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«Amigo de sus amigos», Pepín Bello

Sin apenas obra escrita, Pepín Bello dejó una huella imborrable en la Generación del 27 gracias a su ingenio, su memoria y una amistad que marcó a algunos de los grandes nombres de la cultura española

Pepín Bello

Pepín BelloRTVE

El elogio que escribió Jorge Manrique para su padre parecía escrito para él: «Amigo de sus amigos». Así fue Pepín Bello; más aún, esa dedicación a la amistad fue la mejor definición de su personalidad.

Muchas veces se ha comentado la paradoja de que, dentro de la Generación del 27, Pepín Bello jugara un papel tan importante, aunque él apenas hubiera escrito casi nada. Enrique Vila-Matas lo define como «el arquetipo genial del artista hispano sin obras… el recalcitrante ágrafo». No es del todo exacto.

Pepín escribió la novela humorística Lucas Grupo o el héroe andorrano. En ella, el protagonista abandona su intento de construir una catedral en Andorra; luego, se hace tendero de ultramarinos en el Ampurdán; acaba suicidándose, por accidente, cuando le explica amablemente a un desesperado cómo hacerlo.

Se inventó también Pepín un personaje llamado Picalimas: un general hispano de 94 años, que almorzaba bocadillos de guindilla, con el pan untado con mostaza…

Con su amigo Luis Buñuel, Pepín Bello escribió una versión surrealista disparatada del Hamlet, que se representó una sola vez, en el café Select de Montparnasse:

«Es un texto hecho totalmente en broma e irracional. Es totalmente irrepresentable. Comienza así: ‘¿Margarita, qué Margarita? ¿La que tachona tibios prados o la que infausta y abaritonada se desvaneció entre tus brazos?’ No sé aún cómo se ha conservado. No fue por mí, desde luego… Es lo único que hay publicado con mi nombre». (Está incluido en el volumen Teatro español de vanguardia, de Editorial Castalia).

Los miembros de la Orden de Toledo, Hernando Viñes, Lulú Jourdain, Pepín Bello y Luis Buñuel en el restaurante Venta de Aires de Toledo en 1936

Los miembros de la Orden de Toledo, Hernando Viñes, Lulú Jourdain, Pepín Bello y Luis Buñuel en el restaurante Venta de Aires de Toledo en 1936Eduardo Sánchez Butragueño

Con Rafael Alberti, otro gran amigo suyo, escribió Pepín la obra teatral El pobre, para el teatro de cámara El Mirlo Blanco, situado en la casa familiar de los Baroja. En los años 1926 y 1927, se representaron allí obras de Valle-Inclán, Pío y Ricardo Baroja, O’Henry, Edgar Neville, Claudio de la Torre…

En esa obra, Alberti encarnaba al protagonista, un pobre sin brazos ni piernas, en un carrito; Pepín, a los distintos paseantes que se acercaban a él. Lo recordaba él, muchos años después:

«Era un personaje asqueroso para la vista. Alberti sabía doblarse los párpados y su imagen era aterradora. Yo hacía los otros personajes: de niño, de pocero, de vieja, de millonario y de cura, pero todo de una forma muy elemental. Yo le decía: ‘Qué haces ahí, vago, trabaja’. Él me respondía: ‘No puedo, estoy ciego, soy un impedido’. La obrita duraba unos veinte minutos… Desgraciadamente, la perdí. Lo sintió mucho más Rafael Alberti que yo».

Coincide todo el grupo de amigos en que a Pepín Bello se deben varios inventos vanguardistas, que ellos utilizaron. Por ejemplo, los anaglifos.

Como ya he mencionado, se trataba de una broma verbal, una muestra de ingenio, a la que en seguida se aficionó García Lorca. Se trataba de improvisar un poemita, compuesto de tres sustantivos: el segundo tenía que ser forzosamente «la gallina»; el tercero, la asociación surrealista más insólita que pudiera encontrarse.

Por ejemplo, este anaglifo, con la mención al apellido del pintor El Greco:

El té,
el té,
la gallina
y el Teotocópuli

Según Pepín, el nombre , anaglifo, procedía de unas gafas con un cristal verde y otro, rojo, que se utilizaban para ver en relieve algunas películas. (Muchos años después, en 1953, yo me puse esas gafas para ver, en el cine Callao de Madrid, Bwana, el diablo de la selva: se anunció como la «primera película rodada en natural visión», con el dibujo de un salvaje león, suspendido en el aire, sobre las cabezas de los aterrorizados espectadores).

