Un Buda de musical para una nueva Pasión
La Orquesta Nacional acaba de estrenar en España la «Buddha Passion» de Tan Dun, el reconocido compositor que ganó un Oscar y se encargó de la música de los Juegos Olímpicos de Pekín
Tan Dun recoge la ovación del público
Tan Dun es uno de los escasos compositores contemporáneos cuyas obras han alcanzado un cierto grado de popularidad. Si eso fuera posible en el ámbito limitado de la llamada música clásica. Aunque dicha notoriedad le ha llegado sobre todo a través de sus trabajos para el cine (con la banda sonora de la estupenda «Tigre y dragón» ganó el Oscar) y encargos relevantes como la parte musical de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos, celebrados en Pekín.
En la ópera, también algunas de sus piezas mayores como «Marco Polo» o «El primer emperador» han llegado a un público quizá más amplio que aquel que habitualmente suele gozar con los estrenos. La última, por ejemplo, se ofreció en el Metropolitan neoyorquino con todos los ingredientes de un acontecimiento mundial, comenzando por un reparto importante en el que se le reservó a Plácido Domingo el papel del protagonista (de la dirección escénica se ocupó, además, un fantástico realizador, Zhan Yimou; aunque ahora parezca un poco olvidado, sus inicios fueron muy interesantes, recuérdese «La linterna roja»).
Dun nació en China, donde dio sus primeros pasos musicales antes de marcharse a Norteamérica para ampliar sus estudios en la Univerisdad de Columbia, y establecer su principal residencia en este país, que siempre ha acogido el genuino talento extranjero con una mezcla de curiosidad, interés, generosidad y entusiasmo, incluso hoy. El compositor aprovechó esta oportunidad para proponer, a partir de ahí, unas creaciones de reconocido estilo «internacional» que fomentan el mestizaje entre distintos lenguajes, procedimientos y sensibilidades, promoviendo un diálogo cultural entre Occidente y Oriente.
Así que que cuando el recientemente fallecido, gran bachiano, Helmuth Rilling decidió encargar a varios compositores actuales la posibilidad de entregar modernas versiones de las pasiones inspiradas en los autores del Nuevo Testamento, pensara en Tan Dun para la que luego sería su «Pasión del agua, según san Mateo», de 2012. En aquella primera aproximación, el autor aportó sus sólidos conocimientos de la música china en particular, con su tradición e instrumentos, al esquema básico de la historia cristiana.
Buda y Bach
Pero entonces debió picarle ya la curiosidad de ir un paso más allá para propiciar, basado en el marco ideal de lo que serían las pasiones de Bach, la integración musical de elementos orientales con otros occidentales pero en nuevo discurso narrativo más próximo a sus propios orígenes e intereses personales, mediante la experiencia de Buda. El camino hacia esta nueva aproximación a las pasiones halló su punto de inflexión en el viaje que Dun realizó, por esa misma época, a un enclave esencial de la llamada Ruta de la Seda, la ciudad antigua de Dunhuang.
Como los peregrinos que caen hechizados ante los instrumentos musicales que el maestro Mateo esculpió en el Pórtico de la Gloria de la catedral compostelana, de un modo parecido, el creador chino se maravilló con los murales que pudo apreciar en las cuevas remotas excavadas en Mogao, de cuyas imágenes incrustadas en la piedra alcanzó a identificar cientos de instrumentos, la mayoría olvidados, algunos de los cuales se propondría replicar para su siguiente gran proyecto.
Con el rescate de milenarios sonidos orientales y las enseñanzas derivadas del budismo, Tan Dun terminaría tejiendo, tras encargarse él mismo de la música y el texto, su más reciente «Buddha Passion» («La pasión de Buda»), estrenada en 2018, en Dresde, y que este fin de semana se ha escuchado por primera vez, en España, como parte de la magnífica temporada de la Orquesta Nacional, bajo la batuta del propio autor.
Tanto el conjunto (con magníficas contribuciones de la percusión y metales) y el coro, muy bien preparado por García Cañamero, realizaron un estupendo trabajo a las órdenes del director, de gesto flexible y elocuente, tan alejado de otros compositores-directores como Penderecki o Halffter, más mecánicos y parcos en la expresión. Hubo también buenos solistas, de manera particular la soprano Candice Chung, de voz poderosa y timbre seductor.
