Archipiélago de Anavilhanas, en el estado de Amazonas (Brasil)
'El lamento de la selva': navegar el fracaso río arriba
Paula Díaz Altozano sigue la estela de los buscadores de El Dorado en un ensayo lírico donde la derrota se vuelve incitación al pensamiento y la prosa se hace afluente de la poesía
Es el año 1559. Un barco surca el Amazonas. A bordo va Lope de Aguirre, el conquistador que se sublevó contra la corona española y arrastró consigo a centenares de indígenas y soldados en busca de El Dorado, la ciudad de oro. No la encontró. Como tampoco la hallaron el cauchero Fitzcarraldo, que hizo transportar un barco de vapor por una montaña, ni el científico La Condamine, que se internó en la jungla para medir la forma de la Tierra. Cuatro siglos después, Paula Díaz Altozano viaja a Lima e Iquitos para seguir su estela.

Barlin Libros (2025). 208 páginas
El lamento de la selva. Un ensayo desde la ciudad gris al río de las amazonas
El subtítulo de El lamento de la selva («un ensayo desde la ciudad gris al río de las amazonas») traza la geografía moral del libro: un viaje que va de la niebla al agua, de la Lima gris al Amazonas resplandeciente. Y plantea la pregunta que lo vertebra: «Me pregunto qué es el fracaso». Para responderla, la autora recorre una galería de vencidos por la selva y por sus ambiciones desaforadas. Junto al tirano Aguirre y el megalómano Fitzcarraldo figura Juan Ramón Jiménez, enamorado platónicamente de Georgina Hübner, una mujer inventada por dos lectores limeños que ansiaban recibir cartas y libros del poeta. Cuando Juan Ramón anuncia que viajará a Lima para conocerla, sus creadores impiden el encuentro «matándola» de tisis. Toda derrota, sugiere Díaz Altozano, es un «cambio de coordenada en el mapa», la apertura de un afluente; puede ser, incluso, «un fracaso hacia lo luminoso».
Estamos ante un ensayo lírico de viaje, en la estirpe de El Danubio de Claudio Magris: el presente evoca la memoria íntima y despierta los fantasmas del pasado. La narradora es una flâneuse, una paseante asombrada que, a través de la metáfora y la sinestesia, descubre correspondencias secretas entre los seres. Un puesto de mercado, una casa colonial de Iquitos o un pueblo de la selva desencadenan asociaciones personales e históricas.
La gran imagen que vertebra el libro es el río como forma del pensar. Escribir, dice la autora, «es crear un río, perderse en sus afluentes». El afluente, la crecida, el delta, el cauce subterráneo se vuelven figuras del recordar y del vivir. Y descuella el Hamza, el río real que discurre bajo el Amazonas: si este es «el éxito del río convertido en mar», el Hamza es el fracaso tenaz, «húmedo Sísifo» condenado a horadar la tierra sin ver la luz. Dos ríos, el mismo río. Una imagen que cifra en un accidente de la naturaleza la tesis entera del ensayo.
Si el río es el pensamiento, la selva es su carne viva. La naturaleza no es aquí un decorado, sino un sujeto: el río «tiene vida propia», la selva es «ese universo donde todo se mueve y todo permanece». Tal contemplación de una realidad fluctuante hermana a Díaz Altozano con la pintura impresionista y con las novelas líricas de Azorín y Gabriel Miró, que descubren en lo cotidiano destellos de eternidad. Y la emparenta con Montaigne, que definió al ser humano como «un objeto extraordinariamente vano, diverso y fluctuante», y confesó que no pintaba el ser permanente, sino «el tránsito», porque «el mundo no es más que un perpetuo vaivén». No por azar Montaigne inaugura el género del ensayo, que es tentativa, pensamiento «que está siempre aprendiendo y poniéndose a prueba». También para esta autora la escritura no es reflejo, sino acicate del pensar: «Escribo para que la escritura me enseñe algo».
De ese temple nacen las dos mejores cualidades del libro. Una, el don aforístico: «Las ciudades y las selvas son el triunfo del anonimato»; «Ser extranjero en cualquier lugar, incluso en el propio»; «Arde la selva y no sabemos cómo memorizarla». No todos los fragmentos alcanzan esa misma tensión (alguno se queda en apunte, y la forma breve, que tanto ilumina, también permite eludir el desarrollo); pero muchos tienen el peso de la mejor prosa de ideas. Otra cualidad del libro es la entrega final de la voz a aquello que contempla. La narradora termina por confundirse con la selva –«sueño con la selva o quizá la selva me sueña a mí»– y el libro culmina en una disolución gozosa: el baño en gran río, donde el yo se rinde a «todos los ríos, todas las ciudades del mundo».
El lamento de la selva es un libro muy bello sobre Lima y el Amazonas, pero también sobre la agresividad, las trampas del deseo y la vanidad humana. Los conquistadores, escribe Díaz Altozano, «no se dieron cuenta de que, en realidad, la selva, los ríos, las comunidades de las orillas, eso era El Dorado». El Dorado no era una meta que conquistar, sino un horizonte que descubrir: la apertura fecunda a la realidad y al otro.