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Marc Vidal, en una conferencia de este año 2025

Marc Vidal, en una conferencia de este año 2025EFE

Marc Vidal: «Nadie de los que manda en España se está ocupando de la inteligencia artificial, y luego llegarán los llantos»

Este experto piensa que la IA puede inaugurar una era de prosperidad y desarrollo humano sin precedentes si la gestionamos con inteligencia, ética y valentía

Marc Vidal es uno de los analistas económicos y divulgadores tecnológicos más influyentes de España. Tiene cerca de un millón de seguidores en su canal de YouTube, más de 260.000 en la red social X, está entre las TopVoices de LinkedIn, Top 100 Forbes Influencers, Top 100 Líderes Innovadores del siglo XXI... Como líder de opinión, le preguntamos sobre la inteligencia artificial, materia en la que se ha convertido en un gran especialista.

–¿Qué grado de desarrollo ve actualmente en la inteligencia artificial?

–La inteligencia artificial (IA) actual ha alcanzado un nivel muy significativo, aunque conviene matizar en qué sentido. Hoy la IA es capaz de realizar tareas específicas con una eficacia extraordinaria, pero todavía no es una «mente» autónoma que piense como un humano. Es decir: muchos sistemas que algunos venden como si fueran cerebros sintéticos brillantes son en realidad algoritmos especializados que resuelven problemas aprendiendo de grandes volúmenes de datos, no máquinas conscientes ni con razonamiento general. Aún estamos lejos de una IA con discernimiento verdaderamente humano, aunque eso no quita importancia a los avances logrados. Ahora mismo destacan especialmente dos áreas: el aprendizaje del lenguaje natural y la generación de contenido. La irrupción de modelos como ChatGPT ha supuesto un salto visible para el público general. La IA generativa ha dejado de ser una curiosidad de laboratorio para convertirse en una herramienta creativa cotidiana. Hoy una máquina puede crear texto, imágenes, código e incluso música, algo impensable hace unos años. Esta capacidad «casi mágica» de la IA generativa está transformando sectores creativos y nos obliga a replantearnos qué consideramos original o auténticamente humano. Pero ojo: la IA generativa no sustituye a la creatividad humana, sino que la amplifica como una herramienta más. Ya hay muchos artistas y profesionales integrándola para potenciar su propio genio creativo en lugar de verlo como un reemplazo. En cuanto a qué campos crecerán más en el corto y medio plazo, esperamos ver una expansión aún mayor en sectores como la salud, la educación, las finanzas, la manufactura y la energía, porque la IA ofrece mejoras claras allí.

La IA generativa no sustituye a la creatividad humana, sino que la amplifica como una herramienta más

–Se teme mucho el impacto en el empleo. ¿Qué tipo de profesionales ve ya fuera del mercado debido a la inteligencia artificial, y quiénes cree que se quedarán fuera si no reaccionan?

–Es comprensible que haya temor sobre el efecto de la IA en el empleo, porque estamos en la mayor revolución laboral de la historia. Sin embargo, conviene analizarlo con datos y perspectiva. No es la primera vez que la tecnología transforma el mercado laboral. Pasó con la Revolución Industrial, con la automatización en el siglo XX, con Internet… y ahora la IA acelerará cambios similares, tanto destruyendo como creando empleos. Para empezar, ya estamos viendo ciertas profesiones desplazadas o transformadas por la IA. No es que la IA haya provocado de golpe un paro masivo aún, pero sí hay roles que han perdido relevancia o demanda porque gran parte de sus tareas pueden automatizarse. Muchos trabajos administrativos rutinarios están siendo absorbidos por sistemas de inteligencia artificial o robótica de procesos (RPA). Tareas de introducción de datos, contabilidad básica, gestión de inventarios o logística son cada vez más automáticas. En centros de atención al cliente, los chatbots inteligentes y asistentes virtuales han reemplazado a muchos operadores humanos en consultas simples. En manufactura, llevamos años viendo robots industriales sustituyendo operarios en las cadenas de montaje. Incluso en el sector servicios: pensemos en los peajes automáticos que dejaron fuera a los cobradores, o en cajas de supermercado de autocobro. Y más recientemente, la IA empieza a notarse en empleos como traductores (la traducción automática cubre mucho contenido estándar), redactores de textos muy básicos, o analistas de datos junior (ciertos análisis los hace ya una IA).

