuándo la otra.

Este diálogo desnudo y penetrante se antoja una revisión literaria y existencialista del test de Turing, cuyo objetivo es evaluar hasta qué punto una máquina inteligente puede comportarse de tal manera que resulte difícil (cuando no imposible) distinguirla de un ser humano.

Este escenario, que décadas atrás podría ser entendido como pura fantasía, parece hoy «ciencia ficción en pasado», valga el oxímoron. La tesis que subyace en esta novela es que la máquina no solo ha conseguido imitar al hombre, sino que además lo ha suplantado. O sea: es ahora el hombre quien, cegado por los avances de la tecnología y por su vocación demiúrgica, ha acabado por imitar a su creación: la máquina. Digámoslo ya: Alonso Guerrero ha jubilado el famoso aforismo de Nietzsche «Dios ha muerto» para dar entrada a otro tal vez más inquietante: «El hombre ha muerto». Tanto es así que el lector no podrá distinguir a lo largo de estas 158 páginas, como decía antes, qué pie de diálogo pertenece al hombre y cuál al sistema encargado de dirigir el test.

¿Es La imitación una novela pesimista? Sí, tal vez lo sea, pues no deja en buen lugar al ser humano, que, en su lucha por avanzar, ha acabado por retroceder –siempre según la tesis del autor–. Pero creo que el lector avezado apreciará que, a la larga, no estamos ante una obra nihilista que pretende enterrar al hombre, sino resucitarlo. ¿Cómo? Incentivando el prurito por la lectura, por las humanidades, por el pensamiento crítico y por la desconfianza hacia esas máquinas que, como ocurría en los tebeos que leíamos los niños de mi generación, acaban por tomar el poder y doblegan a su creador. Quizá, en fin, haya llegado la hora de retomar el peso cultural que han asumido TikTok y otros productos de ocio de usar y tirar y devolvérselo a la universidad, a la filosofía, a los libros, al debate de las ideas, a la creatividad artesana. Como leemos en la página 33 del libro, «Hace años que [el hombre] quiere volver al mono. El primer paso ha sido acabar con el arte». «¡Resucitémoslo!», sería la consigna.

No son buenos tiempos para la lírica, ni para el ágora. El ruido emponzoña la reflexión y las aguas bajan turbulentas. Pero diré algo: en las últimas semanas a mi hijo Mario (9 años) le ha dado por leer compulsivamente, sin la menor presión por mi parte, atendiendo a una voz interior que demanda el conocimiento y la palabra escrita, esa que viene transmitiéndose sin descanso desde los tiempos de Mesopotamia, año 3200 a. C.

Este escenario (un niño, un libro, una pasión), en apariencia tan nimio, me alienta a pensar que el ser humano no está muerto del todo y que aún queda margen para combatir la imitación.

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