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Detalle de cubierta de 'La novia de la paz'Planeta

‘La novia de la paz’: tres historias en una, ambientadas en los inicios del belicista siglo XX

Emily Hobhouse fue un titán incansable que se entregó en cuerpo y alma para evitar que el Imperio británico borrara a los boérs de la faz de la tierra

En la entrevista que en abril del presente año Amparo Castelló le hizo en El Debate a Rosario Raro con motivo de La novia de la paz, Premio Azorín de Novela 2025, descubrimos –al menos yo– a una autora que, tal como ella confesaba, antes de recibir dicho galardón había pasado «35 años como la voz que clama en el desierto», incapaz de que sus obras vieran la luz.

Planeta (2025), 360 páginas

La novia de la paz

Rosario Raro

Podría decirse que, después de esa larga travesía sin grandes apoyos en su carrera literaria, el fatum le dio una segunda oportunidad, circunstancia que, de forma más dramática, también experimenta el personaje ficticio más importante de su galardonada novela, Shayla Orliens, una mujer británica de buena posición social que se ve defenestrada una vez los medios divulgan la noticia de que su marido ha participado en el baile de los anfibios, una libertina juerga homoerótica con jovenzuelos. Todo un escándalo nacional, vaya.

Por si fuera poca tanta adversidad, Shayla es considerada por la policía autora del asesinato de su marido una vez este desaparece.

Decía arriba que Shayla es el personaje ficticio más significativo. El adjetivo «ficticio» no es casual, pues la novela está articulada en tres focos narrativos que acaban confluyendo, y los actores principales de las otras dos historias paralelas son reales. Hablo de Emily Hobhouse, defensora de los derechos humanos (no solo desde sus numerosas columnas en la prensa, sino también a pie de campo), y nada más ni menos que Mahatma Gandhi, a quien conocemos cuando era un incipiente abogado al que tratan, allá donde va, como un paria.

Pero si de Gandhi creemos conocerlo todo, o casi todo, el caso de la periodista y activista Emily Hobhouse, apodada «la novia de la paz» por quienes apreciaban su humanitarismo, es muy diferente. Mucho más ignorada por el gran público, Emily fue –en la vida y en la novela– un titán incansable en la lucha por los derechos humanos, una mujer valiente y osada que se entrega en cuerpo y alma para evitar que, tras derrotar a los bóers (o bóeres, si se prefiere), el Imperio británico cumpliera esa promesa no escrita de borrarlos de la faz de la tierra.

Estamos en 1901, cuando todavía rige en las altas esferas (y en las bajas) de Gran Bretaña ese embrutecido ardor por el colonialismo, tan cruento en el sur de África, donde combate el muy querido hermano de Shayla, Darrell, un militar disciplinado que ha recibido una condecoración por salvarle la vida a un alto rango.

Figura notable en la trama, también ficticia, es el escultor Denys Olgivie, a quien Shayla conoce cuando trata de iniciar una nueva etapa en Mozambique. Ambos están huyendo (ella de un asesinato que no cometió y él por desertar del ejército en pleno frente en la guerra anglo-bóer), lo cual favorece en cierto modo que surja entre ellos un amor inquebrantable.

La novia de la paz es un tríptico narrativo que se mueve entre el romanticismo, la intriga y el compromiso social. Y podría decirse que los malos personajes (gente común sin escrúpulos, el marido de Shayla o el político supremacista Cecil Rhodes, político y magnate minero, representante del racismo institucionalizado) quedan compensados por los buenos (la propia Shayla, Emily Hobhouse, Gandhi o incluso Tolstói, cuyas ideas pacifistas resuenan en toda la obra).

Pero más allá de su contexto histórico, de su defensa de la vida y el respeto al prójimo, más allá del alegato del honesto activismo político, podríamos leer La novia de la paz como un mensaje positivo en la guerra y en la paz: todos tendremos siempre la oportunidad de oro de empezar desde cero.