07 de diciembre de 2022

El actor Juan Echanove, director de escena de 'Pan y Toros'

El actor Juan Echanove, director de escena de 'Pan y Toros'GTRES

Crítica

Echanove reivindica la idea de la España liberal en 'Pan y toros'

El debut del popular actor al frente de una de las obras mayores de Barbieri, el gran compositor español, se salda con un notable éxito

Para comenzar a rendirle justo homenaje a Francisco Asenjo Barbieri, una de las máximas figuras de la creación musical española, cuyo bicentenario se conmemorará el año próximo, el Teatro de la Zarzuela ha tenido la feliz idea de programar estos días hasta catorce representaciones de una de sus obras mayores, Pan y toros, acontecimiento que ninguna persona interesada en nuestra historia debería dejar pasar; sobre todo teniendo en cuenta las contadas ocasiones en que esta joya del teatro musical ibérico se programa (hace 21 años desde la última vez que se ofreció en este mismo escenario) con todas las de la ley.
La Zarzuela ha acertado ahora al encargar la nueva producción de este título señero a Juan Echanove, que lleva años cavilando su debut en lides líricas, terreno siempre espinoso pero para el que se encuentra especialmente dotado por tres circunstancias muy favorables: conocimiento, que parte siempre de su rigor en el trabajo; respeto, para afrontar las exigencias particulares de un nuevo reto con las precisas dosis de humildad, y la pasión (me consta) del aficionado que se deja inundar por la música exprimiéndola a fondo hasta convertirla casi en parte inseparable de su piel y de la vida propia.

Gran apuesta

Después de un primer intento frustrado con aquella «Bohème» pucciniana pensada para La Coruña (por razones que ahora no sirven al caso), el enorme talento de uno de los mejores actores españoles se ha puesto finalmente al servicio de una pieza mayor del repertorio lírico español, y la apuesta le ha salido muy bien para ser la primera vez. Llevado por la lógica euforia del instante, incluso ha asegurado estos mismos días que estaría dispuesto a dejarlo todo para dedicarse ya solo a la dirección de obras líricas. Pero sobre este noble deseo quizá haya que decir como Violetta, al final de La Traviata, “É Tardi!!...
Y no porquen a Echanove le falten tablas o virtudes, si no más bien por todo lo contrario. Los grandes hombres de teatro como él, quienes de verdad conocen y dan prestigio a este oficio, no están dotados para una escena lírica en la que para triunfar, ahora mismo, se requiere menos preparación y más osadía para propiciar ese escándalo que suele conllevar el imprescindible pasaporte hacia los encargos importantes en los llamados grandes teatros. En estos tiempos líquidos, si eres director de escena y tu trabajo no logra captar la atención inmediata de los medios envuelto en alguna polémica estéril, pero convenientemente sazonada de ruido y furia, estás muerto. Serás tachado de conservador, «démodée», y condenado a la pira de la provincia, donde varan ilustres ballenas.

Echanove ha preferido hacer como Goya, que supo convertir en arte la crítica, todo lo virulenta y amarga que se quiera, pero sin despeñarse jamás por la fácil pendiente de la vulgaridad

Lo tenía fácil Echanove para haber montado una gorda con este Pan y Toros en la que se enfrentan las dos visiones más tradicionales de España, como Berna González Harbour acaba de recordar en su reciente Goya en el país de los garrotazos (Ed. Arpa). Podía haber optado fácilmente por un enfoque panfletario, reduccionista, cargando las tintas del oportunismo sobre algunos de los asuntos que Barbieri y su libretista, José Picón, denuncian con toda clarividencia en una zarzuela estrenada en 1864 pero de absoluta modernidad en sus planteamientos, recurriendo a fáciles trucos con los que enervar a esa parte del público que siempre suele sublevarse ante cualquier asomo de provocación, casi como un reflejo pavloviano, algo que tan bien saben explotar los habilidosos rastreadores del éxito efímero.
Pero no. En eso Echanove ha preferido hacer como Goya, que supo convertir en arte la crítica, todo lo virulenta y amarga que se quiera, pero sin despeñarse jamás por la fácil pendiente de la vulgaridad, tornando en belleza y enigma el sufrimiento, el horror, la maldad, las injusticias, el catálogo completo de las flaquezas humanas, no para enmascararlos sino todo lo contrario, para exponerlos en toda su imprecisa dimensión como espejo en el que poder reconocernos mejor, hasta apreciar siempre, en cada nueva aproximación, desconocidos y reveladores detalles que, de otro modo, se nos escaparían: ese es, al final, el misterio de toda gran obra artística.

