Cubierta de 'Una casa portuguesa'
'Una casa portuguesa': mucho más que una quintinha en el campo
La ilustradora Ximena Maier relata su salto de la ciudad a la vida en el campo convertida en una aventura radiante llena de aprendizaje, sorpresa, naturaleza, trabajo, amistad y familia
Leo a Cernuda en Ocnos: «Aquel magnolio fue siempre para mí algo más que una hermosa realidad: en él se cifraba la imagen de la vida». Esa imagen de vida la hemos ido cultivando aprendiendo de los ciclos de la naturaleza y de aquellos que nos guiaron despertando nuestras emociones y nuestras inquietudes. Celebro cómo alentaron mi alegría interior. Esa mirada eterna alrededor de ese árbol de Cernuda, o de ese abrazo familiar o aquella cocina nuestra, nos devuelve como un reflejo ante el espejo en el que ya muchos casi ni se reconocen.

Lumen (2026). 232 páginas
Una casa portuguesa
Ximena Maier jamás imaginó que acabaría de urbanita a quintaneira. Era ilustradora en Malasaña, comía en casa de sus padres y soñaba hacer portadas para el The New Yorker. Afortunadamente, aún hay personas a las que la curiosidad no se les ha agotado y se acogen a todo lo que les muestre aún esa emoción por lo inesperado. Porque como a Diane Lane en Bajo el sol de la Toscana, a Ximena y a su marido también les dijeron «qué locura» y «ojo, que esto luego da mucho trabajo» cuando explicaron su nuevo hogar. ¿Hicieron caso a estos comentarios? No. A veces hay que lanzarse a por aquello que tu intuición te confirma, como quien tan solo desea un refugio.
Me fascinan esos fragmentos de vida que vislumbramos en una conversación. Y lo que desde las palabras de Ximena Maier asoma en Una casa portuguesa es una tierra y una casa hospitalaria, amable, un lugar que invita a quedarse. ¿Hay algo más fascinante que el ser humano, nuestros anhelos y nuestras heridas? Un buen día buscó en Google «Quinta en Évora» y apareció una quintinha, «parecía pequeña pero con 100 metros cuadrados de planta, construida como un dado sobre un bolo de granito». Poco a poco descubrió olivos, encinas, acebuches y, al pie de la casa, un huerto enorme con limoneros, melocotoneros, higueras, moreras y un peral. Aquello ya hacía el mundo un lugar más noble y habitable. Y empiezas a imaginar el placer de la ropa tendida, «sábanas blancas al sol, hinchadas por el viento, el baño en la alberca al atardecer, las naranjas recién cogidas del árbol, y tan cerca de la ciudad que se oían las campanas de la catedral».
Esta es una casa en el campo, no una casa de campo. Con el desorden natural de un hogar con mochilas de colegio tiradas en la entrada, las cartas del correo, los cables de cargadores entre tarros de mermelada, cajas de huevos, otras para la fruta y un barreño de cinc antiguo. Pero también esos días en que te has olvidado de cerrar la cancela y provocas una oveja descarriada, «¿será posible que viva instalada en una versión rústica de CSI?». Porque el campo también es zozobra, «pierdes comba un día y se seca un árbol o una helada acaba con los limones». Tienes problemas con el lavaplatos y descubres que es porque los ratones se comían los cables. Y qué aleccionadora siempre la liturgia de la jardinería: los cuidados, el riego, el sosiego… ¿Y, además de unas bellísimas ilustraciones, quieres Historia? También la tienes: ¿quién fue Jan Floris? ¿De dónde proceden esos azulejos que Felipe II encargó para El Escorial? Jamás dejó de valorar la tradición, «para mí la tradición es trampolín, no corsé», dice acertadamente Maier.
¿Acaso creen que una casa solo está construida con ladrillos? Materiales como el amor, la confianza, el apoyo, la reunión en la mesa familiar, el ánimo que recibes en las adversidades y el recuerdo de tus padres dándote los «buenos días» forman su argamasa.
Y ojalá ese ritmo «alentejano» que describe Ximena Maier existiera para todos: «El tiempo en el campo es distinto. Es verano, pero sale la flor del olivo. Hace calor, pero ya están las naranjas pequeñitas en los árboles». Todo como mero recordatorio de que existe la belleza. Y tiene también Ximena una «lareira alentejana» inmensa para hacer fuego, cocinar unos chorizos y echar la tarde fresquita de invierno conversando. ¡Qué sabia la lengua española que define con tanto acierto!, nosotros siempre llamamos a esa chimenea «hogar».
«Toda la vida veía las plantas como manchas de color, pero ahora me ha cambiado la mirada, tengo los ojos verdes. No es lo mismo el verde gris azulado de un olivo que el oscurísimo de un ciprés». Qué gran lección guarda el cíclico renacer de un árbol y de una planta. Me recuerda que si hoy nosotros seguimos fuertes y con sólidas raíces es gracias al bendito riego que fueron los cuidados de aquellos que nos amaron y nos criaron. Un riego en forma de cariño, atención, desvelo, generosidad e inseparable de lo sagrado.