Detalle de una ilustración inspirada en el 'legendarium' de Tolkien
Una brújula prestada: 'Cristianismo y anticristianismo en fantasía y ciencia-ficción'
Una brújula para navegar entre los autores y obras cristianas de los géneros de la ciencia ficción y la fantasía, además de agnósticos y los ateos, pasotas o beligerantes
Cristianismo y Anticristianismo en Fantasía y Ciencia-Ficción no es una enciclopedia, ni una tesis exhaustiva, ni un largo ensayo. Es una obra humilde, honesta y útil, como solo podía hacerla un ingeniero. Uno católico, para más señas.

CEU Ediciones (2025). 151 páginas
Cristianismo y Anticristianismo en Fantasía y Ciencia-Ficción
Manuel Alfonseca (Madrid, 1946) no es un especialista al uso, pues a su condición de Doctor Ingeniero de Telecomunicación y catedrático jubilado de Sistemas y Lenguajes une la de escritor de ciencia ficción y no ficción. Por ejemplo, tiene un premio Lazarillo de literatura juvenil a la vez que fue asesor senior en IBM cuando la gente no había oído hablar de la inteligencia artificial. Pero sobre todo es un devorador de libros con criterio, en este caso el de un cristiano que ha estudiado profundamente la compatibilidad de la ciencia y la fe, sobre la que ha escrito ampliamente.
Y eso es lo que hace especial a esta guía que responde básicamente a dos preguntas: ¿Qué autores y obras de estos dos géneros (ciencia ficción y fantasía) pueden considerarse cristianos? ¿Cuáles se revelan como agnósticos, ateos y hasta anticristianos?
La experiencia, el criterio y las miles de horas de lecturas de Alfonseca se muestran como un tesoro y a la vez como una brújula que permite al futuro lector situarse ante libros poco conocidos, pero no por eso menos valiosos o relevantes. El resultado es una obra híbrida: parte crítica literaria, parte guía apologética y parte manual de supervivencia cultural.
La parte ensayística comienza describiendo qué es ciencia ficción, qué tipos hay, qué es fantasía y cuáles son las diferencias entre ambas. Alfonseca es implacable siguiendo dos reglas. La primera regla es que ninguna obra seria puede basarse en premisas demostradas como imposibles por la ciencia actual. Se permiten artificios no refutados como el hiperespacio o los agujeros de gusano, pero se castiga la ignorancia. No es que estemos de acuerdo, pero se respeta. La segunda regla es sociológica: la buena especulación debe predecir consecuencias sociales, no solo artilugios técnicos. Por ejemplo, predecir el automóvil tiene mérito, pero predecir el problema del aparcamiento es donde reside el genio.
El libro es una afirmación de la existencia de una literatura cristiana de primera clase también en este ámbito. Alfonseca combate la noción de que el arte confesional o paraconfesional es intrínsecamente inferior o proselitista. Para ello, convoca a los grandes. Sean cristianos o ateos más o menos rabiosos, como Isaac Asimov o H.G. Wells. Todo el que tiene calidad ha tenido su espacio y su crítica. Y así hasta doce autores: ocho cristianos o al menos trascendentes, y cuatro ateos o agnósticos. Tolkien o Lewis parecen sus favoritos.
Junto a Chesterton –cuyo Padre Brown ya nos habla del triunfo de la razón frente a la superstición criminal que no frente a la fe–, Alfonseca rescata joyas olvidadas o desconocidas. Nos descubre a Cordwainer Smith, el diplomático episcopaliano que imaginó un futuro donde cristianos de una red clandestina vuelven a comunicarse con el símbolo del pez. O a Zenna Henderson y sus relatos sobre La Gente, extraterrestres de ética superior que prefieren el martirio antes que dañar a un humano.
Y presenta a sus herederos. Es el caso de Lois McMaster Bujold y su Serie de Vorkosigan, que Alfonseca interpreta como un alegato contra el aborto y el infanticidio a través de la figura de Miles, un protagonista discapacitado en una sociedad eugenésica. O la mención a Orson Scott Card, cuya fe mormona permea la redención en la saga de Ender.
Con su capacidad de detectar lo mejor de lo mejor, Alfonseca se ha parado en el análisis de Proyecto Hail Mary de Andy Weir, lectura actual imprescindible. Alfonseca, siempre buscando las huellas de la trascendencia, identifica guiños que han pasado desapercibidos para la crítica ¿laica?: el protagonista se llama Ryland Grace, y viaja en la nave Hail Mary (Ave María), sugiriendo una nave «llena de Gracia». Aun así, Weir, que no es católico y ha jugado con teologías panteístas en relatos como «El huevo», pero su protagonista es un auténtico mártir, lo que Alfonseca llama fuera del libro «un cristiano sin saberlo».
Si la primera mitad del libro es apologética, la segunda actúa como una «guía preventiva». Alfonseca analiza a los autores ateos, agnósticos y anticristianos no para censurarlos, sino para exponer sus cosmovisiones. Es aquí donde el libro se vuelve una herramienta aún más interesante para navegar el género con los ojos abiertos.
El autor disecciona el ateísmo de H.G. Wells o el materialismo de Isaac Asimov, cuyo cuento «La última pregunta» invierte el Génesis proponiendo que es la evolución tecnológica la que acaba creando a Dios.
Está sembrado en el análisis de Philip Pullman, cuya trilogía La materia oscura es desenmascarada como lo que es: una antítesis consciente de Narnia donde se invierten los roles morales de Dios y el diablo. Algo más que un simple ateísmo. También muestra el desesperado e inevitable nihilismo subyacente en la superexitosa El problema de los tres cuerpos. Los mundos de Liu Cixin carecen de esperanza (teológica), no hay otra posibilidad que la aniquilación de civilizaciones galácticas. Es, y esto no lo dice Alfonseca, el suicidio de la especie que se adivina como inevitable de la mayoría de la ciencia ficción china actual: el paraíso político aquí en la Tierra o el final buscado.
Admirable en Alfonseca es su honestidad intelectual. Su fe católica no le ciega ante la calidad artística. Sería un oxímoron. No descalifica la calidad literaria de una obra por no ser cristiana. Reconoce el talento narrativo de Pullman o la originalidad conceptual de Liu Cixin. En este sentido, el libro no es un índice de libros prohibidos, sino un manual para desarrollar el juicio crítico.
Construye su canon, y en él faltan ejemplos que algunos echan de menos, pero es bien sabido que las guías se hacen para ahorrar tiempo y las muy largas, desde luego, lo consiguen totalmente porque no se las lee nadie.
Se echa en falta, casi con urgencia, al católico Gene Wolfe con El libro del sol nuevo. ¿Lo habrá expurgado por truculento? Tampoco aparece Mary Doria Russell con El gorrión, su novela sobre jesuitas en el espacio y el problema del mal, sea para criticarlo o ensalzarlo.
Los forofos de Philip K. Dick se sentirán dolidos (el firmante lo está), pero detallar la compleja experiencia mística que en 1974 marcó sus extrañas creencias puede exigir una digresión excesiva si hay que explicar todos los problemas psicológicos y los inextricables significados de lo sobrenatural en la obra de este genio único.
Con todo, debemos un favor a Alfonseca. Desde los neófitos hasta los frikis encontrarán perlas que demuestran que la literatura de ciencia ficción y fantasía y la fe no son compartimentos estancos. La realidad y el arte pueden más que el materialismo excluyente.