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S.M el Rey Don Juan Carlos I, al Presidente del Gobierno, D. Adolfo Suárez González 9 de mayo de 1978Congreso

Adolfo Suárez y Juan Carlos I: dos miradas encontradas sobre la Transición

Dos biografías recientes reabren el debate sobre quién impulsó realmente el cambio democrático en España

A principios de 1979 un joven periodista y antiguo militante del PCE advirtió que «nadie parecía interesado en explicar ese curioso fenómeno de la historia española del siglo XX» que consistía en tener, desde hacía dos años y medio, un jefe del Gobierno cuya trayectoria personal se desconocía. El ya desaparecido Gregorio Morán publicó en el otoño de ese año la primera biografía de Adolfo Suárez, un relato inmisericorde con el primer presidente de nuestra democracia. Su Historia de una ambición presentaba el penoso ascenso hasta la Moncloa (previo paso aún por el Palacio de Villamejor, en Castellana, 3) de un perfecto arribista, sin formación ninguna ni, presuntamente, escrúpulos. Sustentado en los reservados testimonios de un buen número de antiguos correligionarios, transformados en buena parte en enemigos, y en el de un promotor tan decisivo como arrepentido, Torcuato Fernández-Miranda, Morán ajustaba cuentas con un episodio que aborrecía, el de Transición, y unos personajes, los protagonistas del cambio (los reformistas del franquismo), que personalmente le repugnaban. Las fintas literarias de entonces las justificó en el necesario adorno formal que requería una ejecutoria mediocre. «La figura de Adolfo Suárez obliga, por la poca entidad del personaje, a valorar a veces más su contexto que a él mismo», dejó escrito.

Taurus (2026). 400 páginas

Adolfo Suárez: La opción más difícil

Juan Francisco Fuentes

Trea (2026). 292 páginas

Juan Carlos I. El personaje: De la Monarquía del 18 de Julio al mito del rey demócrata

Juan Ramón Cerdán Rubio

Pese a su acidez y subjetivismo, cuando su autor presentó en 2009 una edición actualizada y algo suavizada del relato (Ambición y destino), la suya seguía siendo la mejor biografía del personaje. Dejaría de serlo apenas dos años después cuando el historiador Juan Francisco Fuentes firmara su Biografía política del mismo protagonista. Con rigor profesional, equilibrio y un atinado recurso a nuevos archivos (muy en especial el fondo de Eduardo Navarro, el colaborador más estrecho y competente de Suárez durante sus años más cruciales), el hoy miembro de la Real Academia de la Historia resituaba a un político con sus luces y sus sombras. Entre las primeras se contarían el arrojo y la intuición (muy significativo el apuntado «síndrome del estrecho de Ormuz») y entre las segundas, la parquedad intelectual y consecuente volubilidad ideológica y estratégica.

Coincidiendo con el cincuentenario de la elección de Suárez como presidente del Gobierno, Fuentes aborda ahora una versión ligeramente revisada y, más que abreviada, quintaesenciada de su obra. Por tanto, poda parte del relato descriptivo para aquilatar sus interpretaciones del personaje. Con especial acierto, pone el foco en la condición humana y psicología de los grandes protagonistas de la Transición. Presenta así a Torcuato Fernández-Miranda como el arquitecto de la Reforma Política, pese a los intentos de «desnaturalizar» dicha paternidad por parte del propio Suárez; y también como el muñidor de su ascenso presidencial. De hecho, explica en gran medida la deriva posterior suarista a la luz de la ausencia de quien, como el catedrático de Derecho Político, era capaz de facilitar «mapas trazados a gran escala» de lo que políticamente debía hacerse.

Llama la atención que Fuentes siga coincidiendo con Morán en la importancia de una figura preterida por las circunstancias y las deudas contraídas hacia el personaje principal del libro («a nadie le gusta que le recuerden las medallas que ganó con los méritos de los otros»). Resulta así paradójica la reivindicación póstuma de Eduardo Navarro, a quien el historiador equipara al Amiel de Marañón.

