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César Wonenburger
Historias de la músicaCésar Wonenburger

Celibidache, el santo grial de la perfección

Al cumplirse estos días (el pasado 14 de agosto) treinta años de su desaparición, una película, «La corbata amarilla», recuerda la leyenda de Sergiu Celibidache, el director obsesionado con la perfección

Sergiu Celibidache

Sergiu Celibidache

En tiempos no tan remotos se hacían películas sobre las vidas de los compositores. Y los tenores, más allá de su ecosistema natural de los teatros, protagonizaban filmes populares: Benianimo Gigli y Tito Schipa, dos de los principales representantes italianos de su época, llegaron a cultivar entre ambos una vistosa filmografía.

Hasta en España, el gran Alfredo Kraus rodó un par, una biografía de Julián Gayarre y «El vagabundo y la estrella», al más puro estilo hollywoodiense, donde se alternaban números musicales (arias de Verdi o Bellini en lugar de canciones de Cole Porter) con una trama amorosa. Fue mucho antes de que Plácido Domingo trabajara a las órdenes de Franco Zeffirelli en aquella adaptación de «La Traviata» que logró un considerable éxito en Francia, además de alguna nominación en los Oscar.

El último cantante lírico con tirón verdaderamente mediático, Luciano Pavarotti, se atrevió incluso con una cinta de estudio importante, al modo de sus antiguos compatriotas, con la que se pegó un sonoro batacazo. Una cosa era que medio millón de personas acudieran gratis hasta Central Park para escucharle cantar «Nessun dorma» en una tarde, y otra bien distinta pagar la entrada de una comedia romántica protagonizada por él mismo, en la que rivalizaba con las estrellas de esos días, como Richard Gere, encarnando a un orondo divo de la ópera con problemas laborales (algo de garganta), que solo podía superar gracias a la ayuda de una bella foniatra.

A Pavarotti la popularidad no le alcanzaba para tanto y la película, «Yes, Giorgio», pasó casi de inmediato a la televisión por cable, seguramente por un precio módico para la cadena porque en EE UU se dieron muchísimos pases (doy fe, me tragué varios solo por verlo cantar, el resto era ciertamente bochornoso).

En comparación con otros intérpretes, la celebridad fuera de los circuitos musicales de los grandes directores de orquesta debía ser aún menor, porque no me viene a la cabeza ningún «biopic» de Herbert von Karajan, quizá el más conocido durante una larga temporada. De nuevo, Zeffirelli se ocupó de un valioso compatriota suyo para realizar «El joven Toscanini», que también pasó sin pena ni gloria pese a la presencia en el reparto de la antigua estrella Elizabeth Taylor, en horas muy bajas. La audiencia tampoco se dio por enterada, pese a que el parmesano fue un coloso de la batuta, que además se enfrentó a Hitler.

El director que despreciaba a Schönberg

Por eso sorprende, ahora, la aparición de «La corbata amarilla», una reciente película consagrada a la figura de Sergiu Celibidache, eminente maestro, muy celebrado por su parroquia de fans entre los que se encuentra Alberto Ruiz-Gallardón (uno de los que peregrinó hasta Berlín cuando la filarmónica de esa ciudad, a la que « Celi» nunca había vuelto a dirigir desde que lo despreciaron al escoger como titular a Karajan, le rindió homenaje con unos fantásticos conciertos en 1992).

Tendrá que ver seguramente el hecho de que este año se cumplan tres décadas de la desaparición del singular director rumano, cuyo ego no le iba a la zaga a sus legendarias condiciones musicales, lo que siempre animaba las comparecencias públicas. Sus afilados dardos se dirigían por igual contra compositores (para él Schönberg era una nulidad, y el dodecafonismo una desgracia), o colegas (de Knappertsbusch, guardián de las más puras esencias wagnerianas y prominente divulgador de Bruckner, solía gastar chanzas acerca de su prominente dentadura postiza).

El posible debate sobre Celibidache, cuya inmensa competencia como director de orquesta se halla fuera de toda duda, se ha centrado siempre en algunas de sus contradicciones. La cháchara sobre la fenomenología musical, con la que solía adornarse como filósofo durante sus apariciones públicas, nunca llegó a concretarse en páginas más elaboradas, fuera de algunas declaraciones, siempre razonadas, en las que también incluía clásicos del repertorio zen, como aquello de que conviene vaciarse por completo o que el inicio se halla contenido en el final.

