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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

Bailando la conga en el bar Es Panis

El encuentro entre Vito Quiles y Begoña Gómez enciende el debate sobre el periodismo, mientras la Pompeu Fabra carga contra su clientela y el follonero regresa a sus orígenes para atizarle a los rostros sin piedad del Supremo

Momento en el que las acompañantes de Begoña agarran a Vito Quiles

Momento en el que las acompañantes de Begoña agarran a Vito QuilesRedes sociales

Por fin la derecha ha aprendido alguna lección. En el reciente pasado, cualquier ministro del PP temía como cosa de Belcebú que, si acaso le diera por yacer alegremente en algún lecho proscrito con una exuperancia, una emboscada del rival podría poner en entredicho su carrera, presente o futura, en la política. La subrepticia filmación del acto con sus variantes, según la imaginación, dañaría la imagen quizá de un modo irreparable, sobre todo dependiendo del atrezo.

Pero el miedo al público escarnio, o a un simple ridículo multiplicado por las redes, también afecta ya al bando contrario. Ahora, en el momento más inesperado, del interior del frío armario de cualquier lupanar podría surgir, para espanto del pillado in fragranti, Vito Quiles, con el flequillo alborotado y sujeto el móvil cual espada justiciera dispuesto a inmortalizar, por ejemplo, el adulterio perpetrado en la hora muelle de los almuerzos.

Este joven y audaz reportero accidental, que evoca lejanamente en su descaro a aquellos de «Primera plana», capaces de birlar una bata blanca para subirse a la ambulancia del mafioso herido de bala y arrancarle unas últimas palabras, ha puesto de los nervios a la bancada socialista. Y ahora fingen el asco que en otro tiempo no sentían ante el denuedo en la persecución que el simpático Pablo Carbonell ejercía al perseguir a Esperanza Aguirre por los pasillos cuando era ministra.

Entramos en Es Panis, el bar donde Begoña Gómez se reúne con sus amigas y se produjo el altercado con Vito Quiles

Entramos en Es Panis, el bar donde Begoña Gómez se reúne con sus amigas y se produjo el altercado con Vito Quiles

Un azoramiento calculado, que la dama salvaba entonces con sonrisas de complicidad forzosa, hasta a veces sazonar el enredo con divertidas meteduras de pata que contribuyeron al personaje, valiéndose siempre, para salir airosa, de su exquisita educación de colegio caro y modales vagamente aristocráticos.

De modo que Quiles, siempre en el lugar noticioso, mientras los colegas que le afean su agreste desempeño aguardan obedientes frente al plasma, sorprendió esta vez a Begoña Gómez de cañas, en un recóndito y discreto paraje burgués de la zona norte capitalina, donde jamás se hubiese figurado que podrían estropearle el aperitivo, porque aún hay clases.

Coincidencia, chivatazo o habilidad de delantero centro tipo Julio Salinas, siempre bien situado para el remate (aunque las más de las veces acabara tirándola al poste), pero lo cierto es que el astuto gacetillero se marcó un notable scoop contra las plañideras.

Y digo bien: scoop, o primicia si prefieren, porque en el periodismo moderno lo de menos resulta ya el fondo, el sentido de la declaración extraída al azar. Importa el gesto. Lo relevante es la anécdota, breve como se pretenden ahora los textos, para no aturdir, una píldora que sirva para alimentar lo esencial, el meme que se vale solo del detalle (el chándal de Maduro, la camiseta de Labrov, la sangre en la oreja de Trump o las bragas de una Kardashian), un leve fogonazo que ilumine TikTok y entretenga a la gente en su eterna infancia.

Begoña Gómez

Begoña Gómez

Para esto último, habría resultado mucho mejor que el fatídico encuentro de la esposa de Sánchez y este moderno Bob Woodward se hubiese dado en domingo. Porque ese día, el Es Panis, célebre ya en el mundo entero, suele revelarse muy animado.

Las parejas, amigos y familias que allí acuden, sobre todo de la urbanización próxima, Los Peñascales, muchos con las inaplazables ganas de un chuletón y cuatro gin tonics (que luego hasta es posible regresar a casa en coche, sin que Pere Navarro cumpla su objetivo de expropiarte el vehículo, el carné y hasta la mujer, si se tercia), suelen divertirse con la gratuita promesa dominical de una música en directo que no suponga hipotecar la casa, como ocurre si vas a un concierto en el Metropolitano.

