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La batalla cultural, la auténtica prioridad nacional

Las fuerzas progresistas se aseguran el futuro cultivando al futuro electorado, mientras una joven pintora española triunfa en el mundo con sus retratos tradicionales y a Meloni empiezan a temblarle las piernas como apuntan sus más recientes titubeos

Manifestación de jóvenes

Manifestación de jóvenesEFE

Prospera ese optimismo de los bien informados que consiste en afirmar que el mundo es una porquería, como en el tango, y que lo mejor que podría ocurrirnos es que otro meteorito, o un planeta entero, como sucede al final de la inquietantemente bella Melancolía, se estampe cuanto antes contra el planeta, reduciéndolo a escombros.

Aunque lo cierto sea que nunca se había experimentado una mayor riqueza y bienestar material. Mejor o peor distribuidos, pero en cualquier caso lo suficiente para asegurar unos mínimos que han convertido espantosas hambrunas de épocas aún recientes en un problema superado, o casi, porque, aunque el progreso económico resulta innegable, se puede y debe hacer mucho más.

Hasta los desgraciados que alcanzan hoy las costas de la civilización mediterránea, nada más desembarcar de los cayucos, avisan a sus familias de que la arriesgada travesía ha sido un éxito a través de sus propios teléfonos móviles. E inmediatamente les tranquilizan. En cuanto reciban la primera ayuda de ese pródigo estado amigo que sablea sin piedad a sus súbditos con impuestos que apenas les dejan una triste calderilla a los suyos, para poder asistir a los inesperados visitantes, les enviarán una parte a ellos.

Salvamento Marítimo ha rescatado varios cayucos en El Hierro esta semana

Varios cayucos en El HierroEfe

En realidad, piensan estos, lo que se les entrega no es ninguna dádiva o caridad, sino el modo en el que los países desarrollados aliviarían de modo retroactivo sus conciencias por antiguos abusos cometidos en contra de sus antepasados, durante el esplendor de las colonias, en el caso de naciones vecinas, o virreinatos en el que nos toca más cerca.

¿Pero cuántos siglos tendrán que pasar aún para que se salde esa supuesta deuda? ¿Dónde se encuentra el límite de lo que los herederos de aquellos presuntos ávidos conquistadores que se llevaban las materias primas de sus nuevos súbditos a cambio de mostrarles el acceso a las maravillas de la cultura europea, de sus hermosas lenguas, imaginativos artistas, lúcidos filósofos y bienintencionados clérigos tendrán que seguir aportando como reparación, hasta renunciar a unas clases más de pilates subvencionado?

No hay plazo que valga. No se trata de ninguna reparación histórica, sino de cumplir con aquello en lo que uno cree en el momento oportuno. Y en eso, el cristianismo verdadero, el que emana diáfano de las escrituras que recogen los testimonios del hijo de Dios, no admite demasiadas interpretaciones o circunloquios en su desnuda, directa y poética verdad.

«Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me curasteis; en la cárcel, y me visitasteis» (Mateo 25: 34-35).

Lo cual no hace más que situar a unos y otros frente al espejo de sus particulares contradicciones, resultado en todos los casos de convenientes cálculos electoralistas.

San Mateo, apóstol y evangelista

San Mateo, apóstol y evangelista

Quienes prefieren obviar el claro mensaje de quien predicó «guardaos de toda avaricia», hasta escoger solo el engañoso camino de la simulación de una fe acomodaticia, quizá recojan beneficios temporales que les permitan cosechar algún éxito inmediato; al menos hasta que se pruebe que los grandes problemas exigen soluciones complejas. No entienden de varitas mágicas. Como aseguraba Cirlot, «no debe confundirse unidad con simplicidad. No existe nada que sea simple».

Claro que, por el otro lado, la impostura resulta mucho peor, pues se basaría en una consideración tremenda que muestra otra vez la falta de escrúpulos de esos dirigentes que promueven otra vuelta de tuerca a los discursos populistas.

El travestismo intelectual de esta gente no conoce límites. Hoy se fingen, de visita en Puerto Rico, defensores del español en EE UU por atizarle a Trump cobardemente, sin nombrarlo. Y por estos mismos días, también, invocan las propias enseñanzas de Cristo, nada menos, para señalar las incoherencias de sus rivales políticos («estos falsos cristianos que no son capaces de atender a los más débiles», proclaman con vocación farisaica).