Los valores de la España liberal

Echanove parece partir aquí de uno de sus más célebres caprichos, aquel titulado «El sueño de la razón produce monstruos», para reclamar lo que justamente Barbieri y Picón señalan a lo largo de su creación, sostenida por esa argamasa que define al hombre con sus inevitables dosis de drama y comedia _aunque aquí predomine sobre todo el apunte mordaz, o la comicidad más elocuente, hay sobre todo en el segundo acto un descenso a los abismos del alma que por momentos nos recuerdan al Mozart más sombrío y lúcido. Los valores de la España liberal, ilustrada, moderna y eficiente, esa que defendían Jovellanos y sus partidarios, con Goya aquí a la cabeza, constituyen el motor de la acción, que Echanove ilumina y encamina con brioso pulso a través de su capacidad para señalar, casi siempre sin inútiles subrayados ni sobreactuaciones, a través de una inteligente organización de todo el movimiento escénico, dotado de una rica y extraordinaria fluidez.
Al magnífico resultado de su apuesta contribuye el equipo del que ha sabido rodearse el debutante, desde el elegante vestuario y la precisa escenografía de Ana Garay, reflejado en esa omnipresente plaza de toros convertida en ágora donde más que confrontarse las mejores ideas se fraguan miserables conspiraciones basadas en la defensa de intereses espurios, de la carne al patrimonio, hasta la sutil iluminación que evoca el espectro cromático de los cuadros representados de Goya. Muy apropiado el movimiento coreográfico que ideó Manuela Barro y eficaces las imágenes de Álvaro Luna, que aquí no emborronan ni distraen como tantas veces, otorgan perspectiva y contribuyen a dar sentido al mensaje.

Asegura este maestro que Barbieri no le va a la zaga a Rossini, mayormente en lo que respecta a su extraordinaria vena melódica

Tuvo un cómplice aplicado en García Calvo, convertido en entusiasta defensor del rico patrimonio musical de su país, que él aborda siempre con criterio y buen oficio. Aunque, todo hay que decirlo, algo del refinamiento que el gran Barbieri muestra en esta obra se le escapó ahora a este director. Al principio, hubo algunos nítidos desajustes entre foso y escenario, sobre todo en los números corales, ante los que la habilidad de la batuta mostró empeño, firmeza y decisión para reconducirlos. Pero por el camino, se perdió una parte de esa delicadeza que, sin embargo, supo extraer de los breves interludios de los actos segundo y tercero. Resultó muy eficaz en los acompañamientos, intentando siempre mimar a las voces, como se corresponde con un concertador acreditado. A sus órdenes la Orquesta de la Comunidad aportó brillantez a falta de una mayor clase, con una cuerda necesitada de mayor tersura, un sonido más limpio y redondo. Buen rendimiento del coro, sobre todo de su notable sección femenina. Echanove los puso a todos a trabajar a fondo, como se corresponde con una agrupación profesional.

'Le Comte Ory' con perfume ibérico

Asegura este maestro que Barbieri no le va a la zaga a Rossini, mayormente en lo que respecta a su extraordinaria vena melódica. La ambición de este estupendo compositor por conjugar un estilo europeo con la rica tradición popular hispana de tiranas, seguidillas, boleros, fandangos, … escapa a cualquier comparación. Es sobre todo un músico intuitivo, dotado de un gran oído, que acierta a integrar los mejor de la ópera seria y cómica de su tiempo, en lo referido a las estructuras, con una rica personalidad propia que se nutre de su hondo conocimiento de la música española. Resulta un avezado belcantista, como se aprecia en los números de conjunto y en el tratamiento de las voces en los números individuales. Es cierto que en el acto tercero, y con la puesta en escena de Echanove, se puede evocar Le Comte Ory rossiniano, pero siempre dotado de un reconocible perfume ibérico.
Desde que un descendiente de Barbieri, el inefable Raúl Asenjo, se encargara de asesorar a la dirección artística en materia de voces para conformar los repartos, los de La Zarzuela han experimentado una notable mejoría. Ahora parece haber incluso un mayor interés por reclutar a los mejores cantantes españoles, no siempre disponibles para este repertorio. La ópera suele interesarles más por una cuestión de prestigio y porque en el circuito internacional no se triunfa con El barberillo de Lavapiés, aunque algunos teatros se lo pierdan.

