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Análisis económicoJosé Ramón Riera

Hoy Francia, mañana España: es la hora de decir «no hay plata»

como siempre, el esfuerzo recae sobre los mismos. Esos que pagan religiosamente sus impuestos, mes a mes, trimestre a trimestre y año a año

Francia encaja la caída de Gobierno del primer ministro Bayrou. Una situación que deberá aclararse cuando se convoquen elecciones legislativas anticipadas, presidenciales que no creo, o un referéndum sobre la población en el Macron intente convencer a la población de que hay que hacer un esfuerzo.

El problema es que, como siempre, el esfuerzo recae sobre los mismos. Esos que pagan religiosamente sus impuestos, mes a mes, trimestre a trimestre y año a año, que no entienden como sus políticos les han llevado a esta situación.

Parece que Bayrou quería auto inmolarse, presentando una moción de confianza, a sabiendas de que la iba a perder, porque ningún partido le iba a aprobar, un plan que consistía en:

1) Congelación de pensiones y salarios públicos: Se planteaba no revalorizar las pensiones ni los sueldos de los funcionarios en 2026 para ahorrar miles de millones.

2) Reducción del empleo público: El gobierno planeaba no reemplazar a uno de cada tres funcionarios que se jubilaran, lo que supondría un recorte de miles de puestos de trabajo.

3) Recortes en gasto social y sanidad: Se pretendía reducir la cantidad de dinero destinado a prestaciones sociales y a la sanidad pública, incluyendo una menor financiación para medicamentos.

4) Posible eliminación de días festivos: Esta medida, aunque simbólica, también se barajaba como una forma de impulsar la productividad y el crecimiento económico.

5) Aumento de ingresos: Aunque el plan se centraba en el recorte de gastos, también se mencionaba una «contribución de solidaridad» por parte de los más «afortunados» y un plan de lucha contra el fraude fiscal.

Evidentemente, la oposición le ha hecho un corte de manga soberano. Aunque él diga que se ha inmolado en favor de salvar a Francia y se ha convertido en el primero en perder una moción de confianza, desde 1958, su planteamiento ha sido completamente erróneo.

Me gustaría haber visto a un político valiente al estilo de Javier Milei, que le hubiese dicho a la Asamblea francesa, «Lamentablemente tengo que decirles que no hay plata».

Y que, a continuación, dejase claro que no iba a tocar los 659.409 millones en Protección Social, ni los 250.391 millones de Sanidad, ni los 141.356 millones de Educación. Tampoco los 62.345 millones para infraestructuras, ni los 51.580 de Defensa (que deberían incluso aumentar), ni los 48.846 millones en Orden Público, ni los 36.071 millones de Vivienda…

Pero que si iba a reducir drásticamente los 360.178 millones de gasto político que tiene Francia, que le iba a pegar un tajo de 43.800 millones más lo necesario para cumplir con los compromisos de Defensa y que la Asamblea tenía dos posibilidades:

1) Aprobar ese plan en el los que iban a apagar el pato no iban a ser la sociedad francesa, sino todos esos gastos que se han ido generosamente repartiendo entre los políticos franceses y sus prebendas concedidas a los diferentes entornos en los que se mueven, tanto nacionales como internacionales.

2) O someter la decisión a un referéndum popular: que fueran los franceses quienes eligieran si aceptar recortes en pensiones, sanidad y servicios sociales, o exigir que los sacrificios los hicieran sus políticos.

Si Bayrou hubiese tenido una altitud de miras y reconociese que Francia se gasta 360.000 millones en gastos que son susceptibles de ser bajados, posiblemente hoy seguiría siendo primer ministro y un líder frente a la sociedad francesa que le aclamaría para que se presentase a las elecciones de 2027 a la Presidencia de la República, que es en el fondo lo que quiere Bayrou con su moción de confianza.

Lo sucedido en Francia no es solo un aviso para la clase política gala, es también un espejo en el que deberíamos mirarnos los españoles. Cuando un primer ministro se atreve a plantear ajustes drásticos en pensiones, sanidad o empleo público, lo hace porque sabe que las cuentas ya no cuadran.

Nuestro país acumula un déficit estructural insostenible, financiado con deuda que crece a un ritmo superior al de la propia economía. Cada año gastamos más de lo que ingresamos, confiando en que Bruselas haga la vista gorda.

Pero este derroche se acaba. Igual que en Francia, aquí también llegará el momento en que alguien en La Moncloa tenga que decir: «no hay plata».

El dilema será el mismo: o se recortan las pensiones, la sanidad, la educación y los servicios sociales, haciendo pagar a los ciudadanos, o se ajustan de una vez los gastos políticos, duplicidades administrativas, chiringuitos ideológicos y estructuras clientelares que chupan decenas de miles de millones cada año.

La gran pregunta es: ¿tendremos nosotros un gobierno con la valentía de recortar en política y no en ciudadanía? ¿O volveremos a ver cómo, con la excusa de «la responsabilidad» y «los compromisos europeos», se nos pide a los contribuyentes que hagamos el enésimo sacrificio mientras ellos preservan su sistema de privilegios?

Bayrou fracasó porque eligió mal. En España, el riesgo es el mismo, la deuda. Nuestra economía depende del crédito y nuestro sistema de pensiones ya está en números rojos.

Pronto llegará la hora de la verdad también para nosotros. Y ese día los españoles tendremos que decidir: ¿aceptamos más impuestos y menos servicios, mientras los políticos mantienen su festín, o exigimos que los sacrificios empiecen por ellos?