Por supuesto, no han reparado ni un solo instante en el genuino significado del mensaje de Jesús, sino para emplearlo como arma arrojadiza contra sus rivales. Y pretenden erigirse en salvadores morales de esas personas a los que solo aspiran a utilizar para sus propios intereses. A los migrantes les reservan el lugar de aquellos antiguos esclavos a los que, en algunos países, se les otorgaba la libertad con la condición de enrolarlos en el ejército para las guerras que tocaran. Carne de cañón.

Inmigrantes haciendo cola en Zaragoza

Inmigrantes haciendo cola en ZaragozaEFE

A corto plazo, los mensajes contrarios a la migración, sin matices, podrán calar de manera efectiva. Pero hay quien trabaja con un plazo mayor, e intenciones más perversas, pendiente del movimiento del péndulo que nunca se detiene. Volverán (todavía no se han ido, pero ya proyectan el retorno).

Ni el tiempo ni los números dan para modificar hoy la legislación, como desearían, y enrolar de modo perentorio a los beneficiarios de medidas oportunistas (más o menos justas, eso aquí es lo de menos) para la causa de sus patrocinadores, mediante la práctica compra del voto.

Pero la apuesta esencial no persigue resultados inmediatos. Consiste en sembrar en las conciencias de esta gente, y casi hasta en sus mismos genes, un sentimiento permanente de deuda con su infinita gratitud que, cuando llegue el momento, en un futuro no tan lejano, logre germinar a lo grande, como esas células durmientes de los comandos yihadistas que aguardan por décadas el momento preciso de servir a sus amos, en el instante de devolver la gracia.

Por eso la auténtica prioridad nacional no es la posibilidad de permitir el acceso, en primer lugar, a esta u otra ayuda pública, sino liderar la batalla cultural que procure no dejar en manos desaprensivas la configuración del pensamiento único, las sensibilidades y los afectos de esos nuevos ejércitos que inevitablemente ya están aquí, de manera que en cuanto los convoquen a filas sepan situarse «en el lado correcto de la historia».

Estigmatizarlos sin más solo los empujará rápidamente a dejarse caer en brazos de esos mercachifles de la ingeniería social que desea conquistarlos, a ellos y a sus descendientes, de un modo más sutil de lo que se hizo con sus antepasados, hasta convertirlos en miembros de pleno derecho de una futura república socialista (para entonces, quizá los más listos ya habrán huido al norte con sus papeles en regla). Discriminar también consiste en reconocer que no todos ellos son forajidos. Un comienzo.

Los jóvenes se liberan de la tiranía vanguardista

«El abismo entre ricos y pobres se agranda diariamente, creando poblaciones ghetto-colonizadas permanentes. El declive del crecimiento económico crea una crisis en el capitalismo, que a corto plazo nos llevará a un régimen autoritario y a una América nueva en la que, con horror, cada uno de nosotros esperará, mientras aporrean la puerta al morir la noche, el golpe fatal del knut en la nuca».

El anterior párrafo entrecomillado podría ser el extracto de un discurso del veterano radical Bernie Sanders a las masas demócratas actuales, cualquiera de estos días. La pesadilla fascista ya está aquí, anuncian. Pero no. Pertenecen estas líneas a aquellas crónicas mundanas de los 70 que el añorado Tom Wolfe reunió, luego, en un volumen muy entretenido, bajo el revelador título de «Los años del desmadre», y que me ha salido al encuentro en una de esas librerías madrileñas de verdad, donde aún se prefiere lo bueno frente a lo novedoso.

Medio siglo más tarde habría que recurrir al clásico de Julio Iglesias para afirmar, poco más o menos, que «la vida sigue (o seguiría) igual», en consonancia con el texto aquí recogido del autor de «La hoguera de las vanidades». Pues del presente se sostienen cosas muy parecidas.

En la muy recomendable nueva serie American Classic de Amazon Prime (a veces parecen confundirse y hasta aciertan al proponer cosas interesantes), Kevin Kline, un viejo actor de éxito, cuyas últimas críticas en Broadway para su Rey Lear recomiendan ya una digna retirada, parece recobrar inesperados bríos, una nueva ilusión en el retorno al recóndito terruño, el teatro hoy reconvertido en restaurante de sus padres, donde primero se forjó su destino, allá en el querido pueblito.