Los nuevos empleos requieren habilidades distintas, y no todos los trabajadores en riesgo podrán adaptarse fácilmente sin apoyo

Un caso muy llamativo viene de China, donde empresas tecnológicas están utilizando presentadores virtuales impulsados por IA para emitir en vivo 24/7 , unos avatares deepfake que pueden presentar productos sin descanso. Ahora bien, el panorama no es únicamente de destrucción. Por cada empleo que desaparece, suelen surgir otros nuevos, aunque no siempre en el mismo lugar ni para la misma gente sin una transición. El gran reto está en la transición: los nuevos empleos requieren habilidades distintas, y no todos los trabajadores en riesgo podrán adaptarse fácilmente sin apoyo. Aquí el problema es que nadie se está ocupando de la mayor transformación socioeconómica, laboral y económica que hemos vivido en 200 años. Luego vendrán los llantos. Estamos a tiempo de planear la transición. Lo dramático es que quienes deberían trazar esa hoja de ruta están a sus cosas, al «y tú más» político y, a veces, dudo ni tan siquiera si saben de lo que estoy hablando. Igual lo ven lejano, tanto que no entra en sus luces cortas. Hablo de los que mandan y de los que quieren mandar. Estamos alejándonos de los países que sí están previendo lo que viene.

–¿Piensa que hay actividades a las que nunca llegará la IA por la superioridad de la mente humana? ¿Cuáles?

–Esta es una gran pregunta. Mi respuesta honesta es que «nunca» es mucho decir, porque la historia de la tecnología nos ha enseñado a ser humildes en nuestras predicciones. La tecnología ha acabado haciendo muchas cosas que creíamos exclusivas de los humanos (volar, jugar al ajedrez mejor que un gran maestro, etc.). Ahora bien, sí creo firmemente que hay ámbitos donde la mente humana tiene una superioridad que la IA no alcanzará al menos en un futuro previsible, y quizá nunca de forma completa. Son actividades ligadas a nuestra conciencia, emociones, creatividad genuina, moralidad y sociabilidad profunda. Por ejemplo, todas las tareas que implican empatía, conexión emocional real, compasión, en definitiva, inteligencia emocional, siguen siendo territorio humano por excelencia. Pensemos en el cuidado de personas: acompañar a un anciano que se siente solo, atender a un niño asustado, apoyar emocionalmente a alguien que sufre. Un robot o una IA pueden ayudar físicamente; pueden hasta simular ciertas respuestas, pero no «sienten» realmente. La calidad de interacción humana que brinda un buen cuidador o un terapeuta es muy difícil de replicar: de hecho, se advierte que en escenarios donde se requiere empatía y juicio complejo. Un robot no está a la altura de un ser humano. En sectores como la educación, la psicología, el trabajo social, la enfermería de cuidados paliativos, etc., la calidez humana, la ética y la intuición son insustituibles. Podemos usar IA como apoyo (por ejemplo, un tutor virtual que detecte dificultades de un alumno), pero la guía y motivación de un gran maestro humano o la compasión de un psicólogo humano son únicas.

Hay ámbitos donde la mente humana tiene una superioridad que la IA no alcanzará al menos en un futuro previsible, y quizá nunca de forma completa

Otro ámbito es la creatividad verdaderamente original y el pensamiento estratégico en contextos totalmente nuevos. Aquí matizo: es cierto que las IA creativas nos han sorprendido componiendo música, pintando cuadros o escribiendo poemas, pero lo hacen recombinando patrones existentes, aprendidos de obras humanas previas. La chispa de la creatividad humana, la capacidad de inventar algo verdaderamente nuevo sin un patrón previo, o de encontrar belleza en lo inesperado, es algo profundamente ligado a nuestra experiencia vital y a nuestra conciencia. La IA generativa nos puede ayudar, y de hecho muchos artistas la están usando como herramienta, pero no reemplaza la creatividad humana auténtica.

Marc Vidal, durante una conferencia.

Marc Vidal, durante una conferencia.

–¿Llegará un día en que la IA también simule esas facetas perfectamente?

–Quién sabe. Hay quien dice que, con suficiente avance, una IA podría incluso tener consciencia o emular emociones. Personalmente, lo dudo. Puede que la IA nos iguale en muchas tareas intelectuales, e incluso nos supere en velocidad o memoria, pero la combinación de razón, emoción, ética y creatividad de la mente humana es algo muy singular. Nuestra mente no solo procesa información, sino que siente, sueña, imagina... Eso, de momento, ningún algoritmo lo hace. Así que las actividades que dependen de esas dimensiones profundas, amor, arte, compasión, ética, seguirán siendo nuestro terreno por mucho tiempo, posiblemente para siempre.

