El retrato de Carmen Laforet en la pared de figuras ilustres del Ateneo de Madrid
Andrea, la chica rara
La protagonista de Nada encarna la mirada lúcida de quien descubre, entre sombras, que crecer también es aprender a habitar la incomodidad del mundo
Parece mentira que un libro primerizo, escrito casi como un ejercicio para calmar a los demonios familiares y la propia frustración adolescente, no solo tuviera tanta repercusión en su momento (1945), sino que, ahora, más de ochenta años después de su publicación, siga tan vivo. Mucho se dijo entonces que parte del mérito estuvo en haber ganado el premio más importante de la época, el Nadal, aunque olvidamos que lo hizo en su primera convocatoria, por lo que cabría preguntarse quién sacó mayor provecho: si el premio o la novela.

Cátedra (2020). 376 páginas
Nada
Nada tuvo un enorme éxito de crítica y de lectores. Fue además el inicio, tal vez el detonante, de la primera generación literaria en la que las mujeres entraron sin complejos. Tal vez ahora permanezcan en nuestra memoria las excelentes Ana María Matute y Carmen Martín Gaite, pero hubo muchas más, diría que con suficiente calidad: Dolores Medio, Elena Quiroga, Mercedes Salisachs o Carmen Kurtz. Tal fue el éxito de las novelistas que se convirtió en habitual entre varones presentarse a los premios literarios con pseudónimo femenino.
Decía que, ochenta años después, y en una España tan diferente a la de 1940, el libro se sigue leyendo y gustando a los jóvenes: algo aún más meritorio al ser este un lector particularmente reacio a los clásicos, por su natural tendencia a la novedad (si uno no es transgresor a los veinte, ¿cuándo lo será?) y, más aún, siendo un libro de lectura obligatoria en muchos planes de estudio. Ya sabemos que lo obligatorio siempre nos resulta peor que lo elegido.
Si un libro sigue vivo ante un público tan exigente, no es solo por su calidad literaria, ni por los valores que encierra o por la realidad que describe –esa hambrienta posguerra de los años cuarenta–, sino porque hay una identificación con el relato y, dentro del mismo, con la protagonista, Andrea. Laforet logró, con esa chica de dieciocho años, trascender tiempo y espacio para dibujarnos casi un nuevo arquetipo femenino. Me refiero a lo que Carmen Martín Gaite acuñó como «la chica rara»: una mujer joven con rico mundo interior, personalidad original, alta sensibilidad y tendencia a la soledad. Eso sí, con un peligroso estigma interior.
Sería algo exagerado afirmar que Laforet creó esa figura de la nada (encontramos antecedentes en las hermanas Brontë de las que luego hablaremos), pero, desde luego, la modernizó y la trajo a nuestra cultura para crear escuela, porque las chicas raras, desde entonces, abundan en la literatura (no sé si en la vida) y, en la adolescencia, es fácil identificarse o admirar a esa heroína romántica que ve cómo sus ilusiones se desvanecen una a una entre la miseria de la prosaica existencia.
Estamos en tiempos neogóticos o, por lo menos, la estética oscura y decadente tiene ahora un gran número de seguidores (la última oleada terminó con la muerte de Kurt Cobain, hace ya tres décadas), y otro mérito de la novela es convertir a la mediterránea y soleada Barcelona en una ciudad gótica (pese a su barrio y sus iglesias, que lo son de verdad), con callejuelas estrechas y tenebrosas, avenidas iluminadas por la luna, históricas casas llenas de secretos y al borde de la ruina, pobladas de personajes monstruosos y violentos.
Esto se debe a que Nada se inspiró, en gran medida, en una de las grandes novelas góticas, Cumbres borrascosas, con la que comparte numerosas similitudes y una gran diferencia: si el amor imposible y destructivo es el motor que dirige la novela de Emily Brontë, Nada carece del más mínimo rescoldo cálido, y las dos veces en las que Andrea cree alcanzar el amor, lo descubre convencional o sórdido. Es lo que tienen las chicas raras.
Nada es una novela triste. No exalta la belleza de la vida, sino que nos prepara para su dureza, aunque nos enseña que, entre las ruinas, también crecen las flores.