Cubierta de 'Ocupación'
'Ocupación': prohibido el paso a tu infancia
Margaryta Yakovenko se despide de su abuelo muerto y de su tierra ucraniana usurpada, con un emotivo relato que abarca cuatro generaciones de su familia
Una familia y su lugar en el mundo. Cuántas obras de la literatura pueden reducirse, con los matices oportunos, a esos dos elementos. La pertenencia a una estirpe y a una tierra, a veces con una continuidad tranquila, a veces con el susto del hachazo que amputa una parte de la identidad y la deja incompleta para siempre. La familia de Ocupación lleva por apellido Yakovenko y su lugar es Tokmak, pequeña ciudad ucraniana del óblast de Zaporiyia, tomada por los rusos en abril del 22 tras ocho días de asedio.

Seix Barral (2026). 184 páginas
Ocupación
Margaryta Yakovenko, nacida allí en 1992, tenía una historia poderosa que contar, y la ha contado de una manera impecable. Como periodista que es –ejerce su profesión en España, adonde emigró con sus padres siendo niña–, disponía del instrumental narrativo, pero quizá no resultara sencillo ordenar materiales, atemperar sentimientos y, sobre todo, dar con un tono mesurado en las palabras para rebajar la temperatura de las emociones. La propia autora dice en las páginas finales que lo peor que le puede pasar al hombre es perder su humanidad y que por eso ella intenta seguir teniendo confianza y no caer en el odio. Confirma así lo que hemos ido percibiendo durante la lectura: su serenidad heroica, cuando tenía todo el derecho a crispar el puño y estallar en imprecaciones. Esa es una de las lecciones morales del libro. La sosegada dignidad en la derrota es una victoria.
Ocupación se divide en tres partes, de extensión desigual. La primera, devastadora, reconstruye la invasión de Tokmak por los rusos y la muerte del abuelo, Víctor Konstantínovich Yakovenko. Viudo desde el año anterior, la guerra lo sorprende solo y enfermo. Por suerte, dentro de la tragedia, cuenta en sus últimas semanas con el cuidado de su consuegra Liudmila, que a su vez ha huido de Mariúpol creyendo que Tokmak era un lugar seguro. Se equivocaba. El primer encuentro de los dos al acabar el asedio, en el piso oscuro y frío de Víctor, tras girar ella la llave sin saber lo que va a encontrarse, es un momento inolvidable. La autora emplea las palabras justas, medidas, atroces en su verdad desnuda, como todo en este libro. Libro que es el encargo póstumo del abuelo «que nació en una guerra y murió en otra guerra», y que se le aparece en un sueño, y en la irrealidad del sueño le compra un lápiz para que escriba la memoria de su familia y de su lugar en el mundo.
La segunda parte, la más larga, es una magnífica recreación de las vidas de sus ancestros hasta donde la autora puede remontarse: los bisabuelos (trepando más arriba en el árbol genealógico, solo encuentra dos nombres de tatarabuelos y, ya, la tupida fronda del silencio). Vidas sencillas en una ciudad modesta que también ha sido azotada por los vientos de la historia. Tokmak significa «lugar de batalla» en mongol-tártaro. Recurriendo a consultas en internet, a las anécdotas familiares transmitidas de una generación a otra y a los recuerdos propios, Yakovenko conjuga memorias, reflexiones y técnicas novelescas para poner en movimiento a unos personajes atribulados por las circunstancias, vivísimos en su correlato de papel. Se repite mucho cada uno de los nombres, casi como una misión sagrada. Esa es otra de las lecciones morales del libro. Fugaces como somos, gratitud de herederos es, pudiendo, darles segunda vida encuadernada a nuestros muertos.
El relato se remonta hasta 1914, cuando se casan Konstantín y María, bisabuelos de Margaryta. Al poco, él es movilizado y sortea su condición de prisionero de guerra con una sagacidad que será rasgo propio de la familia y que introduce en el libro una veta picaresca. Konstantín, ya en época soviética, dirige un koljós, granja colectiva. Su hijo Víctor trabaja allí y luego en la construcción y en la industria. Ambos, padre e hijo, afrontan conflictos de conciencia con un régimen en el que creen menos por convicción que por necesidad. Hay en la familia un trauma silenciado, del que Margaryta se entera poco antes de comenzar su libro. Raísa, la abuela, mujer de Víctor, era descendiente de kulaks rusos, desposeídos por Stalin y reubicados en Ucrania como colonos. El padre de ella murió en un tren camino del gulag, adonde lo conducían con una condena de diez años como enemigo del pueblo, por un delito nimio que en realidad había cometido otra de sus hijas. Ese desgarro interno pudo agravar la demencia, en parte deseada, aventura la autora, de su abuela en los últimos años de su vida.
La tercera parte de Ocupación vuelve al presente, al dolor de los recuerdos, a la adaptación obligada. La del título no es solo la ocupación de un territorio, sino la del piso de Víctor y Raísa. Un matrimonio ruso, con su hijo pequeño, se instala en él y tira las pertenencias de los inquilinos anteriores, antiguallas que son la herencia y la memoria de la autora. El escritorio donde aprendió a leer y a escribir, y en uno de cuyos cajones guardaba su abuela decenas de libretas con anotaciones –quizá sus recuerdos antes de perder la cabeza–, aparece un día depositado en la calle junto a los contenedores de basura. No hace falta decir más. Al comienzo de este libro confiesa Margaryta Yakovenko: «En Tokmak no hay nada; en Tokmak está todo lo que significa algo para mí». La infancia, los suyos, las lápidas que los recuerdan, el olor preciso de unos árboles, la llamada inalienable de un hogar, aunque no exista.