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Cubierta de 'Milagro en el valle'

Cubierta de 'Milagro en el valle'Báltica

'Milagro en el valle de los Víboras': humor y amor histriónico en la Dalmacia croata

La novela nos introduce en una propuesta literaria mordaz y desinhibida, a ratos surrealista, siempre socarrona

El viudo Jozo Víbora vive con sus cuatro hijos en un paraje rocoso e indómito de la Dalmacia croata, a siete kilómetros de Smiljevo, zona hoy bastante transitada por sus atractivas rutas de senderismo. Deshumanizados, agresivos, anárquicos, insociables, sucios y mal alimentados (solo comen polenta, un puré espeso a base de harina de maíz cocida), los cinco varones se las arreglan para ir tirando al margen de leyes y convenciones sociales, con comportamientos más propios de animales que de seres humanos. Y así hubieran pasado irremediablemente sus días hasta el final si no fuera porque al hijo mayor, Kreslimir, se le ocurre la feliz idea –o no tan feliz, teniendo en cuenta las peripecias por las que han de pasar– de abandonar las tierras que habita junto a los suyos e ir a la ciudad en busca de una esposa.

Cubierta de 'Milagro en el valle'

Báltica Editorial (2025). 218 páginas

Milagro en el valle de los Víboras

Ante Tomić

La lectura de esta sinopsis, pergeñada con palabras similares en la contraportada, me recordó a las novelas traviesas de mi admirado Arto Paasilinna (Delicioso suicidio en grupo, El molinero aullador, La dulce envenenadora), y quizá fuera esa afinidad temática lo que me animó a leer el libro en cuestión, Milagro en el valle de los Víboras, de Ante Tomić, escritor, periodista y guionista croata de quien yo no había oído hablar hasta ahora.

Publicado por Báltica Editorial, con traducción del croata de Patricia Pizarroso y Marc Casals, Milagro en el valle de los Víboras nos introduce desde la primera página en una propuesta literaria mordaz y desinhibida, a ratos surrealista, siempre socarrona, que señala a los Víbora (prefiero escribir el apellido sin pluralizarlo) como la antítesis de lo que sería una familia armoniosa y con valores.

Los malos hábitos de los Víbora vienen de lejos: en el pasado «había sido gente orgullosa y rebelde, bandidos y contrabandistas que aparecían de entre los rebaños con pieles de oveja y masacraban con cuchillos de filo corto y curvado primero a recaudadores de impuestos turcos, después a topógrafos austriacos, y posteriormente a gendarmes, policías y carteros yugoslavos» (p. 14).

La narración, con un ritmo que no decae en ningún momento, entronca de un modo sui generis con la novela de aventuras, y está articulada en una sucesión trepidante de escenas estrafalarias, interpretadas por estos cinco individuos sin domesticar que, poco a poco, comienzan a entablar relaciones con mujeres, lo cual los obliga a replantearse, mal que bien, sus costumbres y su forma de vida.

El irascible padre, los atrabiliarios hijos (Kreslimir, Domagog y los gemelos Branimir y Zvonimir), la atractiva novia Lovorska, por no hablar de los dos empleados de la red eléctrica, o de Cebollino, jefe de la policía local, componen un alocado elenco de personajes, cada cual más pintoresco y proclive a enredarse en peligros y en conflictos. Si bien no aguantaríamos a ninguno de ellos en la vida real –tampoco ellos se soportan–, en la ficción, gracias al buen hacer de Tomić, consiguen ganarnos para su causa y arrebatarnos más de una sonrisa. El valle al que llevan anclados durante generaciones, tan agreste y hostil como ellos mismos, actúa como un personaje más, silencioso y siniestro.

En la novela hay muchos giros de guion, pero no de objetivo: concebida con espíritu díscolo, desde las primeras páginas le invita a pasar un buen rato al lector, que pronto se contagia de su deliberada ligereza.

Muy amena, con buenos mimbres narrativos y unos diálogos vibrantes, Milagro en el valle de los Víboras es una lectura embriagadora, descomplicada y con encanto. Una pausa, en fin, que nos permite desconectar de otras literaturas más ambiciosas y a veces, por qué no decirlo, más difíciles de digerir.

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