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Retrato de Molière pintado en Avignon c. 1658

Retrato de Molière pintado en Avignon c. 1658Wikimedia Commons

'Tartufo': el arma de Molière contra la hipocresía

Cinco actos para desenmascarar a los impostores y erradicar la beatería

Una trufa es la imagen escogida por Molière para ilustrar al protagonista de su Tartufo. Este hongo que crece discretamente, escondido entre las raíces del árbol, es metáfora del hipócrita o falso devoto que, envuelto en mentirosas apariencias, logra abrirse paso hasta llegar al corazón de las mejores familias francesas del S. XVII, ocultando sus verdaderos intereses.

Cubierta de 'Tartufo'

Edición de Encarnación García Fernández, Eduardo J. Fernández Montes. Cátedra (2006), 192 páginas

Tartufo

Molière

Con la astucia que le es propia, el dramaturgo más grande de la historia de la literatura gala hace una crítica divertida e inteligente de un tipo social muy influyente en la sociedad de su tiempo. La pieza original de tres actos se presentó en 1664 en el contexto festivo de Versalles. La actualidad del argumento y la intención satírica con la que fue expuesto escandalizó al instante. El clero y la nobleza, quizá al verse excesivamente interpelados, mostraron su profundo desacuerdo y las críticas no tardaron en llover sobre el autor, hasta el punto de que Tartufo hubo de permanecer alejada de las tablas durante cinco años. Durante este tiempo, tras algunas ampliaciones, reaparece en los teatros representada en cinco actos y sin perder un ápice de su intención crítica.

El título alternativo con el que fue denominada esta comedia nos da la clave de su argumento. «El impostor» o Tartufo es un falso beato que rezuma hipocresía y que tiene encandilado a Orgón, el noble en cuya morada se halla instalado. Con dulces discursos aduladores y una devoción extrema y fingida, consigue de él todo lo que quiere: desde la mano de su hija hasta el control sobre sus bienes. El resto de los miembros de la familia se dividen entre quienes lo critican (la mayoría) y quienes lo halagan (la madre de Orgón). El objetivo de los primeros, desenmascarar la malicia del impostor, será el que marque el ritmo de las acciones encaminadas a su propósito.

Así como este impostor juega con el amo a su antojo, juega Molière con su público. Nos zarandea de la verdad a «lo que se dice», y de la apariencia a la realidad. De esta manera, nuestra primera toma de contacto con Tartufo es a partir de los comentarios de los personajes y no es hasta el tercer acto cuando podremos conocerlo de primera mano. Sus pretenciosas declaraciones enseguida contrastan con acciones deleznables y confesiones ridículas en el ámbito privado.

La comicidad no se juega solo en el asunto, pues la creatividad de Molière a la hora de introducir juegos de palabras, ironías, bromas y antítesis dinamizan los diálogos y entretiene con facilidad provocando una sonrisa tras otra. Con todo, las situaciones representadas no dejan de tener un correlato con la realidad que el dramaturgo pretende denunciar. Así pues, detrás de la carcajada viene un reconocimiento de algo propio y al disfrute le sucede una angustia suscitada al identificar un vicio no tan ajeno. Quién sabe cuántos Orgones se vieron interpelados y se agitaron incómodos en sus butacas en el seno del Grand Siècle parisino.

Ahora bien, si algo no pudieron reprocharle a nuestro autor fue la fidelidad a las leyes clásicas de unidad en la acción, tiempo y espacio, así como el respeto del decoro poético. Por otro lado, el humor de situación, los golpes y los diálogos atropellados son a su vez un guiño a la comedia del arte italiana y a los mecanismos cómicos propios de la farsa. Con todo, no cabe pensar en Tartufo como en un personaje prototípico superficialmente representado. Aunque las acotaciones son breves y muy sencillas, Molière se sirve de la palabra hablada para definir con detalle la psicología y las mociones internas del protagonista.

Lo que podía haber trocado en tragedia debido a la gravedad de los acontecimientos finales, se resuelve felizmente para todos. No obstante, el efecto que Molière pretendía suscitar en su público bien podría asemejarse al de la catarsis de la tragedia griega. Entre broma y chiste asoma una intención moral muy clara: la de erradicar uno de los vicios más graves de la Francia de Luis XIV. Si logró o no arrancar todas las «trufas» es algo que la deriva de las nobles familias de sus contemporáneos se encargaría de revelar. Eso sí, en esta segunda ocasión, ya no quiso arriesgarse y, consciente de que su pretensión era atrevida, finaliza la comedia con un elogio sagaz y exaltado de su majestad, que se corona como el verdadero vencedor de la lacra de la hipocresía.

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