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Pilar García Pinacho

Los Episodios Nacionales de Galdós adaptados (II): el 2 de mayo

El segundo episodio de esta adaptación juvenil recrea el Motín de Aranjuez y la creciente tensión en Madrid antes del levantamiento del 2 de mayo de 1808

Gabriel Araceli huye de Madrid tras la caída del parque de artillería.

Gabriel Araceli huye de Madrid tras la caída del parque de artillería.

Madrid, 8 de mayo de 1805.

En la mañana del 2 de mayo, la población madrileña atacó a los soldados imperiales de Napoleón al grito de «¡Nos los llevan!». Fue de forma espontánea, con todo lo que había a mano, desde macetas a navajas. Se llevaban a los infantes de la familia real en dirección a Bayona. Murat fue implacable. Aplastó la revuelta con tropas a caballo. Entre enfrentamientos directos y fusilamientos perdieron la vida más de 400 españoles, tanto civiles como militares. Esa misma tarde el alcalde de Móstoles firmó un bando para llamar a todos los pueblos de España a socorrer a Madrid.

Así, el pueblo asumió la soberanía y se organizó en juntas de defensa. El alzamiento popular animó a probar la guerra de guerrillas, civiles que rompían el flujo de suministros y desgastaban el ejército más grande de Europa. El eco del 2 de mayo movió a Reino Unido a ayudar a España y a Portugal. El mismo Napoleón reconoció que esta guerra iniciada así fue una «úlcera» que desangró sus recursos.

Extracto del episodio 2. '2 de mayo'

El 19 de marzo y el 2 de mayo

Madrid no era el paraíso que imaginé mientras tiritaba en los muelles de Cádiz. Era una ciudad de contrastes violentos, donde el lujo de los palacios se levantaba sobre el hambre de las corralas. Conseguí empleo en casa de Mauro Requejo, un comerciante con cara de hurón y manos de prestamista que olía la oportunidad política antes que nadie.

"El dos de mayo de 1808 en Madrid", de Francisco de Goya

«El dos de mayo de 1808 en Madrid», de Francisco de Goya

Allí, entre el polvo de su almacén y la oscuridad de los pasillos, la encontré. Inés no era una sirvienta común, aunque su tío la tratara como a una mula de carga. Era la hija de un oficial caído en desgracia y de una dama cuya identidad Requejo guardaba bajo siete llaves como si fuera un pagaré. Inés vivía en una especie de limbo: era la sobrina pobre a la que usaban para llevar las cuentas y limpiar la plata, una joya escondida en un sótano que planeaba vender al mejor postor cuando las aguas políticas se calmaran.

—No deberíais estar aquí, Gabriel —me susurró una tarde mientras yo subía unos fardos—. Mi tío no quiere ojos extraños mirando lo que no le pertenece.

—A mí no me asustan los hombres como él —respondí, dejando el fardo en el suelo—. He visto morir a gigantes de madera en el mar.

Desde ese día, mi única ambición fue sacarla de allí. Pero Madrid se volvió loca. El rumor de que el rey Carlos IV y su odiado ministro Manuel Godoy planeaban huir a América bajo la protección de Napoleón corrió como la pólvora. Requejo, siempre olisqueando el miedo, cargó sus carruajes y se llevó a Inés a Aranjuez, siguiendo a la corte.

'El 3 de mayo en Madrid' o 'Los fusilamientos del 3 de mayo' de Goya

'El 3 de mayo en Madrid' o 'Los fusilamientos del 3 de mayo' de Goya

No lo dudé. Convencí a don Celestino, un cura con más agallas que muchos generales, para que me acompañara. Llegamos a Aranjuez la noche del 17 de marzo de 1808. El aire pesaba. Miles de personas —campesinos con hoces, soldados disfrazados de paisanos y chisperos de Madrid— rodeaban el palacio de Godoy. De repente, un disparo rasgó la noche.

—¡A por el choricero! —gritó una voz entre la multitud.

Fue como si se rompiera una presa. La masa humana se lanzó contra las puertas del palacio de Godoy con una furia ciega. El estrépito de la madera astillándose y los gritos de «¡Viva el Príncipe Fernando!» llenaron el valle. Mientras el pueblo saqueaba el palacio y buscaba al ministro escondido, yo me dirigí a la casa donde Requejo se había atrincherado.

La casa estaba bajo asedio. Un grupo de amotinados intentaba echar la puerta abajo, creyendo que Requejo escondía suministros de Godoy.

—¡Apartad! —rugí, abriéndome paso a empujones. La experiencia en la cubierta del Trinidad me había dado unos hombros que no correspondían a mi edad.

Logré trepar por un balcón lateral mientras los cristales estallaban en la planta baja. Encontré a Inés en un rincón, con un candelabro en la mano dispuesta a defenderse, mientras su tío intentaba esconder sacos de monedas bajo la cama, ignorando los gritos de su sobrina.

Godoy presentando la paz a Carlos IV

Godoy presentando la paz a Carlos IV

—¡Inés! —la llamé. Al verme, el terror en sus ojos se transformó en algo que nunca olvidaré: esperanza pura. —¡Gabriel! ¡Van a matarnos!

Sujeté a Inés de la muñeca y la saqué de la habitación justo cuando la turba derribaba la puerta principal. Mauro Requejo chillaba por su oro, pero lo dejamos atrás, sepultado por la masa que destrozaba sus muebles. Don Celestino nos esperaba en un callejón trasero con un carro de mulas que había, digamos, tomado prestado en nombre de la Providencia.

—¡Rápido, muchachos! —gritó el clérigo, fustigando a las bestias—. ¡Este país acaba de cambiar de dueño!

Salimos de Aranjuez bajo una lluvia de ceniza. A nuestras espaldas, Godoy había sido capturado y el rey Carlos se preparaba para abdicar. Habíamos ganado, o eso creíamos.

El camino de vuelta a Madrid fue silencioso. Inés se apoyó en mi hombro y, agotada, se quedó ahí dormida mientras yo vigilaba el horizonte. Al llegar a la capital, el ambiente había cambiado. Ya no eran rumores: las tropas de Murat, los mamelucos y la guardia imperial francesa llenaban las plazas con una arrogancia insoportable.

Habíamos rescatado a Inés de las garras de su tío, pero la habíamos traído a una ciudad que era una bomba de relojería. Madrid ya no celebraba la caída de Godoy; Madrid mascaba su propia rabia.

Benito Pérez Galdós en el retrato que cuelga en su casa museo

Benito Pérez Galdós en el retrato que cuelga en su casa museo

Me quedé mirando el Palacio Real. Los soldados franceses montaban guardia con bayonetas caladas. Era a finales de abril. El sol calentaba las piedras de la Villa, pero el frío que sentía en la nuca me decía que lo de Aranjuez solo había sido el prólogo. El 2 de mayo estaba a la vuelta de la esquina.

La ciudad apestaba a tensión. Era una presión lenta y constante, bastante peor que el miedo explosivo de un combate naval. En cada esquina de la Puerta del Sol había uniformes azules. Los franceses. Los presuntos aliados que nos estaban invadiendo sin pegar un tiro. Caminaban por las aceras como dueños de la finca, mirándonos por encima del hombro, manoseando a las mujeres y riéndose en un idioma que sonaba a amenaza.

Me palpé el costado bajo la chaqueta. La navaja de Albacete seguía ahí. Después de ver lo que hace un cañón de 36 libras, un soldado francés no me impresionaba tanto. Pero eran demasiados. Madrid era una ratonera vigilada por veinte mil gatos imperiales.

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