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César Wonenburger
Historias de la músicaCésar Wonenburger

El martirio de los guitarreros

Comienzan a escucharse voces autorizadas, como la del director Riccardo Muti, que piden al nuevo Papa el regreso a las iglesias de la música sacra, tal como defendía Ratzinger, frente al actual dominio de los «aporreadores»

El Papa Benedicto XVI y el Papa León XIV

El Papa Benedicto XVI y el Papa León XIVGTRES

Benedicto XVI fue el último Papa que creyó verdaderamente en el poder transformador de la música. De momento. Porque Riccardo Muti, el gran director italiano, acaba de declarar estos días que tiene motivos para pensar que, con el nuevo sumo pontífice, la música sacra retornará a la Iglesia.

Como buen agustiniano, aguarda que León XIV tenga presentes dos de los preceptos más conocidos del autor de las Confesiones: Cantare amantis est (Cantar es propio de quien ama) y Bis orat qui cantat (Quien canta, reza dos veces).

Ratzinger, siempre que tenía ocasión, solía repetir la anécdota de Paule Claudel. El escritor francés vivía inmerso en un combate incesante, complejo para él, entre la admiración por el progreso de la ciencia, que a menudo comprometía su sentimiento religioso, y la Fe.

Hasta que una Nochebuena, mientras asistía a una ceremonia religiosa en la catedral de Notre-Dame, Claudel no pudo más que sucumbir ante la poderosa revelación que le produjo la escucha del Magnificat de J. S. Bach. «En ese momento, entiendo el evento que domina toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí», escribió el autor de El zapato raso.

En su compatriota Bach, el purpurado alemán apreciaba al «espléndido arquitecto de la música, que usa de un modo inigualable el contrapunto, un arquitecto guiado por un tenaz espíritu de geometrías, símbolo de orden y sabiduría, reflejo de Dios y, de este modo, la realidad se convierte en música en el sentido más elevado y puro, belleza resplandeciente».

Pero una conversión como la de Claudel, a través del cantor de Leipzig, difícilmente podría verificarse estos días, al menos no de ese modo, cuando en las iglesias rara vez, como parte de la liturgia, se interpretan sus obras o las de otros imprescindibles creadores como Palestrina, Victoria o Bruckner.

Las mismas que, de acuerdo con el mensaje de Benedicto XVI, encierran «el misterio de la belleza infinita y hacen experimentar la presencia de Dios de una manera mucho más viva y verdadera de lo que podrían hacernos sentir muchas homilías».

Ahora, en los templos, ocurre más a menudo lo que el director emérito de la Sinfónica de Chicago (por cierto, la ciudad del Papa Prèvost) denuncia sin adornos: ahí «reinan soberanos los aporreadores (de instrumentos) y textos vergonzantes».

Muti se refiere a la proliferación de improvisados guitarristas y voces inadecuadas, al servicio de estribillos de una simpleza (que no sencillez) ramplona, a ratos bochornosos. Y recalca: «Los grandes santos de la cristiandad iban al martirio cantando, no aporreando», según ha manifestado en un medio italiano.

Estas fórmulas pretendidamente novedosas, que tantas veces convierten las misas en rancios remedos de conciertos pop, nada tendrían que ver con la «realidad de rango teológico» a la que responden las composiciones sacras de Händel o Mozart.

Pues, como proclamaba Ratzinger, estas últimas constituyen «algo único, que no tiene igual en otras culturas» por su extraordinaria capacidad para hablarle, a través de una expresión íntima, clara, sin filtros, a los corazones de las personas hasta comunicarles nuevas dimensiones de la realidad, esas que resultan inaprensibles aún en el más elocuente de los discursos.

El lenguaje misterioso de la verdadera música ofrece a la experiencia humana del amor y del dolor una respuesta que trasciende cualquier fórmula, hasta elevarse sobre la palabra y sus limitados códigos para propiciar, a través del contacto con lo más hermoso, el diálogo directo con la Divinidad.

Por eso, a Riccardo Muti, el nombramiento del Papa León le ha complacido «muchísimo». «Me ha hecho pensar bien en el retorno de la música sacra a la iglesia», porque durante la etapa de Bergoglio «los conciertos en el Vaticano prácticamente desaparecieron. Los últimos fueron con Benedicto XVI. No se ha hecho nada por recuperar la gran música sacra del renacimiento y gregoriana en las iglesias. No creo ser el único fiel que en la iglesia prefería escuchar Palestrina, Monteverdi, Luca Marenzio, Gesualdo da Venosa…».

O Mozart, el preferido de Benedicto XVI, algunas de cuyas piezas interpretaba al piano con cierta asiduidad, hasta sus últimos instantes. Su pasión por el compositor salzburgués se encauzó a partir del sonido de las primeras notas de su Misa de la Coronación: «Hacían que el cielo casi se abriera y se experimentara de manera muy profunda la presencia del Señor», según dejó anotado.

La música, para Ratzinger, cobraba su significado más relevante cuando hundía ciertamente sus raíces en la liturgia, «en el encuentro con Dios».

Como le ocurría al escuchar otra de sus composiciones de cabecera, el Réquiem mozartiano, una creación que «nos conduce, al mismo tiempo, a amar intensamente las cosas de la vida terrenal como los dones de Dios y a elevarse sobre ellas, mirando serenamente la muerte como la ‘llave’ para cruzar la puerta hacia la felicidad eterna».

El regreso de la gran música a los templos no parece algo perentorio, y seguramente tenga mucho que ver en ello la honda crisis de la espiritualidad. Pero al menos, Riccardo Muti tiene la esperanza de que San Agustín consiga iluminar a uno de sus más señalados discípulos actuales. Habrá que esperar.

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