Cubierta de 'La sombra del padre'
'La sombra del padre': la vida que nunca fue nuestra
Antonio Monegal transforma el hallazgo de una vieja caja de fotografías y cartas en una honesta indagación sobre la memoria, el olvido y los límites de conocer a quienes nos precedieron
Tras la exploración de la representación de los conflictos que llevó a cabo en El silencio de la guerra (2024), Antonio Monegal ahonda ahora en la intrincada escritura de los entresijos de una vida humana. En su nueva obra, La sombra del padre, se embarca en la titánica tarea de desentrañar los enigmas del pasado de su progenitor, Juan Monegal Vergés (1911-1966), a partir de un hilo de Ariadna del que apenas quedan «pedazos sueltos». El punto de partida es el hallazgo de una vieja caja de madera que conservaba fotografías, cartas, carpetas con fragmentos de textos literarios, libretas encuadernadas con poemas en catalán y el libro de viajes Caminos de la tierra y rumbos del mar. Desde esta condición material y palpable, el ensayista asume que la relación con el pretérito es un «ir y venir que habitamos siempre».

Acantilado (2026). 272 páginas
La sombra del padre
Fiel a una honestidad implacable, Monegal evita juzgar a su padre desde el presente, pero tampoco edulcora su figura. Lo retrata como un hombre inquieto y aventurero que participó en la guerra, vivió en África y Portugal, regresó a Barcelona y pasó por Canarias en los años cincuenta. Lo define sin tapujos como un individuo poco práctico y vividor, buen conversador y un «colonialista franquista y mujeriego» que desbordaba encanto personal y sentía una innegable llamada por la literatura y los libros. El autor no rehúye los lados oscuros, asumiendo sin temor los prejuicios, el machismo y el reaccionarismo de su progenitor. Como él mismo confiesa lúcidamente, su propósito principal no es indagar en su relación afectiva: «No me pregunto quién fue para mí. Conozco esa respuesta. Me pregunto quién fue antes de ser alguien para mí. Sin esperanza de responder».
Consciente de que el pasado de una vida ajena es inalcanzable y de que los viejos papeles «se quiebran al manosearlos», el ensayista emprende una dura batalla contra el tiempo. Para suplir estas carencias, se apoya inteligentemente en el concepto de «posmemoria», acuñado por Marianne Hirsch, que designa el relato ficcional construido por quien solo posee un conocimiento de segunda o tercera mano de los acontecimientos. Con la frialdad de un entomólogo o un detective que reconstruye secuencias, el autor se niega a rellenar con la imaginación los huecos impuestos por el silencio. En su lugar, recurre a una vasta labor de investigación en el Archivo General Militar de Guadalajara, el de Ávila, el de Ceuta, el Archivo General de la Administración y el Tribunal de Cuentas. Así saca a la luz asombrosos descubrimientos, como la participación de su padre en la revista jerezana Cauces, fundada por Francisco Montero Galvache en 1936, donde el nombre de Monegal figura junto a poemas de Iglesias Caballero, José María Pemán y un Federico García Lorca al que el progenitor admiraba y le entregó algunos de sus poemas. Más sorprendente aún es su insólita reinvención bajo el nombre de John Mac Monegal: soldado, profesor de natación y coautor, junto a Luís Guerreiro de Sá, de un Tratado de Natação, ilustrado por Mário Salgado y publicado por la editorial Barreira en Oporto en 1938.
La biografía sirve de excelente trampolín para interesantísimas reflexiones filosóficas sobre el acto de recordar a quienes ya han muerto cuando también han desaparecido quienes compartían su recuerdo. Monegal se interroga por los caprichos de la memoria y del olvido, preguntándose por qué conservamos ciertas cosas mientras se pierde irremediablemente lo demás.
Aborda la compleja dicotomía entre la persona y el personaje, la huida de sí, la falta de compromiso y la tendencia humana a ofrecer nuestra versión más favorecedora por el miedo cerval a desvelar nuestros errores y defectos. En este sentido, denuncia la vanidad de las apariencias y el derecho a privar a los demás de la revelación de que somos profundamente humanos, analizando las elipsis visuales de las fotografías y aquellas palabras escritas que se perdieron para siempre porque el destinatario no quiso leerlas. Al mirar al pasado con la perspectiva nostálgica y escéptica de quien sabe que la decepción suele ser el estado habitual del regreso –ante la desaparición de los paraísos de la infancia y la transformación de los lugares–, el autor llega a considerar la edad como una «enfermedad de la conciencia».
Otro pilar fundamental del libro es el impacto devastador de los conflictos históricos. Monegal define la guerra como el «punto de inflexión en que la experiencia humana se cruza con la historia», una auténtica fractura que funciona como encrucijada y determina el resto de la vida, dejando a su paso apenas una medalla, una cicatriz o un «silencio insondable». Indaga en el servicio de su padre a la causa franquista, en los motivos por los que tuvo que abandonar el frente y, de forma universal, en las terribles pesadillas que los actos perpetrados dejaron en su alma: marcas indelebles que ni el arrepentimiento ni la absolución sacramental logran borrar. Asimismo, reflexiona sobre la pérdida de las huellas de un individuo frente a los avatares históricos y evoca figuras literarias como el pescador Hermós, inmortalizado por Josep Pla.
Monegal aclara que este inmenso esfuerzo biográfico no brota de una necesidad terapéutica, sino de la urgencia de viajar a un pasado que no le es propio, pero que tampoco le resulta ajeno. Mediante el artificio de la escritura y recurriendo a la importancia de la écfrasis, erige un relato monumental, ricamente impregnado de resonancias culturales. A lo largo de la obra resuenan los ecos de autores como Homero, Shakespeare, Sartre, Proust, Patrick Modiano, Marguerite Duras, Annie Ernaux, Kurt Vonnegut, Borges, Javier Cercas, Laurent Binet, Paul Auster, J. M. G. Le Clézio o Linn Ullmann.
Asumiendo lúcidamente que cada ser humano es «el filtro sin el cual el rastro de lo que fue es ilegible», Antonio Monegal teje un libro magistral sobre los lazos que mantenemos con nuestro pretérito. Como bien señalan las palabras de Octavio Paz sobre las famosas cajas de Cornell, aplicables a esta obra: «Memoria teje y desteje los ecos».