Según contó Pepín Bello, el juego de los anaglifos se convirtió, para el grupo de amigos, en una verdadera obsesión:

«Los hacíamos a todas horas, obsesivamente. Tanto es así, que José Moreno Villa, a lo mejor a una hora intempestiva, llamaba a mi cuarto y me decía: ‘Mire usted, Bello, se me ha ocurrido este anaglifo’. Y me lo recitaba de la forma más absurda… A Federico no le hizo mucha gracia que nos hubiésemos inventado este juego literario en su ausencia. Pero, como Federico lo cogía todo al vuelo, en seguida empezó a escribir anaglifos frenéticamente. Al final, Federico modificó los anaglifos, barroquizándolos».

Pepín Bello era aragonés, como Luis Buñuel, su gran amigo. A su peculiar sentido del humor se debe también el gusto por otro invento, los carnuzos, como atestigua el escenógrafo Santiago Ontañón:

«Era toda forma o apariencia desagradable, sólida y carnosa, repugnantemente muerta. Pues ese burro muerto que creo que aparece sobre un piano en Un perro andaluz tampoco es una idea daliniana, sino que es en realidad una aportación indirecta de Pepín Bello».

Aclaró su origen el propia Pepín:

«En mi infancia en Huesca, era muy corriente encontrarse un burro muerto devorado por las moscas, que había sido abandonado por su propietario al lado de un camino. Era un tema que yo les comentaba mucho a Federico, Dalí y Luis. Luego, no me extrañó que utilizasen esa imagen. Lo que me supo un poco mal es que Buñuel no me pusiese en los créditos de la película. Aunque no creo que quisiera ningunearme».

Pepín Bello

Pepín BelloUniverso Lorca

En varias cartas, Salvador Dalí habla de publicar un libro sobre los putrefactos, con un prólogo de García Lorca: todo el proyecto, como tantos otros de aquel momento, quedó en nada .

La palabra y el concepto también parecen ser hallazgos del ingenio juvenil de Pepín Bello, adoptados por todo el grupo de amigos:

«Un putrefacto era para nosotros un individuo que reunía una serie de cualidades decadentes: lo que rayaba en lo cursi, lo provinciano, lo engolado. Para nosotros, un putrefacto era una persona muy convencional… con cuello alto, duro y corbata».

Evidentemente, esta caricatura se anticipa a Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura; al humor de La Codorniz; a dos inventos de Mingote, la «pareja siniestra» y Gundisalvo, el candidato, con bigotillo, que se anunciaba así, en los carteles: «Vote a Gundisalvo. ¿Y a usted que más le da, hombre?»

Se lo dijo su amigo Luis Buñuel a Pepín en una carta, fechada en París, en 1929:

«En el fondo, tú has sido siempre un surrealista y nada más que eso, y ya es bastante».

Luis Buñuel en el Festiva de Cannes en 1954

Luis Buñuel en el Festiva de Cannes en 1954GTRES

Eso no significaba aceptar la ortodoxia de una escuela, por vanguardista que fuera. Por eso, Pepín, un espíritu muy libre, se distanció en seguida del surrealismo:

«A mí, el surrealismo no me ha interesado salvo en su parte humorística, que, bien pensado, ya estaba en nuestras actitudes, antes de conocer la doctrina; es decir, que actuábamos en surrealista por inercia; luego, Dalí y Buñuel se hicieron muy surrealistones (sic) en comportamientos y en ideas, pero ya era una cosa más encorsetada».

Nótese el irónico aumentativo «surrealistones», con su clara semejanza a «santurrones»… Aunque le divirtieran las bromas vanguardistas, Pepín Bello no se las tomaba en serio.

Así era entonces él: un personaje brillante, ingenioso, inteligente, divertido… Lo definió Rafael Martínez Nadal, el gran amigo de Federico García Lorca (a quien éste confió el manuscrito de su obra inédita El público, al despedirse, en la estación, antes de partir para Granada):

«El travieso ingenio de todo el grupo, alegre, eléctrico, hacedor-inventor de mil disparates y situaciones, luego atruibuídas con frecuencia a Lorca, Dalí y Buñuel».

Pero Pepín nunca perdió su buen sentido, tan aragonés como su humor. Una de las pocas cosas de las que presumía era de haber sido, quizá, el español que más veces había visitado el Museo del Prado. Le entusiasmaban Velázquez, Murillo, Rafael, Rembrandt… En literatura, El Quijote, Galdós, su amigo García Lorca… No tenía mal gusto.

