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Cubierta de 'Psicopompo'

Cubierta de 'Psicopompo'Anagrama

'Psicopompo': la confesión más íntima de Amélie Nothomb

Un acto declarativo, terrenal y etéreo a la vez, donde las aves, la infancia nómada, la muerte y la escritura se tejen en una pieza singular

No siempre ocurre, pero a veces uno logra entender sus propios porqués. O al menos darles una explicación razonable, integradora, capaz de dibujar una imagen coherente de nuestra personalidad y sus obsesiones. En Psicopompo (Anagrama, 2026), Amélie Nothomb comparte con sus lectores esas explicaciones y nos acerca las circunstancias, los acontecimientos y los lugares de su niñez que configuraron su particular relación con la muerte, la vida y la escritura como bisagra para transitar entre ambos planos.

La fascinación de la autora por los pájaros comienza en Japón, donde nace. Las primeras páginas del libro recogen el cuento de la mujer grulla que teje con sus plumas la más exquisita de las telas para ofrecérsela a su marido como acto de amor, hasta que la codicia del esposo violenta su naturaleza de mujer ave y la obliga a huir. Algo así hace Nothomb aquí: va arrancando pluma a pluma de su historia para componer una pieza de factura inclasificable, cuya hilatura ha exigido altas dosis de dolor, pero que se decide a entregar igualmente.

Cubierta de 'Psicopompo'

Sergi Pàmies. Anagrama (2026). 144 páginas

Psicopompo

Amélie Nothomb

En estas páginas acompañamos a la autora en su infancia nómada por Japón, China (donde el afán exterminador de Mao ha diezmado la población aviar y solo los cuervos parecen seguir presentes), Nueva York, Bangladesh, Birmania y Laos. Desde niña intuye que hay en su esencia mucho de ave. Esa es su primera revelación y también su primera frustración, pues descubre que las palabras son incapaces de transmitir una identificación tan absoluta como la que siente. Después sobrevienen la quiebra, la sanación a través de la escritura, la toma de conciencia de hasta qué punto vida y muerte son realidades porosas, simultáneas, y la plena asunción de su identidad creadora: algo a lo que se entrega a diario, sin falta ni excusas, porque nadie puede eludir ser quien es.

Nothomb acostumbra a servirse de material autobiográfico para componer sus obras, y que lo haga de nuevo no es una anomalía. Sin embargo, a diferencia de lo que sucede en muchos de sus otros textos, Psicopompo no es un intento de autoficción ni un ensayo literario, tampoco un diario o una recolección de pensamientos, sino un acto declarativo. Ella se identifica como ave, se otorga naturaleza de psicopompo –esas figuras mitológicas encargadas de guiar a las almas en su tránsito hacia el más allá–, admite que la muerte ha sido una constante desde su nacimiento y que solo mediante el diálogo que los muertos entablan con los vivos a través de su escritura ha conseguido que esas almas emprendan vuelo, y que la suya pueda permanecer cuerda hasta que se inicie el siguiente intercambio.

Y todo lo anterior lo expone de manera directa, sin más hilo conductor que su disposición cronológica y el hecho de ser ella la protagonista. No hay más historia que la propia ni más elaboración que la acotación del tema y la que aporta su inconfundible estilo: ágil, lúcido, irónico y metafórico.

Es precisamente gracias a la sublimación metafórica como logra narrar los dos episodios más duros del libro: la agresión sexual grupal que sufrió a los doce años en una playa de Bangladesh y la anorexia que sobrevino después y padeció durante años, hasta el borde de la muerte. Las manos que la desnudaron y saquearon en el agua no fueron las de cuatro hombres, sino «las manos del mar»; la dolencia de una mente enferma que engaña al cuerpo negándole el alimento se convierte en el caballo de Troya con que los griegos doblegaron a sus enemigos.

¿Qué se puede analizar de un texto así? ¿Sería lícito hacerlo? Como todas las confesiones, Psicopompo desarma, y desarmar a la crítica es también, en parte, blindarse contra ella. Quienes se adentren por primera vez en la obra de Amélie Nothomb quizá se sientan desorientados: es un texto sumamente terrenal y a la vez aéreo, de concreciones y vacíos; mi consejo es que acepten el viaje sin pensar en el destino. Para quienes ya la hayan leído, la experiencia será distinta: reconocerán la voz que han seguido durante más de tres décadas a razón de un libro al año, pero rara vez tan despojada de artificio, y agradecerán esa pequeña ventana a su interior que ahora abre con total desprendimiento.

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