El maravilloso Kline se reúne con su adorable e inteligente sobrina, una chica preocupada por el ecologismo y otras causas igualmente prestigiosas entre maestros, funcionarias del ministerio de Igualdad, cantautores y aspirantes a seductor. Ella lo adora, aprecia en él el ideal reflejo de sus mismas aspiraciones: desea ser actriz antes que ingresar en Princeton, para estudiar alguna carrera que le proporcione esa cierta seguridad que aún otorga el acceso a postineras instituciones educativas.

Tom Wolfe

Tom Wolfe

La joven vive lógicamente angustiada con las dificultades de perseguir su sueño y por el futuro de las ballenas, claro. El mundo le parece un asco, un duelo al sol crepuscular entre el egoísmo, el sinsentido y la violencia de sus caóticos habitantes.

Ante lo cual, su pariente boomer le viene a decir lo que Wolfe ya apuntaba en su reportaje setentero. Tampoco para él la vida resultó fácil a su misma edad: persistían las tensiones raciales, había manifestaciones diarias de todo tipo, en Vietnam morían a chorros algunos de los más promisorios miembros de su generación y, en cuestión de puntería, los magnicidas resultaban más certeros que los de hoy.

Pero con todo y que en nuestro tiempo los logros materiales son inequívocamente mayores, y aunque ciertamente tampoco se correspondan con un sentido espiritual más hondo, ni un mayor aprecio de la cultura, sino todo lo contrario, hay ciertos signos esperanzadores sobre el futuro que tienen como protagonistas a los jóvenes.

Por ejemplo, los chicos que pretendan hoy encauzar sus inquietudes en el arte ya no tendrán que lidiar con ciertos venerables santurrones de la vanguardia, que hasta hace nada prescribían lo que se podía hacer y cómo en aras del «progreso».

Persona escribiendo

Persona escribiendoPexels

Es cierto que en la literatura lo llevan más crudo, porque las grandes editoriales se han entregado sin demasiada tristeza al imperio de esa nueva inquisición de lo políticamente correcto que obliga a los nuevos autores, por ejemplo, a someterse a los dogmas de los «asesores de sensibilidad», contratados al efecto para evitarles disgustos con los canceladores habituales, esa plaga que acecha en cada rincón de las redes sociales.

Pero al menos en la música ya puede volverse a la melodía sin solicitar perdón, y en las artes visuales regresa con cierta fuerza esa antigualla del figurativismo, que tantas alegrías nos ha proporcionado a quienes aún admiramos al que realmente sabe dibujar.

El New York Times acaba de llevar a sus primeras páginas, esta semana, a la joven pintora española Nieves González, de 29 años, que se hizo famosa tras concebir un retrato de la cantante pop Lilly Allen para su más reciente disco.

El cuadro de la artista granadina, que en los albores de su proceso técnico se sirve de la Inteligencia Artificial (no todo es negativo con el cacharro), pinta de maravilla, y su cuadro para la portada del trabajo de Allen cuelga ya de una de las estancias de la National Portrait Gallery londinense, la misma que alberga a David Hockney.

Lo más común sería que esta chica hubiera triunfado adhiriendo un pepinillo a las paredes de otro museo londinense, el Tate Modern, con la consiguiente delirante leyenda sobre alguna inaplazable denuncia del heteropatriarcado. Pero no. El talento de González se mide ahora con el retrato contemporáneo de Shakespeare o el clásico que John Collier realizó de Charles Darwin. Y le llueven los encargos. Qué maravilla.

A Meloni le tiemblan las piernas

El poder solo desgasta a aquellos que no lo poseen. Pero a quienes lo han alcanzado de un modo quizá inesperado, y democrático, también los habita una inapelable angustia.

Si no aciertan pronto, lo cual resulta hasta metafísicamente imposible, porque corregir el rumbo errado quizá durante décadas exige paciencia, tiempo y sacrificios, el jugador del casino popular elegirá, sin dudarlo, cambiar su apuesta ya en la inmediata jugada. Del todo al negro se pasará al rojo sin pestañear, en cuanto perciba que la suerte a la que había confiado su bienestar se le muestra, una vez más, infiel.

