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Marina Tsvetaeva, Paris 1925

Marina Tsvetaeva, Paris 1925Pyotr Ivanovich Shumov

La infancia como insumisión: claves para leer a Marina Tsvietáieva

Una infancia rebelde, un pacto con lo prohibido y la palabra como forma de insurrección

La reciente publicación de El diablo por la editorial Acantilado es mucho más que la recuperación de una obra breve y poco conocida en el ámbito hispanohablante. Es un acto de justicia literaria y poética que abre una ventana imprescindible al universo de Marina Tsvietáieva, una de las voces más complejas y rebeldes del siglo XX. Escrita en 1935, en plena época de exilio en Francia, esta nouvelle amplía significativamente el corpus de prosa de la poeta rusa y ofrece a los lectores en español el acceso a uno de sus relatos más personales y simbólicos.

Cubierta de 'El diablo'

Traducido por Selma Ancira
Acantilado (2025). 80 páginas

El diablo

Marina Tsvietáieva

Marina Ivánovna Tsvietáieva (1892-1941) nació en Moscú, en un entorno familiar marcado por el amor al arte y la cultura. Su padre fue fundador del Museo Pushkin y su madre, una destacada profesora de música. Desde su infancia, estuvo rodeada de música, literatura y pensamiento europeo, elementos que alimentaron la sensibilidad artística que pronto mostraría en su obra. A los 18 años publicó Álbum de la tarde, su primer libro de poemas, y desde entonces su voz fue identificada por su insumisión, sus imágenes punzantes y una emocionalidad siempre a flor de piel. Su vida estuvo signada por tragedias profundas que dejaron una huella imborrable en su escritura. La Revolución Rusa la obligó a exiliarse, enfrentándose a la pobreza, la soledad y el desarraigo. La represión soviética se llevó a su marido y la inanición a su hija, y ella misma terminó suicidándose en 1941, después de años de ostracismo y desesperación. Sin embargo, lejos de doblegar su espíritu, estas experiencias intensificaron su escritura, que se volvió un grito de rebeldía y autenticidad y una lucha constante por preservar la libertad interior frente a la opresión política, social y metafísica.

El diablo forma parte de un ciclo de relatos autobiográficos en los que Tsvietáieva vuelve sobre su infancia con un enfoque que desafía la nostalgia habitual. Lejos de idealizar esos años como un paraíso perdido, los reconstruye desde un lugar de fractura y conflicto, explorando cómo en ese tiempo germinaron la insumisión y la pasión por el lenguaje que la definirían para siempre. Desde la infancia, la figura del diablo enseña a Músienka —el alter ego infantil de la autora— a leer libros prohibidos, a desafiar las normas establecidas, y a encontrar en el silencio y la soledad espacios fértiles para la imaginación y la reflexión. Desde su mirada, el relato trasciende lo anecdótico para desplegar una experiencia simbólica de gran profundidad. El diablo no aparece como un ente externo o terrorífico, sino como una presencia íntima, que actúa como catalizador de la imaginación, la independencia emocional y la libertad intelectual.

En El diablo, Marina Tsvietáieva articula una poderosa dialéctica entre dos símbolos radicalmente opuestos: la imagen de un dios despótico y del diablo. Este último, lejos de ser una mera representación del mal o el terror, se convierte en una parte profunda e inseparable de sí misma, un compañero en el fuego de su propio infierno interior. Encarna el conocimiento prohibido, la ternura subversiva y el ansia de plenitud, transformándose en un símbolo de resistencia frente a un mundo que a menudo no la comprende ni la acepta.

Alrededor de esta figura, la protagonista y narradora construye una especie de culto subversivo, donde el diablo se transforma en un emblema ético que define su manera de estar en el mundo. En un siglo marcado por totalitarismos, guerras y censura, Tsvietáieva eligió ponerse del lado de todos aquellos que se niegan a plegarse a las verdades oficiales y que luchan por mantener viva la libertad interior. El diablo, en este sentido, representa todo lo que la sociedad rechaza por no poder controlar: la diferencia, la sensibilidad extrema y la rebeldía: «¿Y acaso no fuiste tú, con mi amor precoz por ti, quien me inculcó el amor por todos los vencidos, por todas las causes perdues: las últimas monarquías, los últimos cocheros, los últimos poetas líricos?». Tsvietáieva refleja en esta figura su propia autodefinición estética y vital, reafirmando así que la verdadera fuerza reside en abrazar lo marginal y lo prohibido como caminos hacia la libertad y la creación.

El diablo escapa a las etiquetas convencionales. Aunque se presenta como una nouvelle, su lenguaje y estructura se acercan más a un poema en prosa o a un diario visionario. Tsvietáieva no narra de forma lineal, sino que convoca una experiencia emotiva e íntima. Cada párrafo irrumpe con enorme densidad simbólica y con fuerza propia. Su estilo fragmentario, musical y lleno de pausas obliga al lector a romper con la lógica narrativa clásica y adoptar una lógica interna, rítmica y casi musical. La escritura de Tsvietáieva es visceral, sin concesiones estéticas ni decorativas. Busca la belleza de lo que duele y trasciende y hace estallar las palabras en nuevos sentidos, abriéndolas hacia lo inefable. Esta intensidad no es fácil para el lector: exige atención, sensibilidad y un oído afinado para captar la música oculta detrás del contenido. Los culturalismos, referencias simbólicas y tecnicismos musicales que atraviesan el texto contribuyen tanto a su dificultad como a su riqueza. No es una literatura complaciente, sino un desafío para quien se aventura a leerla.

El diablo es mucho más que un relato autobiográfico o una simple reflexión sobre la infancia: es una clave para entender la obra de Tsvietáieva y su escritura desde el abismo. La labor de Selma Ancira en la traducción ha sido fundamental; ha sabido captar tanto la dimensión profunda de la vocación naciente de una niña que escribe desde la diferencia, como la música interna, las pausas y la energía del texto original.

Aunque en vida Marina Tsvietáieva no tuvo el reconocimiento que merecía —debido en parte a la censura soviética y a sus circunstancias personales—, su obra ha sido redescubierta y valorada con creciente intensidad. Su influencia es patente en la poesía contemporánea y en la literatura que busca explorar las profundidades del yo y la experiencia humana desde un lugar de autenticidad brutal.

La vigencia de El diablo es sorprendente. En sus páginas late la convicción de que el arte es una forma de salvación, que desafía también el hielo del conformismo. En estos tiempos en que la literatura suele domesticar su voz para el mercado o la inmediatez, la escritura de Tsvietáieva se erige como un recordatorio de que escribir puede ser un acto de resistencia y coherencia vital. La tragedia de su vida —pérdidas, exilios, censura— no reduce a Tsvietáieva a la figura estereotipada de la artista maldita, sino que evidencia la lucha por la libertad de la palabra y del pensamiento.

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