La obra, en vez de cerrarse con el anterior «Elogio de la Transición», lo hace ahora con un epílogo dedicado a «La maldición de Tiberio». La visión positiva del periodo permanece, si bien sugiriéndose poco veladamente el giro copernicano acometido por una parte mayoritaria de la historiografía.

A ese giro, desgraciadamente ya muy consolidado, responde el libro de Juan Cerdán: Juan Carlos I. El personaje. La obra, basada en la tesis doctoral del autor, destruye lo que considera un mito «narrativo» contrario a la historiografía científica: «La Transición no fue la obra del Rey; ni de los reformistas procedentes del franquismo, sino que fue un proceso que, en el contexto de crisis del franquismo, la sociedad con su empuje a favor de la democratización, terminó definiendo» (sic). De este modo, don Juan Carlos no habría sido un demócrata inicial y de principios, sino un príncipe educado (y presuntamente convencido) en los fundamentos autoritarios de un régimen que lo designó para darle continuidad. Su evolución resultaría así, según este autor, una aclimatación circunstancial con la que apostó por la estricta supervivencia política. Muy por el contrario, y a su juicio, fue decisivo el «empuje desde abajo» por parte de «sindicatos, partidos políticos clandestinos, asociaciones vecinales y una ciudadanía que ya no se conformaba con medias tintas». Negando su papel como «piloto del cambio», Cerdán caracteriza a «un pasajero privilegiado del mismo».

En esta interpretación que no es tan nueva (¿acaso no encaja con el chalaneo y transformismos acomodaticios omnipresentes en la biografía de Morán firmada en 1979?) se empaqueta el sentimiento del pueblo español de entonces con una valoración cambista en su conjunto y no se acuden a las encuestas del Instituto de la Opinión Pública que fueron respaldando, entre otras, la acción «de la ley a ley» patrocinada por el monarca, esgrimida por Fernández-Miranda y servida por Adolfo Suárez. Es bien cierto que no hubo un dibujo milimétrico de la Transición (la cartografía de Fernández-Miranda, que era también un táctico sobresaliente, estaba diseñada a gran escala), pero no lo es menos que debe seguir contemplándose el proceso desencadenado desde arriba, por un rey que, nada más proclamado, cambió la correlación de fuerzas del franquismo para impulsar el cambio. ¿Por qué motivo entonces consultó D. Juan Carlos a su preceptor sobre las consecuencias de jurar fidelidad a los Principios Fundamentales del Movimiento en 1969? Avizoraba ya otro futuro, mas no deseaba cometer perjurio.

Que a estas alturas se defienda que la Transición la llevaron a cabo las asociaciones de vecinos tiene casi el mismo rigor que afirmar que resultó tutelada por los Estados Unidos (otra tesis del libro). Quizá la mayor grandeza del episodio residió en su carácter doméstico y quizá también el escalpelo analítico más interesante pase por fijar qué acontecimientos provocaron las distintas correcciones del proceso: la imposibilidad de remover a Arias, la necesidad de desplazar a Fernández-Miranda a la presidencia de las Cortes, la promoción presidencial de Adolfo Suárez o la decisión por parte de este de acudir a las primeras elecciones, etc. Como se puede comprobar, todo lo anterior corresponde a una fase de estricta desvinculación de la dictadura con protagonismo de esos aperturistas del franquismo que, a juicio del autor, no creían en la democracia. La obra se detiene morosamente en la narrativa audiovisual presuntamente mitificadora de 1995 (el documental de Victoria Prego para TVE). ¿Acaso ofrece mayor rigor la serie documental 50 años del gran cambio, emitida sin pena ni gloria por RTVE? Hay presuntas desmitificaciones que constituyen mitificaciones en sentido inverso.

En ocasiones uno se pregunta por qué quienes más «desmitifican» el origen de nuestra democracia son los mismos que reivindican la revisión en clave rupturista del pasado y una Segunda República que distó mucho de ser arcádica.