Imagen de archivo del escritor Federico García Lorca

Imagen de archivo del escritor Federico García LorcaGTRES

Como su padre, Pepín era un gran admirador de don Francisco Giner de los Ríos. Por eso, el padre lo había enviado a Madrid, cuando tenía once años, en 1915, con su hermano Manuel, a la escuela de la Residencia de Estudiantes: para que «aprendiera a pensar».

Los dos hermanos continuaron allí luego, en la Residencia universitaria. En seguida, Pepín se hizo amigo de Emilio Prados, de su paisano Luis Buñuel, de Rafael Alberti, de Salvador Dalí, de Federico García Lorca…

Fue éste último el que lo bautizó como «Pepín»: así lo llamaron todos siempre : incluso, cuando ya era centenario.

Suele decirse que Pepín Bello nunca trabajó pero él lo negaba. En 1927, desempeñó algunos empleos en Sevilla: eso le permitió hacerse amigo íntimo de Ignacio Sánchez Mejías y asistir a los actos fundacionales de la Generación del 27, que organizó el Ateneo.

Siempre afirmaba Pepín que fue él el que tomó la histórica fotografía, tantas veces reproducida:

«Salí a la calle y le pedí a un fotógrafo ambulante su cámara fotográfica. Entré al Ateneo y disparé la foto con un flash de magnesio, que llenó toda la sala de un humo blanco, que escocía los ojos. Esa foto es la que luego se ha reproducido hasta la saciedad en libros de texto y enciclopedias como la fotografía oficial de la Generación del 27».

Pepín Bello

Pepín BelloRTVE

Pepín Bello pasó la guerra en Madrid, escondido en su casa, incomunicado. Estuvo detenido en una checa pero un amigo suyo, comunista, logró liberarlo.

Después de la guerra, vivió varios años en Burgos, trabajando en una empresa familiar de peletería: ésa fue, para él, una etapa muy poco feliz.

Con Antonio Garrigues, su gran amigo, creó en Madrid un autocine, al estilo norteamericano. Fue el primero que existió, en España. Estaba situado en la carretera que lleva al aeropuerto de Barajas. (Lo recuerdo bien: mi padre me llevó una vez, siendo yo un chiquillo). El negocio no funcionó en absoluto. Resumió Pepín: «Después del desastre del motocine, ya me jubilé».

Las circunstancias de su biografía le permitieron a Pepín Bello ser un testigo privilegiado del nacimiento de la Generación del 27.

Por su carácter, tan cordial, llegó a ser amigo íntimo de todos aquellos personajes. Él fue siempre cordial, amable con todos, pero nunca fue un adulador; no abdicaba de sus opiniones, ni siquiera para complacer a su compañeros.

Además, Pepín conservó, hasta el final, una memoria extraordinaria. Otra cuestión, imposible de precisar, es si embellecía alguno de esos recuerdos juveniles, como solemos hacer todos…

Por todo ello, los testimonios que nos dio Pepín Bello son impagables. Con toda sencillez, contó lo que él vivió, no lo que otros habían dicho o escrito.

De izquierda a derecha, Louis Eaton-Daniel, Juan Centeno, Federico García Lorca, Emilio Prados y José (Pepín) Bello

De izquierda a derecha, Louis Eaton-Daniel, Juan Centeno, Federico García Lorca, Emilio Prados y José (Pepín) BelloFundación Lorca

Además, poseía Pepín una virtud extraordinaria: la modestia. Nunca se quiso dar importancia ni atribuirse méritos ajenos:

«Siempre he sido muy modesto. Nunca me he sentido discriminado. Ellos tuvieron su talento, lo supieron expresar y llegaron donde debían llegar. Lo que no sé es si fueron capaces de pasárselo tan bien como lo hice yo».

Recomiendo vivamente dos libros que recogen sus testimonios : Conversaciones con José «Pepín» Bello, de David Castillo y Marc Sardá (ed. Anagrama, 2007) y La desesperación del té. 127 veces Pepín Bello, de José Antonio Martín Otín (ed. Pretextos, 2008).

Indudablemente, la clave de toda su vida es una palabra maravillosa, amistad:

«Yo he cuidado la amistad como algo especial, único; la he cultivado como a un jardín. La amistad es una cosa sagrada, que no debe afrontarse con frivolidad: lo es para estar al lado del amigo, hacerle la vida mejor, y también para decirle la verdad».

Su biografía se resume en una frase admirable, que me produce auténtica envidia: «Yo los quería a todos y todos me querían a mí». ¡Quién pudiera decir lo mismo!

Le encaja como un guante la frase de Jorge Manrique: Pepín Bello fue, realmente, «amigo de sus amigos». Así, sin haber dejado apenas obra literaria, ha pasado a la historia.

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