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Cubierta de 'Arquitectos del alma'Paidós

'Arquitectos del alma' o cómo el mundo se hizo freudiano

Con un método supuestamente científico, pero en realidad esotérico, el psicoanálisis transformó la vida del hombre en síntoma de un inconsciente sórdido y libidinoso

Hay pocas corrientes de pensamiento tan determinantes o prolíficas como el psicoanálisis. Freud, ciertamente, no presentó su construcción nunca de forma acabada y censuró cada vez con más intransigencia a quienes por un matiz u otro osaron enmendar sus ocurrencias. Según Steve Ayan, ni inventó la psicoterapia ni descubrió la piedra filosofal del dinamismo psíquico, pero mezcló rasgos cientificistas con otros esotéricos en el momento en que se descoyuntaba la sociedad moderna. De ahí su éxito.

Traducido por María José Viejo. Paidós (2025). 384 páginas

Arquitectos del alma

Steve Ayan

Todo se descomponía y él contribuyó a dar la estocada definitiva a la cultura occidental. Ayan desarrolla la evolución de la terapia psicoanalítica desde sus primeros momentos y aborda el panorama de la psicología contemporánea –terapia cognitivo-conductual, pensamiento positivo, logoterapia– como resultado de las luchas intestinas de la escuela freudiana. Apuesta por una exposición narrativa, combinando la historia personal de los médicos y visionarios con una valoración razonable de sus aportaciones.

A su juicio, la psicología ha alcanzado hoy una entente cordiale bastante satisfactoria y no hay que cuestionar su presencia en el sistema sanitario. Y sí, arrumbada la religión, hoy la búsqueda de sentido a la que encamina pueden muchos encontrarla en un gabinete, del mismo modo que un profesional idóneo prestará medios para curar muchas heridas emocionales.

No hay en ello nada de malo. Pero el proyecto de Freud era más ambicioso: deseaba dejar la moral, la responsabilidad y la fe al arbitrio de psicoanalistas sin escrúpulos. Desde luego que en lo que menos creía era en la libertad humana.

En este sentido, sabemos que la historia de las modas psicológicas está repleta en el siglo XX de desquiciados (el propio Freud, Jung, Wilheim Reich o el mismísimo Watson, el conductista que condujo al suicidio a sus vástagos) y que, aunque el saldo es positivo, se pueden imputar dos importantes perjuicios en su haber: por un lado, las víctimas que estos profetas de la psique han dejado en el camino; de otro, su voracidad para ver todo –desde dolencias graves hasta los padecimientos más o menos consustanciales de la existencia– como indicios de más profundas e intratables patologías.

Ya lo avisó un autor desgraciadamente poco recordado, Philip Rieff: el hombre terapéutico ha tomado el lugar de ese homo oeconomicus cuyo nacimiento los especialistas remontan hasta Adam Smith. Freud, convirtiéndonos a todos en obsesos sexuales, universalizó la enfermedad, pero nos dejó sin su alivio. Recuerden lo dicho por un profeta perspicaz, Karl Kraus: el psicoanálisis es la única enfermedad que es al mismo tiempo su cura.

Las biografías de los «arquitectos del alma», auténtico hilo vertebrador de este ensayo, dan cuenta no solo de lo excepcional que fueron estos curanderos, sino de los pacientes tan inusitados y extraños que frecuentaban el diván. Su error fue buscar la piedra de toque, cuando «los problemas psíquicos son multicausales y no pueden atribuirse a un único trauma enterrado», precisa Ayan.

Lo que se narra es tan apasionante como, a menudo, siniestro. No llega a adivinar la reconducción del psicoanálisis hacia la cura y redención de la sociedad, tarea en la que se empeñaron Horkheimer, Adorno y Marcuse, apóstoles de las revueltas estudiantiles. Y aunque tampoco alude explícitamente a la revolución sexual, solo un lector estúpido pasaría por alto la impronta que dejó en ella ese médico dispuesto a interpretar sueños y pesadillas.

Mircea Eliade recordaba en uno de sus innumerables diarios una anécdota bastante sintomática: al parecer, nada más desembarcar en Nueva York, Freud comentó a Jung: «Estos no saben que venimos a destruirlos». Ayan narra otra versión. Con independencia de su veracidad, Freud sacudió los cimientos de la civilización occidental, de modo que ideologías que hoy nos parecen tan inquietantes recogen los frutos podridos, sórdidos y desesperanzadores que sembró el psicoanálisis.

Aristóteles escribió sobre el alma hace casi dos mil cuatrocientos años. Y la filosofía siempre ha procurado contribuir al cuidado del yo, un aspecto que, por cierto, redescubrió Michael Foucault, el pensador cuya vida mejor confirma los desvaríos de Freud. Este fue un sismógrafo y viajó hasta cavidades insospechadas del hombre; pero es mucho suponer que únicamente encontremos mezquindad o que solo pueda descifrar el lenguaje del inconsciente en sus discípulos. De lo que no hay duda es de que si Nietzsche se precio de haber matado a Dios, Freud se enorgulleció de desmitificar a las criaturas.

Cuál es el destino que nos depara el destronamiento del hombre no es muy difícil de colegir. De aquellos barros estos lodos. La lectura de este libro de Ayan puede dejar algo cariacontecido si no se interpreta como es menester: viendo en el ser humano un animal agresivo, en ocasiones depredador, pero capaz de lo más elevados sueños y las más bellas acciones.