José y Ricardo, amigos en Dios y la música
El director Riccardo Muti recibirá el Premio Ratzinger, el denominado Premio Nobel de la Teología, seguramente consecuencia de la estrecha amistad que unió al maestro y al desaparecido Papa alemán a través una sólida pasión compartida
Riccardo Muti durante el Concierto de Año Nuevo de Viena en 2025
Dos viejos amigos hablando de música, un acuerdo productivo, iluminador y entrañable. En más de una ocasión, mientras vivió, Benedicto XVI pudo dedicarle unos instantes de su valioso tiempo a compartir puntos de vista y experiencias sobre la mutua pasión compartida con uno de sus directores predilectos, Riccardo Muti.
Por eso, quizá, el galardón que cultiva la fundación del pontífice alemán ha recaído, este año, en el músico italiano. El Premio Ratzinger, popularmente conocido como el «Premio Nobel de la Teología», establecido a su hora para destacar contribuciones relevantes en los ámbitos de la teología, filosofía y las artes, ha distinguido por primera vez a un auténtico maestro.
La decisión puede tener que ver con los personales intereses del nuevo Papa León XIV, por una parte, muy vinculado con Chicago (Muti es el director emérito de la prestigiosa sinfónica de esta ciudad), y a la vez interesado por todo lo que representa la cultura, como acaba de demostrar estos días en su reciente encuentro con representantes del mundo del cine.
Cuando el Papa Prevost resultó designado, Muti ya expresó públicamente su deseo de que la música retornara a las iglesias, algo que, en su opinión, no ocurría con el anterior, Bergoglio, y en cambio sí se había verificado, con su propio ejemplo, a través de Ratzinger.
Hace unas semanas, el octogenario director dijo que siendo León XIV agustiniano aguardaba que tuviera muy presentes durante su apostolado dos de los preceptos más conocidos del autor de las Confesiones: ‘Cantare amantis est’ («Cantar es propio de quien ama») y ‘Bis orat qui cantat’ («Quien canta, reza dos veces»).
«Fuente de enriquecimiento para los hombres»
En el anuncio del premio que concede la Fundación Ratzinger se destaca, esta vez, «el inmenso valor del arte del maestro Muti, universalmente reconocido, del que incluso Benedicto XVI se consideraba un sincero admirador». A lo que el director respondió con elegancia: «Siempre he seguido y admirado profundamente al Papa Benedicto XVI, cuyos pensamientos, reflexiones y meditaciones han sido y serán una fuente de enriquecimiento para los hombres y mujeres de buena voluntad».
La distinción se entregará la próxima semana (este viernes), en el Vaticano, durante una ceremonia en la que Riccardo Muti se encargará de dirigir el tradicional concierto navideño que se celebra cada año en la sala de Pablo VI. El acto servirá «para rendirle homenaje a los logros excepcionales del maestro», según los organizadores, «pero será también una oportunidad para recordar con gratitud y emoción su personal amistad y cultural y espiritual conexión con el inolvidable papa Benedicto».
Ratzinger era un reconocido devoto, entre otros, de J.S. Bach y defendía razonadamente que la música de Palestrina, Victoria, Mozart o Bruckner debía volver a ocupar un lugar central en las celebraciones religiosas, ya que sus obras de este género reúnen «el misterio de la belleza infinita y hacen experimentar la presencia de Dios de una manera mucho más viva y verdadera de lo que podrían hacernos sentir muchas homilías».
En un pensamiento compartido también por Muti, sostenía que la singularidad de sus obras surgidas en el ámbito de la fe cristiana las convierte «en una realidad de rango teológico» que «no puede desaparecer de la liturgia». En los salmos «a los hombres no les basta solo con el canto y se apela a todos los instrumentos».
Cuando Joseph Ratzinger recibió su doble Doctorado honoris causa por la Pontificia Universidad Juan Pablo II y la Academia de Música de Cracovia (Polonia), evocó en su discurso «el poder transformador de la música para aproximarse al verdadero creador del mundo». Para él, los sonidos adquirían «su significado más relevante cuando hundían sus raíces en la liturgia, en el encuentro con Dios».
Conversaciones sobre Mozart y la divinidad
Resulta natural imaginarse que durante sus encuentros privados con Muti hablarían, además, de W. A. Mozart, el favorito del italiano, con permiso de su adorado Verdi. El religioso le referiría seguramente su temprana vocación mozartiana, autor de cabecera cuyas obras interpretaba al piano con cierta asiduidad hasta sus últimos instantes. Quién sabe si en algunas de esas ocasiones hasta llegarían a tocarlo juntos, a cuatro manos.
Esa inclinación por el salzburgués surgiría en él a partir de una primera audición de su Misa de la Coronación, cuyas notas iniciales «hacían que el cielo casi se abriera y se experimentara de manera muy profunda la presencia del Señor», según anotó Ratzinger.
Aunque luego prefiriese sobre todas, otra partitura que el propio Muti ha interpretado en numerosas ocasiones, su Réquiem, aquel que «nos conduce, al mismo tiempo, a amar intensamente las cosas de la vida terrenal como los dones de Dios y a elevarse sobre ellas, mirando serenamente la muerte como la ‘llave’ para cruzar la puerta hacia la felicidad eterna». Esa última de la que, a buen seguro, en este preciso instante, se encuentra ya disfrutando, en compañía de sus mejores amistades y queridos familiares, Alfonso Ussía.