Meloni tiene el mismo problema que Putin o Xi Jing Ping: la inflación ahoga estos días cualquier subida salarial mientras las diferencias entre los megáricos y la plebe se agudizan por una simple razón práctica: solo es posible hacer más dinero si ya se tiene. La diferencia es que el ruso y el chino pueden seguir cabalgando a lomos del tigre de manera indefinida, mientras sus bien engrasados ejércitos no se les revuelvan, inventando planes para el futuro. En cambio, la presidenta del gobierno de Italia deberá someterse al veredicto implacable de las urnas en un incierto esprint.

Esta semana ha vuelto a apreciarse otro síntoma de que Meloni está empezando a flaquear en sus aparentes principios. El aviso definitivo fue la pérdida del reciente referéndum que esperaba ganar. Y luego ya ha comenzado a titubear con Trump y la guerra, para continuar inmediatamente con una reciente decisión que tiene que ver con una de sus amigas.

Lo cual resultaría más doloroso si no ocurriera como sugiere Pascal, «que si todos los hombres supiesen lo que dicen unos de otros, no quedarían cuatro amigos en el mundo». O sea, que la amistad es las más de las veces agua que corre.

La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, en París

La primera ministra italiana, Giorgia MeloniAFP

El año pasado, Meloni dispuso, a través de quien corresponde, que Beatrice Venezi, una joven y atractiva directora de orquesta, con fama añadida de políticamente conservadora, se convirtiese en responsable musical de una de las principales instituciones líricas de su país, el Teatro de la Fenice de Venecia.

Al nombramiento le siguió una gran tormenta. Los sindicatos de los trabajadores del teatro, los músicos de la orquesta y hasta otros colegas se opusieron a que Venezi ocupara un cargo para el cual, según se sostenía, carecía de la mínima preparación. Se lo había regalado su amiga.

De la parte gubernamental, se dijo que las objeciones tenían más que ver con el hecho de que Venezi fuese mujer, joven y guapa. Y que los profesionales del teatro, alineados tradicionalmente con los sindicatos de izquierdas, no iban a decidir quién debía dirigirlos.

Organizadas con férrea precisión, las protestas de todo tipo, manifestaciones callejeras, algaradas que amenazaron con interrumpir funciones, fueron en un aumento, y hasta el público se convenció de que los argumentos de los contrarios a esta mujer eran loables, llegando a provocar abucheos en la sala.

Teatro de la Fenice de Venecia.

Teatro de la Fenice de VeneciaMICHELE CROSERA

La semana pasada, Venezi, que desde el principio se mostró más beligerante que conciliadora, consciente o no del apoyo que tenía de su esencial valedora, hizo unas declaraciones a un periódico argentino en las que más o menos venía a afirmar que los puestos de los músicos de la orquesta de La Fenice se heredan de padres e hijos, sin ningún respeto por las formas, el mérito o los reglamentos.

Nada más conocerse las opiniones de Venezi (que ha guardado un discreto pero revelador silencio desde entonces), y tras un nuevo, duro comunicado de los trabajadores de La Fenice contra ella, el gerente del teatro comunicó el cese inmediato de la directora.

Ante una situación que se antojaba imposible, el desarrollo de un trabajo normal entre fuerzas hostiles (Fuenteovejuna contra un par de mujeres), es muy probable que internamente se manejara la situación para que la misma Venezi propiciara el tropiezo que suscitó su despido, con unas opiniones no muy distintas de las que antes ya había ofrecido a otros medios. Dices esto, te cesamos y ya te recompensaremos con otra cosa.

¿Qué ha marcado, esta vez, la diferencia? El momento. A la leona Meloni le tiemblan las patas. Los principios ya no sirven de nada cuando en el cogote se siente el aliento ya próximo de la manada, que anticipa un posible cambio de parecer.

Los politólogos de hoy (o la futura reina) deberían estudiar mejor en casa: el comportamiento de unos y otros, electores y mandatarios, guarda ahora su más fiel reflejo con esos niños que se han convertido en los reyes de todo, mediante parejos mecanismos de control nada subliminal. Si no me complaces inmediatamente, ya no te quiero.

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