Resulta habitual que, para amenizar la manduca, un par de amigos, o más, quizá antiguos integrantes de algún grupo menor de la Movida, pero aún en forma para el solfeo tabernario, interpreten grandes éxitos destinados a los boomers, desde el gran Elvis hasta Los Ramones.

Y cuando acuden los mejores, a veces la gente abandona por unos instantes las confidencias, requiebros o antiguos reproches, la pizza con piña y hasta el Tinder para canturrear a coro Have you ever seen the rain. En muchas ocasiones hasta se baila, como casi siempre ellas, hechiceras del ritmo.

Los Ramones

Los RamonesMichael Ochs Archives

Animada por estas diosas improvisadas de la pista, el ambiente distendido y el tinto veraniego (cuya perniciosa influencia se extiende ya a todas las estaciones), a veces se ha visto que la clientela, cuando las actuaciones se encaminan inevitablemente hacia el éxtasis conclusivo, se lance a improvisar alguna conga, como en bodas, bautizos y fiestas de parador si las organiza Ábalos; sobre todo cuando se desarrollan en el piso de abajo, más amplio para este tipo de esparcimientos.

Lo que hubiera sido si, en una de estas celebraciones de vida, mientras podía sonar, como en alguna ocasión, Sweet Caroline, al darse la vuelta para buscar la mirada cómplice de alguna de sus amigas, descubriera Begoña que quien la asía fuertemente de las caderas, para no dejarla escapar, era nada menos que el temible Quiles.

Si los dos hubiesen visto la reciente Song Sung Blue, con su último mensaje esperanzador y positivo, encandilados por los sonidos alegres de Neil Diamond, a lo mejor hasta habrían podido sellar ahí mismo una paz improbable mediante breve entrevista, sin tener que huir precipitadamente por encima de las mesas.

Y si no, de todas maneras, la imagen de ese baile seguramente habría roto TikTok, como suele decirse, con la marea espumosa de los memes anegando las redes durante, al menos, otro día más ganado al tedio.

Es una lata… el estudiar

Contrasta la hiperactividad del tal Quiles, siempre tramando alguna nueva travesura, con la desidia que los dirigentes de la Universidad Pompeu Fabra atribuyen al alumnado de esa institución, prodigio del absentismo, la despreocupación y la abulia, según destacan.

Los concernidos no sean han quedado quietos, por una vez. Alegan en su descargo que si no van a clases es porque allí no les enseñan nada interesante, y además, como la crisis arrecia pese a la propaganda, ahora deben compaginar los estudios con algún trabajo esporádico.

Lo mismo que varias generaciones de universitarios han hecho durante toda la vida, al menos en los campus norteamericanos, donde incluso facilitan el acceso a empleos a tiempo parcial como lo más natural, porque no todos los que acuden allí son hijos de Bill Gates (aunque ahora algunos supermillonarios se ofrezcan para repoblar la tierra donando su prestigiosa simiente), y la educación superior resulta más bien carísima.

Irene Montero y Gabriel Rufián en la Universidad Pompeu Fabra

Irene Montero y Gabriel Rufián en la Universidad Pompeu FabraEuropa Press

Mi experiencia como docente de máster, hace un par de décadas, resultó en ese sentido un poco frustrante, justo a la manera de lo que se afirma ahora en la Pompeu Fabra. Recuerdo que los alumnos más aplicados eran, con mucha diferencia, los hispanoamericanos, seguramente porque habían venido hasta aquí becados desde sus países, a veces tras asumir importantes sacrificios familiares, y no para engañar al tiempo.

De lejos, resultaban el segmento de la clase más inquieto y proactivo, siempre dispuestos a preguntar, intervenir o incluso sugerir la realización de actividades complementarias, más allá del aula, que les permitiera poner en práctica los conocimientos adquiridos.

Por el contrario, los españoles (sin ánimo de generalizar, pero ocurría casi siempre así) se mostraban más a menudo a punto de dormirse, aunque las clases fueran a las seis de la tarde, y no porque hubieran empalmado dos trabajos o una juerga con la lección.