Pedro Mari Sánchez no canta, pero sería casi imposible encontrar a un cantante que otorgase a las partes habladas la prestancia y el empaque que él le confiere al fundamental rol del Corregidor

En este Pan y toros ha habido un poco de todo pero el conjunto, que es lo relevante, ha resultado disfrutable, primordialmente en su parte femenina. Las más aplaudidas al final ya lo fueron en el célebre dúo de doña Pepita y la Princesa, la soprano Yolanda Auyanet y la mezzo Carol García, magníficas ambas, desenvueltas en escena y en buena forma vocal. Dos estupendas cantantes «de la casa», ya casi históricas por su constante vinculación con el género, Milagros Martín y María Rodríguez, dieron justo relieve a sus cometidos.
En la parte masculina hubo más sombras, porque si bien el resultado general no desmereció, sí se habría alcanzado un triunfo más rotundo de haber estado mejor servido. Lo que se pierde por un lado se gana por otro, casi siempre es así. Las noches históricas son eso: únicas, excepcionales, irrepetibles. Pedro Mari Sánchez evidentemente no canta, hace lo que puede, pero en cambio sería casi imposible encontrar a un cantante que otorgase a las partes habladas la prestancia, la elocuencia, el empaque que él le confiere al fundamental rol del Corregidor. El inclasificable Enrique Viana mantiene su óptima proyección aunque la voz suene ya gastada, con ese timbre pobre, desguarnecido; pero su vis cómica es innegable. Tiene personalidad, engancha y forma ya parte casi del patrimonio de este teatro. Además el público le adora.

No todo es Verdi o Wagner

Entre los tres barítonos convocados, Borja Quiza, Gerardo Gullón y Carlos Daza, el más destacado fue el segundo. Echanove confiere a Goya un protagonismo esencial, como eje de la acción, y Gullón posee tablas de sobra para cumplir su encargo. De los tres es el que posee una voz más asentada e interesante; atesora cualidades para convertirse en un artista de mucho mayor fuste, un barítono de raza, con uno de esos instrumentos sólidos, reconocibles, capaces de emocionar. Solo le falta quererlo (no digo creérselo, eso lo intuye). Su Goya resulta algo envarado, quizá siguiendo las indicaciones de Echanove de presentar al artista como un hombre preocupado y comprometido con el futuro de su país, ensimismado, torturado. La parte más conocida, por otra parte, del genial creador maño.
La otra cara la ofrece el Capitán Peñaranda, un hombre de acción que se corresponde muy bien con el talante intrépido y las virtudes profesionales de Borja Quiza, buen cantante y excelente actor. Quien lo conozca desde los inicios de su carrera sabe lo que es capaz de ofrecer, porque siempre mostró la misma seguridad, idéntico aplomo sobre las tablas a partir del primer día. Es un típico animal de escena, destinado a una carrera interesante pero no importante porque los recursos vocales tienen sus limitaciones, de lo contrario estaríamos hablando de un grande, algo reservado solo para unos pocos elegidos entre los que él no se encuentra. Lo que no le impide desarrollar una magnífica carrera en la que todavía tiene muchas cosas que aportar. Afortunadamente no todo es Verdi o Wagner, aunque algunos lo crean así. Queda mucha vida ahí fuera, y al él, por ejemplo, le aguarda un próximo gran reto en el Teatro Real con «Nixon en China». Será Kissinger, nada menos, en la ópera de John Adams, una de las citas más relevantes de la presente temporada.

Para quienes creen que la pólvora es invento del otro día, nada mejor que la conclusión de esta magnífica zarzuela, con la solemne aparición de Jovellanos

Daza es un barítono de noble pasta, con buena dicción y color adecuado que ha tenido poca suerte hasta ahora. Aquí luce poco en el molde del histórico torero Pepe-hillo porque el empeño tiene corto recorrido, que él resuelve más que sobrado; lo cual indica que debería contarse con sus servicios más menudo y para empeños de mayor relevancia.
Para quienes creen que la pólvora es invento del otro día, nada mejor que la conclusión de esta magnífica zarzuela, con la solemne aparición de Jovellanos, como un Deus-ex machina, recién nombrado ministro de efímero mandato, para exclamar: «Hoy la Paz se necesita, pero el trueno del cañón nos anuncie una invasión y una guerra de conquista». ¿Putin o Zelenski? Todo depende. El intelectual asturiano exhortaba de esta manera al pueblo español a defenderse con bravura ante el acoso francés. Y no hace falta vestir al personaje de astronauta. Las cuitas, desazones e intereses de los hombres han sido en toda época los mismos.
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