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Cubierta 'Resurrección e inmortalidad'

Cubierta 'Resurrección e inmortalidad'Senderos

'Resurrección e inmortalidad del alma': el alma ante el tribunal de la filosofía

El ensayo de Salvador Anaya propone recuperar el dualismo antropológico cristiano como única vía racional para fundamentar la escatología

Resurrección e inmortalidad del alma. Problemas fundamentales de la filosofía cristiana (Sevilla, Senderos, 2026) es un ensayo de antropología cristiana. Su autor, Salvador Anaya, doctor en filosofía, ha dedicado muchos años y esfuerzos al estudio de la espiritualidad desde un punto de vista crítico. Ya ha publicado otros dos libros anteriores sobre el asunto, pero la obra que acaba de editar ahora viene, de alguna forma, a culminar su trayectoria.

Cubierta 'Resurrección e inmortalidad'

Senderos (2026). 314 páginas

Resurrección e inmortalidad del alma. Problemas fundamentales de la filosofía cristiana

Salvador Anaya

El objetivo del doctor Anaya es «hacer racionales los presupuestos de la fe cristiana» y eso le conduce a señalar la existencia de un problema en la escatología, no en la teología racional. Un problema que, desde su punto de vista, obliga a efectuar un cierto cambio del paradigma antropológico cristiano. Para el autor, tenemos delante dos caminos, dos antropologías diferentes según la base doctrinal elegida como fundamento. Si se trata de la resurrección, se exige la unidad del hombre, es decir, la unión de cuerpo y alma como constitutiva y sustancial, con una deriva ontológica hacia el monismo. Si se parte de la inmortalidad del alma, lo que se exige entonces es su separabilidad y su condición de ser espiritual sustantivo, ontológicamente distinto del cuerpo. En la actualidad, la gran mayoría de los intelectuales cristianos son contrarios al dualismo, de manera que la reivindicación que de esta posición se hace en esta obra es todo un reto, un desafío.

Sostiene Anaya que la doctrina de la resurrección del cuerpo queda fuera del alcance de la filosofía, es un misterio y no admite tratamiento racional, más allá de la constatación, como hecho experiencial, de la inextricable unidad psicofísica humana. Sin embargo, sí encuentra muy clara la necesidad de elaborar una antropología que haga racional la escatología cristiana, alejándola del naturalismo. El problema surge cuando la inmortalidad del alma, que exige el dualismo antropológico, ha de habérselas con nuestra propia experiencia fenomenológica y con lo que atestiguan las neurociencias, que hacen patente la unidad sintética que forman mente o alma y cuerpo. Nos vemos abocados a elegir entre el monismo y el dualismo, entre la consideración del alma como una parte constitutiva del ser humano, cuya unión con el cuerpo es sustancial, porque ambos forman una única entidad, y el aprecio de nuestra psique como un ser espiritual sustantivo, ontológicamente distinto del cuerpo.

Esta es la trama fundamental de un libro que está profusamente argumentado y documentado. Como decimos, para su autor no es posible una antropología cristiana de la resurrección, solo de la inmortalidad. Y este es el cambio de acento y paradigma que reclama. Pasan por las páginas del texto los grandes autores cristianos: desde san Pablo a san Ireneo, desde san Agustín a santo Tomás, desde Descartes y Pascal a Kant. Y luego aparecen fenomenólogos y evolucionistas, emergentistas espirituales, personalistas, etc. Salvador Anaya insiste especialmente en el gran error que consiste en entender la sustantividad del alma como contraria a la unidad sustancial del ser humano, cuando es perfectamente compatible con dicha unión. Lo que se necesita es comprender al hombre no solo como cuerpo unido a un yo empírico o psicofísico, sino que hay que abrir un espacio para un yo propiamente espiritual, núcleo de nuestra conciencia y centro de nuestra integración.

En el pensamiento cristiano, nos encontramos de modo habitual con un alma entendida no como un ser sustantivo autónomo sino como la dimensión o estrato espiritual del ser humano, como un elemento. De manera que el sujeto no es ni la mente ni la conciencia, sino la persona, el hombre entero en su unidad corpóreo-espiritual. Pero lo que se pregunta el doctor Anaya es: ¿cómo si el alma no es un ser sustantivo puede comprenderse en su inmortalidad, en su destino escatológico intermedio y particular, en su creación independiente del proceso de evolución biológica? La intelección empobrecida de su estatus ontológico hace todo esto difícilmente asimilable. Si el alma no es un ser espiritual sustantivo, ontológicamente distinto del cuerpo, no se puede comprender, en efecto, su separabilidad e inmortalidad. La solución que se nos viene a explicar en esta obra pasa por la adopción de un nuevo dualismo no cartesiano en el que el cuerpo sería la forma del alma.

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