Uno de sus hijos, Sergiu, sostiene que el director eliminó todo lo que había escrito sobre la fenomenología porque «la distancia entre la auténtica intencionalidad del autor y la comprensión del lector podría situarse a años luz». O sea, que consideraba a la gente demasiado idiota como para llegar a comprenderlo alguna vez (puede ser cierto). Y su nombrada tesis doctoral sobre Josquin des Prez resultó como el ave fénix, del que tanto se llegó a hablar, pero al que nadie logró ver jamás: ni llegó a publicarse ni se sabe dónde acabó.

La nueva cinta, que ha dirigido otro de sus vástagos, obvia estos detalles para centrarse mayormente en ofrecer, como resulta natural, una síntesis sobre la peripecia vital del hombre y el artista, sin demasiado vuelo cinematográfico. Constituye sobre todo una reivindicación de su grandeza y lugar en el escalafón de los directores. Si bien en cierto momento logra ponerlo brevemente contra las cuerdas.

La aversión que Celibidache tenía hacia las grabaciones le llevó a afirmar, más de una vez, que escuchar un disco era como hacer el amor con Marilyn Monroe. Y aunque al final registró un buen número de ellos, gran parte de su trayectoria se documenta gracias a la inestimable labor de los piratas (lo cual también sirvió para mitificarlo, dicho sea de paso: el misterio de su aparentemente escaso legado fomentaba la idea del héroe comprometido, el artista verdadero, por siempre enfrentado a los mercaderes, que le ponían zancadillas).

En la película, su hijo le hace escuchar un cedé con el comienzo de la «Séptima sinfonía» de Anton Bruckner sin revelarle quién es el director. A los pocos compases, Celibidache (el actor John Malkovich, que como siempre hace de sí mismo) se revuelve y comienza a despotricar contra la interpretación, sin duda el mediocre esfuerzo de un vulgar oficiante.

Sus discos, vendidos en la calle

Cuando el joven le revela que lo que ha escuchado se trata, en realidad, de una interpretación suya, obtenida clandestinamente durante un concierto celebrado en Filadelfia, y cuyo resultado se vende en plena calle, el maestro, lejos de rectificar, ve confirmada su tesis sin necesidad de atenerse a mayores piruetas.

La lectura ofrecida es desastrosa, según sostiene, porque ni siquiera los más avanzados medios técnicos de reproducción podrían capturar la esencia de un momento irrepetible; ni mucho menos expresar el conjunto de secretas combinaciones y sutiles alquimias que impregnan y otorgan su preciso sentido a la interpretación «en vivo».

Este es quizá el mayor acierto de una cinta que, curiosamente, y aunque supervisada por la familia, contiene varias imprecisiones de bulto (todo lo que se refiere a su llegada a la Filarmónica de Berlín, por ejemplo: el concurso que llegó a ganar tuvo que ver con la Orquesta de la Radio berlinesa).

Lo más interesante sin duda resulta el reconocimiento del inequívoco peso de las luces y sombras de la infancia en la forja de su posterior destino.

Como en tantos otros casos, la obsesión casi enfermiza de Celibidache por la búsqueda incesante del santo grial de la perfección hundía su raíz en la complicada relación con el padre. Aquel hombre severo que solo admitía las máximas calificaciones escolares (consideraba el 9 como la expresión de un fracaso), y pretendía de su hijo que se convirtiera en primer ministro de Rumanía como único objetivo posible, determinó su carácter, personalidad y obsesiones.

Así que cuando el director reclamaba no menos de diez ensayos para preparar cada uno de sus programas, decidía renunciar a la ópera (donde el resultado último, rara vez excepcional, depende del consenso entre muy distintos colaboradores) o decidía no grabar para no traicionar el ideal perseguido mediante su pálido reflejo, en realidad, lo que estaba proyectando era el deseo de complacer la tiránica demanda de excelencia de su exigente padre.

Gracias a ello, y a la sostenida persecución de las evidentes mejoras tecnológicas (que él mismo fue reconociendo al final de sus días), nosotros aún podremos seguir disfrutando de ese raro testimonio que, en el arte, como en la vida, ofrecen quienes se obstinan en empujar y seguir empujando hasta hacernos a todos mejores.

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