Cubierta de 'Beowulf'
'Beowulf': el poema que tanto amaba Tolkien
La obra clave de la épica anglosajona no pierde fuerza y sigue inspirando
Hablar de épica anglosajona es hablar de Beowulf, protagonista de un poema homónimo de autor desconocido. La anonimia de los cantares de gesta medievales viene justificada por la primacía conferida al héroe y al sentido de elaboración colectiva, fruto de la tradición oral. Ambos aspectos hablan de saberse parte, de raíces, de espíritu de un pueblo. A todo ello contribuye la épica de cualquier literatura, en este caso, de la anglosajona. Así como el Cid libró a la Península del enemigo musulmán, Beowulf se presenta como aquel que ha de salvar a jutos, gautas y demás pueblos vecinos del peligro de una variopinta serie de monstruos terribles. Victoria tras victoria. Éxito siempre asegurado. ¿Qué menos se podría decir de un héroe? No obstante, la mentalidad medieval no define al héroe solamente a partir de sus victorias bélicas. Si en algo insisten los relatos al ensalzar la figura de Beowulf es, ante todo, en su bondad de corazón. Se guía siempre por un noble propósito: luchar no por la propia gloria, sino por la salvación de todo el pueblo.

Traducción y comentario de J. R. R. Tolkien
traducción al español de Eduardo Segura
Minotauro (2022). 384 páginas
Beowulf
Un horizonte vital que requiere de valentía, pues le esperan enfrentamientos con criaturas insólitas: un terrible monstruo llamado Grendel, su vengativa madre y un inmenso dragón. El mal tiene muchas caras, ninguna de ellas atractiva. La imaginación medieval es rica, riquísima, cuando se trata de dibujar la antítesis de lo Bueno y lo Bello. Las descripciones son minuciosas, los compositores no se ahorraban detalles terroríficos para engrandecer la figura de estas bestias. No obstante, aunque abundantes, las pinceladas no rematan el dibujo final, sino que son trampolín desde el que los oyentes, si querían, podían seguir elevándose hasta representar sus peores pesadillas. Era poderosa la creatividad de los hombres de aquel tiempo. Desconocedores del moderno mundo audiovisual, pero no por ello privados de grandiosas escenas y secuencias que causarían la envidia de cualquier productor de cine.
El género épico es un despertador de la imaginación de los lectores posmodernos. Es posible sentir miedo al leer el pormenorizado desarrollo de las batallas, el fiero ataque de los monstruos, la trágica muerte de los combatientes. Basta con dejarse arrastrar, golpear, percutir por cada una de las palabras escogidas para dibujar las escenas.
A ello contribuye el estilo del poema. En su forma y contenido ofrece ejemplos claros que ayudan a entender en qué consiste el género épico, concretamente en tiempos del Medioevo. Epítetos que caracterizan personajes y realidades, construcciones que buscan la aliteración agradable al oído, excursus metaliterarios con los que la épica se explica a sí misma. Y qué decir de las anticipaciones que quizá sorprendan al público actual, tantas veces enemigo de los spoilers. A los oyentes de entonces les gustaba tener al menos alguna referencia de lo que les cabía esperar. De este modo, los aedos, sin relajar la tensión, avanzaban tímidas alusiones con las que sobreentender que Dios iba a garantizar a los guerreros «suerte victoriosa» o, por el contrario, les aguardaba un «aciago destino».
Detalles que definen el clásico perfil de los poemas medievales. Ahora bien, cabe advertir que la traducción carece de la riqueza del texto en anglosajón original. ¿Significa esto que hemos perdido entonces la posibilidad de apreciar los matices épicos? No del todo. El agradecimiento se lo debemos al señor Tolkien, también a su hijo. El primero realizó una traducción al inglés moderno e impartió clases y conferencias acerca del poema, como buen lingüista y gran conocedor del panorama literario de aquellas tierras. Fue su hijo Christopher quien se encargó de reunir estos comentarios y aclaraciones filológicas para anotar la publicación de la obra en inglés. La edición de Minotauro nos brinda en español esta valiosa creación. El poema épico anglosajón por antonomasia, asimilado por Tolkien y transmitido por su hijo. Una obra maestra, por la fuerza del poema en sí mismo, por la hondura de la traducción, por el mimo en su transmisión.
Así pues, sin desmerecer la elevadísima calidad del poema, confesamos no poca emoción al disponer de una traducción con semejante tradición. Acertadamente, Tolkien Jr. reconoce en el prefacio que, al leer el texto de su padre «emerge, me parece, su vívida evocación personal de un mundo desaparecido mucho tiempo atrás: tal y como fue percibido por el autor de Beowulf».
El autor de El Señor de los Anillos aprendió de los mejores. Su capacidad de contar historias recuerda a la riqueza narrativa de poemas como Beowulf. Aprendamos nosotros de él a leer esta obra de valor universal. Batallas, bestias, héroes y gestas. La trepidante trama argumental confluye en loa. Como un potente ubi sunt manriqueño, van quedando atrás los logros y resta solo un hombre; la memoria que deja como estela tras su muerte así reza: «fue el rey más generoso de todos los de la tierra, el más gentil con los hombres, el más tierno con su pueblo, y el de más entusiasta alabanza».