Un riff de Frank Zappa
Lo primero que a mí me sugirió durante esta audición en directo (como antes a través de las grabaciones) es esa suerte de eclecticismo, desprovisto de prejuicios, que ya se encuentra, por ejemplo, en las creaciones musicales (muchos menos interpretadas de lo que sería deseable) del gran Friedrich Gulda, donde el sonido de una big band a lo Glenn Miller convive con un evocador «ranz des vaches», mientras a un apunte de Richard Strauss le sigue un riff de Frank Zappa sin olvidarse nunca de Mozart.
El pianista austriaco pretendía sobre todo entretener y lo lograba mediante piezas amables (como su «Sinfonía en sol») que se nutrían de todos sus intereses, de Bach al jazz, propiciando un jovial viaje entre la vieja Europa y los sonidos del nuevo continente. Sin mayores pretensiones, suscitaba en el oyente una sonrisa, una leve agitación, desde luego mucho más de lo que otros pedantes obtendrán a lo largo de sus vidas con sus sesudas propuestas caídas en el vacío.
Tan Dun se propone algo similar, pero su puente se ramifica y amplía para llegar hasta Asia como verdadero punto de partida. Ya Racine, en el prefacio de su «Berenice», estableció para el teatro una máxima que tuvo numerosos adeptos: «La regla principal es gustar y emocionar». Por la ruidosa, en un sentido positivo, reacción del público, creo que el compositor logra aquí, con una obra que podría fácilmente representarse (¿no se ha hecho con «Einstein on the beach?»), al menos lo primero.
Ese exotismo postal
Su personal sincretismo sin tregua resulta animado, elocuente y ciertamente audaz, sin estridencias. Conviven en su obra las formas y sonidos de la música china con el musical norteamericano (la intervención, amplificada, de la soprano Candice Chung, al final del quinto acto, nos transporta directamente a Broadway), del mismo modo que en otros momentos podríamos situarnos en el ambiente de ese exotismo de postal tan caro a Puccini, aunque sin la genial habilidad orquestadora ni mucho menos la riqueza y seducción melódica del italiano.
Quizá a Dun se la vaya un poco la mano añadiendo elementos, como la aparición de la bailarina (tendría más sentido durante una representación) o el concurso del cantante tradicional chino Lau Chun Ho, que sorprende con su expresión gutural. Son detalles, como el empleo del agua, que se suman o van acumulando para configurar ese aspecto, a ratos, decididamente circense de la larga partitura, dispuestos para la sorpresa más que con fines de apuntalar su más bien precario, o inocente, mensaje.
Porque de pasión, lo que se dice pasión como las que concibió Bach, aquí se aprecia muy poco. Falla más que la emoción, inexistente, ese sentido hondo de la trascendencia, la conmoción que aparece reflejada de un modo inimitable en la música del cantor de Leipzig. Y tiene que ser necesariamente así, porque el material de partida, y seguramente las intenciones, son otras distintas. La música del alemán surge para elevarnos a través de la experiencia que en cada uno pueda suscitar la propia historia narrada, los hechos que marcan la vida de Jesús y, de modo muy particular, su calvario.
Estas frases pilladas como al azar sobre el hombre Buda que, expuestas así, suenan parecidas a los discursos de los maestros del kung fu en las pelis de Tarantino, asociadas también a ciertos memes, carecen de otra dimensión superior, la de esa profunda espiritualidad a la que la música le añade fuerza, hondura, emoción, como ocurre en «La pasión según Mateo».
En la senda virtuosa de Buda apenas se aprecia drama. Justo lo que la convierte, enmarcada por la música animosa de Dun, en una pieza cercana de inapelable éxito, posiblemente dispuesta a saciar el apetito de diversión fútil, junto a un par de expresiones aparentemente hondas (lo son, pero quizá en otro contexto), que deben funcionar a las mil maravillas en estos tiempos propicios a una superficialidad revestida con el falso oropel de verdades dichas a medias, porque en realidad nadie aspira a conocerse en serio: ahí resultaría el auténtico drama.