Sencillamente parecían comandos de zombis, sujetos a alguna impuesta obligación. Algo improbable: tenían ya una edad suficiente para intuir lo que deseaban, aunque quizá esta fuese la raíz del problema. Posiblemente su único objetivo consistiría en dejar agotarse las horas, mostrando su desinterés hacia todo esfuerzo productivo como el reflejo de una eterna insatisfacción, una acendrada melancolía o vaga angustia existencial. Vaya usted a saber.

Y hablo de milenials, no de los denostados zeta de hoy, tenidos por analfabetos sin remedio. O sea, que el problema no es nuevo, y probablemente hunda sus raíces en las propias entrañas del sistema educativo, desde sus mismos cimientos.

James Traub

James TraubYoutube

James Traub, un investigador estadounidense, empeñado estos días en la escritura de un libro sobre la educación cívica, se ha pasado un año visitando distintos centros públicos de su país. En el retrato que traza de uno de ellos, Eagle Ridge, empeñado en cultivar los valores de las denominadas «escuelas clásicas», se sorprendió positivamente al encontrarse allí alumnos que debatían en su clase sobre el contenido de La Eneida con perspicacia, entusiasmo, respeto y una altura inusitada para alumnos de 14 años.

Los estudiantes vestían uniforme, y los más pequeños aguardaban en una cola antes de entrar en el aula. Una vez en el interior, si deseaban intervenir, o se les preguntaba, se ponían de pie.

Es decir, se observaba una cierta disciplina trasladada a los vivos, pero ordenados, debates sobre las obras que conforman el llamado canon occidental, en una búsqueda continua de la «verdad, belleza y bondad». Dos alumnas provenientes de familias pro y anti-Trump, cada una, exponían calmadamente sus distintos puntos de vista y al final se estrechaban la mano.

Insólito. No sé, quizá se trate de una distopía. Pero regresar al cultivo de ciertas virtudes quizá podría servir para encauzar mejor las inquietudes de estos jóvenes instalados en la apatía sin fin, según los responsables de la Pompeu Fabra.

Évole apunta a los magistrados del Supremo

No parece Quiles muy desanimado por la crítica, pero, en cualquier caso, si persevera en el oficio, y los próximos inquilinos de la Moncloa le obsequian con un programa en prime time en la renovación de TVE, podría llegar a convertirse en otro Évole, pero del lado opuesto de la historia.

Quién iba a decirle al follonero que algún día protagonizaría un documental con el Papa, o como ahora, le enmendaría la plana a los jueces del Supremo, convertido en referencial penalista para el horario de máxima audiencia. Una suerte de Ironside (aquel abogado televisivo de la silla de ruedas que ganaba todos los casos con su elocuencia y persuasivos argumentos) del progresismo.

Por lo que no resultaría extraño que, con un poco más de maña, Quiles acabara presentando una nueva versión de La Clave, o que entrevistase al mismísimo Netanyahu (las veces que se ha escuchado al primer ministro israelí en encuentros con periodistas suele mostrarse más sólido en la argumentación que el ex fiscal general, García Ortiz).

Jordi Évole, en el preestreno del documental Sidosa

Jordi Évole, en el preestreno del documental SidosaGTRES

El que embarra de lodo el cuadrilátero resulta ser el intrépido reportero que hostigó a la primera dama, si tal cargo existiera. Pero a ninguno de los que ahora se flagelan por su beligerante amarillismo le resulta extraño que Évole, siempre fiel a sus orígenes, dedicara un programa a denostar personalmente a los miembros del más alto tribunal con el mismo tipo de comentarios e insinuaciones, e idéntica puesta en escena, que en tiempos de Stalin.

Solo le faltó llamar borracho al magistrado que, como una chanza entre sus pares letrados, en ambiente distendido, cometió el gravísimo delito de afirmar que tenía que marcharse ya, porque debía trabajar en la sentencia del dimitido fiscal general (abandonar una francachela para regresar al despacho resulta una ofensa inaceptable estos días).

O también pudo haber afirmado que otra de las juezas supuestamente venales, según las nada veladas insinuaciones, la mujer que metió preventivamente en la cárcel a Sandro Rosell, en realidad, lo hizo no como resultado de la instrucción, sino porque obviamente es del Real Madrid, el equipo de Franco.

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