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Cubierta de 'Ivan de Aldenuri'

Cubierta de 'Ivan de Aldenuri'Toromítico

'Iván de Aldénuri': el destino que aguarda entre montañas

Criaturas legendarias, viajes y una amenaza olvidada en una fantasía juvenil de corte medieval

Aprender a volar debería cambiarlo todo.

Y durante buena parte de la aventura de Iván en el bosque de los thaurroks parece precisamente eso. El vuelo no se convierte únicamente en una habilidad extraordinaria que le dota de un don que nadie más posee, sino que es una puerta. Una promesa. El primer paso hacia un mundo mucho más grande de lo que había imaginado.

Cubierta de 'Ivan de Aldenuri'

Toromítico (2026). 256 páginas

Iván de Aldénuri y el bosque de los Thaurroks

Juan Pérez-Foncea

La vida de Iván de Aldénuri transcurre entre juegos y días tranquilos, rodeado de su numerosa y humilde familia y de un grupo de fieles amigos, hasta que el descubrimiento de un medallón, tan aparentemente inofensivo como inesperado, altera de improviso el rumbo de su destino.

Entonces se produce un giro de ciento ochenta grados.

Todo empieza a sucederse con gran rapidez. Un secuestro. Un viaje. El mar. Lo desconocido.

A partir de ese momento la novela abraza la fantasía medieval más clásica. Viajes, criaturas olvidadas, enemigos que parecían haberse perdido en las leyendas y un joven protagonista obligado a comprender un mundo mucho más complejo de lo que jamás habría imaginado. Reminiscencias de una fantasía de aventuras que encuentra en el camino gran parte de su encanto se perciben por todo el relato: en sus descripciones, en las relaciones que se forjan entre los personajes. Y no tanto en el destino, sino en todo aquello que sucede mientras se avanza hacia él.

Los thaurroks aparecen precisamente como una amenaza olvidada. Criaturas tan antiguas que han terminado relegadas al terreno de la memoria. Una memoria perdida en el imaginario colectivo. Ya nadie parece recordar exactamente qué son, por qué existieron o cómo derrotarlas. Justo en ese punto empieza a construirse el misterio que las rodea, así como una búsqueda constante de respuestas.

Recorriendo lugares nuevos. Hallando aliados inesperados. Y aprendiendo a saber en quién confiar cuando todo lo conocido ha quedado atrás. La «familia encontrada» hace su aparición desde casi el principio, y termina convirtiéndose en uno de los pilares más sólidos del relato.

Sin embargo, en el momento en que el conflicto comienza a fraguarse, también empiezan a aparecer algunas de sus debilidades. A pesar de que el misterio de los thaurroks y el viaje de Iván consiguen mantener el interés del lector, parte de la información se repite en numerosas ocasiones a través de diálogos y explicaciones que terminan insistiendo sobre cuestiones que ya habían quedado claras con anterioridad.

Y eso termina afectando a un ritmo que funciona mucho mejor cuando va avanzando que cuando se detiene a sobreanalizar. Porque cuando Iván explora nuevos lugares, encuentra criaturas o se enfrenta a nuevos peligros, puede llegar a recordar a clásicos de la fantasía épica. Pero, cuando se detiene en determinadas explicaciones, parte de ese impulso se diluye.

A ello se suma una acumulación de personajes en determinados tramos del relato. La gran mayoría cumple una función concreta dentro de la trama, pero la presencia de otros dificulta que la escena se desenvuelva con fluidez. En ocasiones la novela pretende ampliar el universo y sus personajes más de lo que realmente necesita para enriquecer una trama que ya funciona por sí sola.

La parte central es probablemente donde más se perciben estas irregularidades. La disminución en la cadencia narrativa provoca que el avance se vuelva más pesado. Se insiste en aspectos ya contados, algo que termina restando parte del dinamismo construido. De hecho, da la sensación de que una mayor confianza en el lector habría beneficiado enormemente a la fluidez de la narración. Muchas de las respuestas ya estaban ahí.

Afortunadamente, la recta final se recupera. La aventura retoma velocidad y la amenaza de los thaurroks gana presencia. Las últimas partes se leen con mucha más fluidez y consiguen devolver al lector esa sensación de peligro constante que había impulsado tan bien el comienzo.

El desenlace, además, introduce un elemento nuevo de enorme relevancia para la resolución del conflicto. Funciona dentro de la escena, sí. Pero su aparición resulta tan imprevisible que deja la sensación de haber surgido de la nada. La novela ofrece posteriormente una explicación que conecta las piezas y justifica lo sucedido, aunque también plantea una pregunta inevitable: si ha sido necesario explicarlo al final, ¿habría ganado fuerza la historia dejando algunas de esas pistas repartidas a lo largo del camino? Parte del placer de la lectura está, precisamente, en descubrirlas por uno mismo.

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