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La España católica y roja que aplastó a los lestrigones de Argentina

Los de De la Fuente, el equipo menos emocionante que se recuerda, es el mejor de todos los combinados internacionales del mundo con la fuerza de su imparable y efectiva monotonía futbolística

Madrid Act. 20 jul. 2026 - 13:04

Luis de la Fuente levanta la Copa del Mundo conquistada por España

Luis de la Fuente levanta la Copa del Mundo conquistada por EspañaEFE

A (casi) todo el mundo le gusta la selección española de fútbol. Los futbolistas del equipo. El entrenador De la Fuente es la representación del padre y héroe ideal. Es el Odiseo, ahora que la epopeya de Homero está de actualidad, español del regreso a casa de la Copa del Mundo de Fútbol.

Suele haber consenso con la llamada «roja», sobrenombre que le puso Zapatero y resiste. España es roja, pero esta España le gusta a todos, quienes se han puesto a ver fútbol con una fiebre inusitada. Quien nunca lo ve, lo ha visto, y quien lo ve habitualmente lo ha seguido viendo.

España se une por el fútbol, feliz, en comunidad. Algunos pensadores clásicos cuestionarían este extraordinario suceso de los españoles divididos por su concepción de España y unidos por ella en el balompié.

Freud y Nietzsche

Hay por ahí un chiste gráfico (otro chiste fue que España levantara la Copa con Trump ahí posando como si fuera miembro del equipo) que retrata la situación: un hombre asomado a su balcón, donde luce una bandera española, dice: «Bueno, se acabó el fútbol, es hora de ir quitando la bandera, a ver si alguien va a pensar que soy un facha».

Pero a lo de la comunión, a lo de la unión, le hubieran puesto peros, por ejemplo, Oscar Wilde, quién dijo: «Cuando la gente está de acuerdo conmigo, siempre siento que debo estar equivocado». Nietzsche se hubiera puesto (más) de los nervios con semejante conformidad de la mayoría. O aquello de Freud: «Si dos individuos están siempre de acuerdo en todo, puedo asegurar que uno de los dos piensa por ambos».

¿Hay alguien que piense por (casi) toda España? Es posible. Consideraciones tales no impiden reconocer y certificar que España 2026, la de De la Fuente, el equipo menos emocionante que uno recuerda, es el mejor de todos los combinados internacionales del mundo con la fuerza de su imparable y efectiva monotonía futbolística.

El elegido mejor jugador del Mundial, Rodrigo, dijo sin ambages que le agradecía a Dios todo lo que le había dado

En realidad la epopeya de Odiseo de la Fuente no es tal sino un viaje en barco por un río tranquilo, algo así como en Pierre y Jean de Maupassant, como una excursión de buenos chicos donde el peor ha sido el que se suponía que iba a ser el mejor: Lamine Yamal. El mejor han sido todos, ese grupo de futbolistas oficinistas que han vapuleado a las estrellas, incluido a la suya.

Y, por si fuera poco, oficinistas católicos. El elegido mejor jugador del Mundial, Rodrigo (siempre antes conocido como Rodri), dijo sin ambages que le agradecía a Dios todo lo que le había dado. El goleador de la final, Ferrán, también habló de Dios. Es el triunfo de la fe por la que también es conocido nuestro Ulises, frente a la encomienda de Argentina a la violencia y a la trampa que encarnaría el diablo en esta historia.

Dieciséis años después

Es este un cuento de buenos y malos, pese a las sospechas por el consenso en la generalidad de los Wildes y de los Nietzsches. A De la Fuente («juntos somos más fuertes, este equipo es un ejemplo para España», dijo) le gustan los toros y es católico y dirige un equipo al que adora toda España y al que llaman «la Roja» como si todo fuera el espejismo de una nueva Transición.

Esos jóvenes futbolistas campeones, también aquellos cuya presencia en el conjunto se entiende poco, han escapado de las sirenas, han vencido a Polifemo, han superado los vientos y las tempestades y han acabado aplastando a los lestrigones (los gigantes antropófagos de La Odisea de Homero) de Argentina con la extraordinaria forma novedosa de su épica soporífera con la que han regresado a Ítaca dieciséis años después.

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