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29 de mayo de 2024

Jabari Parker se ha reencontrado en Barcelona

El jugador estadounidense Jabari Parker se ha reencontrado en BarcelonaEFE

Jabari Parker, de gran promesa del baloncesto mundial a reencontrarse consigo mismo en Barcelona

Recientemente Jabari Parker, jugador estadounidense de 28 años del Barcelona de baloncesto, concedió una entrevista y, a la pregunta de cómo se imaginaba su carrera ahora mismo de no haber sido por las lesiones, su respuesta no pudo ser más esclarecedora.
«Me imagino mi carrera tal y como está ahora. No tengo remordimientos. Soy un niño de gueto, del sur de Chicago, yo no debería estar aquí. Ni siquiera debería haber salido del barrio. Cuando la gente me dice 'si eso no hubiera pasado...', yo sigo agradecido porque ni siquiera hubiera ido a la Universidad de no ser por el baloncesto. Todavía tengo la oportunidad de sacarme una carrera y solo una persona en mi familia tiene una carrera. Cuando alguna noche llego a casa hambriento, puedo comprar comida. En otros escenarios ese no sería el caso. Mi mejor amigo falleció cuando yo tenía 18 años. Es a esas situaciones a las que estoy acostumbrado. Solo estoy feliz de estar aquí jugando al baloncesto. A veces la gente da por hecho que esté en la pista pero he pasado por situaciones muy duras para estar aquí ahora. Estoy aquí por una razón y un propósito».
Criado en el South Side de Chicago, donde los índices de pobreza y criminalidad no caben en ninguna tabla, Jabari era uno de esos niños condenados a no salir nunca de esas calles malditas, donde la caída de la noche funcionaba como el pistoletazo de salida a que las bandas criminales hicieran y deshicieran a su gusto, sin represalias. Como él mismo dice en la entrevista redactada antes «yo no debería estar aquí». Su destino estaba escrito en ese nido de violencia, en una de las ciudades principales de Estados Unidos pero ajeno a los ojos del mundo.
El caso es que Jabari era bueno jugando al baloncesto. Muy bueno de hecho. Aprovechando su condición genética, que su padre llegó a jugar en los Golden State Warriors -cuando estos eran un vacío oscuro y no la franquicia de moda entre las jóvenes generaciones- pero elevada a la enésima potencia. Esa fue su salida al mundo.
Jabari Parker en una acción defensiva ante Olympiacos

Jabari Parker, a la izquierda en la imagen, en una acción defensiva ante OlympiacosEFE

Sus condiciones le permitieron entrar en la Universidad de Duke, en Carolina del Norte, de donde sale una gran mayoría de los mejores jugadores de baloncesto del mundo, y su proyección no frenó en ningún momento.
Fue elegido en el número 2 del Draft de 2014, por detrás del canadiense Andrew Wiggins, actualmente en los Warriors, y por delante del actual MVP de la NBA, Joel Embiid de los Philadelphia 76ers, por los Milwaukee Bucks. En la tradicional encuesta a todos los dueños de la liga sobre quien era el mejor jugador de ese draft y quien iba a tener mejor carrera, Jabari Parker salió elegido en ambas categorías.
Su debut en la NBA fue acorde a sus expectativas. Su capacidad atlética desmontaba sistemas rivales, anotaba por castigo y llegaba de un lado a otro de la pista en un suspiro. Pero esta no es una historia que transcurra con normalidad. El 15 de diciembre de ese mismo año, en un partido contra los Phoenix Suns, en una de sus clásicas acciones cruzándose la pista a toda pastilla, se chocó contra un rival. Los gritos de dolor ensordecieron el pabellón. Se había roto el ligamento cruzado de la rodilla izquierda.
Estuvo casi un año de baja, regresando el 4 de noviembre de 2015. Pese a los temores iniciales, que lo peor con las lesiones no son los propios traumatismos sino el miedo que genera en aquellos que las sufren a recaer, Jabari, poco a poco, fue volviendo a encontrarse. Era, junto a Giannis Antetokounmpo, el estandarte de unos jóvenes Bucks que planeaban poner la liga patas arriba en un futuro cercano. Pero de nuevo la cruel realidad entorpecería su camino.
El 9 de febrero de 2017, en un lance del juego, Jabari Parker iba a chocar contra un rival en una acción fortuita. Su cara de incredulidad y de tristeza tras la acción nos hicieron temer lo peor. Volvía a ser el ligamento cruzado de la rodilla izquierda. Volvía a estar roto.
Tras otro año de baja, regresaría en febrero de 2018. Ese verano acababa su contrato con los Bucks y la franquicia de Wisconsin le ofreció una renovación a la baja, dubitativos con su estado físico. Así que Parker decidió que era hora de empezar de cero, de volver a las raíces y encontrar la motivación perdida fichando por el equipo de su ciudad natal, los Chicago Bulls.
Eso, para sorpresa de nadie en esta historia, tampoco iba a salir bien. El otrora jugador atlético e imparable se encontraba pesado y temeroso. Marcaba menos diferencias y los Bulls, tras apenas unos meses, le iban a traspasar. Entró, de esa manera, en una espiral de movimientos que le llevó por todos los rincones de Estados Unidos, pero sin poder establecerse en ningún lado. Washington Wizards, Atlanta Hawks, Sacramento Kings y Boston Celtics. En todos como fondo de armario, como mercancía.
Primero el cuerpo le había traicionado y ahora la liga, donde estaba pensado que marcara diferencias, le estaba dando la espalda. El 7 de enero de 2022, hace ahora ya más de dos años, los Celtics cortaron su contrato. Iba a ser su última toma de contacto con la liga que un día creyó dominar.
Año y medio después, el mundo y el baloncesto ya se habían olvidado de Jabari Parker. A sus 28 años, la edad pensada para estar en su mejor tramo de carrera, era un extraño. Y entonces llegó la llamada europea. Más concretamente, la del Barcelona.
Al igual que él, el Barcelona es un equipo que se está reconstruyendo y reencontrándose a sí mismo. Lejos de estar ambos en su mejor momento, la unión está funcionando mejor de lo que se podía esperar. Jabari está sumando minutos y puntos en un juego más lento y pausado que el estadounidense, que beneficia a su nuevo físico.
Aunque parecía que era muy tarde, que el tiempo ya se había pasado, que la mala fortuna se había cebado con él, Jabari ha encontrado el modo de regresar. Y es que su caso debería servir, como ningún otro, como epitafio de que, lo que la vida te da, la vida te quita.

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