Adoración de la Sagrada Forma por Carlos II (detalle)
‘El Rey hechizado’: revaluando a un Monarca y su reinado maltratados por la historiografía
El desafío de reinterpretar a un rey más complejo de lo que dictaron los tópicos
Al historiador, uno de los grandes placeres que le otorga la musa Clío es cerrar una investigación que se ha exprimido al máximo: se ha estudiado todo el material documental al alcance, se ha leído la bibliografía sobre el tema, y se ha escrito lo que debía ser contado, es decir, una vez que sabe que aquella ya no da más de sí. Supongo que ese placer lo habrá paladeado Luis Ribot, catedrático jubilado y profesor emérito de Historia Moderna en la UNED, y académico de número de la Real Academia de la Historia, al ver publicado por Marcial Pons Historia su último libro: Carlos II. El final de la España de los Austrias (1665-1700).

Marcial Pons Historia (2025). 579 páginas
Carlos II. El final de la España de los Austrias (1665-1700)
Desde sus inicios académicos trabajó en el periodo de Carlos II de España, aunque también se interesó muchísimo por la Italia española o los ejércitos de la Monarquía Hispánica. Estas tres líneas de investigación las conjugó en su obra La Monarquía de España y la Guerra de Mesina (1674-1678), por la que se le otorgó el Premio Nacional de Historia de España en 2003. Siete años después, al tomar asiento como académico de número de la Real Academia de la Historia, volvió a interesarse por Carlos II con su discurso Orígenes políticos del testamento de Carlos II. La gestación del cambio dinástico en España.
Su profundo conocimiento sobre el personaje y la época le ha estimulado finalmente a redactar una obra en la que ha estudiado y evaluado al último de los Austrias de Madrid y su reinado. El autor ha huido de las descripciones vergonzantes que la historiografía ha mantenido como válidas durante siglos y ha puesto el foco sobre la realidad que nos presenta el devenir histórico: al fallecer Carlos, el grueso de los territorios que componían la Monarquía se habían defendido con éxito.
Desde la primera hoja, Ribot se ha esforzado en mostrar al verdadero Carlos II. Con este ejercicio logra exponer que el monarca, a pesar de sus limitaciones –no se pueden negar los problemas de salud que la consanguineidad de los Austrias le provocó–, se esforzó todo lo que pudo por ser un buen gobernante, espoleado en gran parte por sus escrúpulos religiosos. No fue un pelele sin apenas fuerzas ni voluntad, aniñado e imbécil, tal y como lo describieron algunos embajadores de su corte. En un pasaje del libro deja que hable un representante diplomático extranjero, el cual había quedado muy escandalizado porque Carlos, durante su audiencia, había estado en brazos de su aya y había gritado varias veces. Lo que no se molestó en decir es que, en ese momento, el monarca tenía cuatro años.
La obra va más allá de la persona del rey al realizar un profundo estudio de sus políticas interiores y exteriores durante las diferentes etapas en las que se dividió su gobierno. En cuatro capítulos y unas reflexiones finales se recorre desde la regencia de Mariana de Austria hasta el final de los días de Carlos, en los que se abandonan las afirmaciones sin sentido que se han pronunciado sobre «el Hechizado», cuyo apodo era insultante. Todo ello el autor lo escribe con una bella y ágil prosa que hace que el lector sea absorbido por la narración y pase las páginas sin darse cuenta de lo que avanza.
Por todo ello, parece extraño que Ribot caiga en un sinsentido en las reflexiones finales. Empieza estas refiriéndose a la vieja y manida afirmación de que la Monarquía se encontraba en plena decadencia, como si se tratase de un barco que se estaba hundiendo, a la que contrapone la revisión que está llevando a cabo la mayoría de los historiadores actuales del periodo –entre ellos Davide Maffi, Christopher Storrs y Antonio J. Rodríguez–, quienes ponen en duda dicho fenómeno, definido casi como apocalíptico.
Aun así, el autor afirma que, sin lugar a dudas, la decadencia existió, aunque, a continuación, y durante más de veinte páginas, contradice su propia afirmación mediante numerosos ejemplos. Tal vez, mejor que usar el vocablo «decadencia», que tiene unas connotaciones de final sin vuelta atrás, de extinción o de muerte, se podría usar la palabra «crisis», momento en el que casi todo lo que ocurre es negativo e inestable, pero en el que existe la posibilidad de que haya un cambio y se logre remontar.
En definitiva, un libro que recomiendo a aquellos interesados en Carlos II y los treinta y cinco años en los que gobernó el más vasto imperio jamás visto por la humanidad.