–¿Considera que deberían ponerse límites éticos a la inteligencia artificial, por ejemplo, en el terreno militar?

–No soy muy amigo de las limitaciones a la innovación y a la tecnología. Siempre que se hizo, se paralizó un tiempo los avances que suponían. Sin embargo, puede que debamos establecer límites éticos claros al desarrollo y uso de la IA, del mismo modo que la sociedad pone límites a cualquier tecnología poderosa. La cuestión, y esta es la clave, es cómo hacerlo efectivamente sin frenar la innovación beneficiosa. Mi postura es que sí hacen falta marcos éticos y legales, especialmente en aplicaciones de alto riesgo como armas autónomas, vigilancia masiva o manipulación de información, pero no desde el miedo o el desconocimiento, sino con criterio y cooperación internacional. El problema es que se está viendo cómo la regulación se está utilizando para que unos pocos se apropien de esos avances. No se está haciendo por el bien de todos.

Por ejemplo, la privacidad y los derechos individuales: no podemos permitir una IA que viole sistemáticamente nuestra privacidad o nos controle sin garantías. Hoy nuestros datos personales en muchos países ya están siendo manejados por sistemas inteligentes que ignoran la ética y la privacidad. Eso hay que corregirlo: cualquier IA que trabaje con datos sensibles debe respetar principios de privacidad (consentimiento, uso legítimo, anonimización, etc.). No queremos un «Gran Hermano» de IA monitorizando todo lo que hacemos para algún poder corporativo o gubernamental sin nuestro consentimiento. Por tanto, límites en vigilancia masiva: que la IA no se use para oprimir, para crear sistemas de control social invasivo (pienso en cosas tipo «sistema de crédito social» algorítmico si no se ajusta a derechos humanos, o reconocimiento facial indiscriminado en la vía pública sin bases legales claras).

Hacen falta marcos éticos y legales, especialmente en aplicaciones de alto riesgo como armas autónomas, vigilancia masiva o manipulación de información, pero no con criterio y cooperación internacional

Además, hay que abordar la equidad y la no discriminación en los algoritmos. Las IA pueden heredar sesgos de sus datos de entrenamiento y tomar decisiones injustas (en contratación de personal, concesión de créditos, evaluación policial, etc.). Éticamente, debemos exigir transparencia y equidad en esos sistemas, que haya forma de auditarlos y corregir sesgos. Se habla de extender marcos legales a los robots: ¿necesitamos nuevas leyes, o adaptamos las existentes? Seguramente un mix. Hay expertos proponiendo reformular conceptos legales para casos con robots. Es un terreno complejo: ¿quién es culpable si un coche autónomo atropella a alguien? ¿El fabricante, el programador, el «conductor»? La ética de la IA tiene que dar esas respuestas.

Ahora, dicho esto, también advierto que regular en exceso o mal puede ser contraproducente. Europa, por ejemplo, ha sacado una Ley de IA con buena intención (garantizar sistemas seguros y alineados a valores), pero me preocupa que si es demasiado rígida acabe frenando la innovación europea y dejándonos atrás. No queremos un «continente miedoso» que solo pone trabas mientras otros desarrollan la IA. Los límites éticos deben ponerse con inteligencia: prohibir lo claramente inaceptable, controlar lo de alto riesgo, pero fomentar a la vez la experimentación responsable. Es mejor, por ejemplo, invertir en educación ética de ingenieros y usuarios, que todos comprendan las implicaciones, más que simplemente asustar o prohibir sin más. La ética debe integrarse en el diseño de la tecnología desde el principio, no como un freno final.

–¿Qué empresas y países ve claramente por delante en el desarrollo de la IA, cuáles van claramente por detrás y qué consecuencias puede tener para ellos? ¿En qué posición ve a España y a Europa? ¿Qué estamos haciendo bien y/o mal?

–En la carrera global de la IA hay dos gigantes indiscutibles en cabeza: Estados Unidos y China. Son las dos superpotencias tecnológicas y están invirtiendo cantidades astronómicas en IA, tanto en el sector privado como con apoyo público (especialmente en China). Estados Unidos lidera claramente en inversión privada en IA, con alrededor del 40-45 % de toda la inversión mundial. Para dar contexto: en 2024, de unos 250.000 millones de dólares invertidos globalmente en IA, EE.UU. aportó unos 109.000 millones (43 %). Esto es enorme. EE.UU. marca la pauta en muchas de las innovaciones y establece estándares de facto (por ejemplo, sus modelos de lenguaje dominan el mercado global, sus patentes de IA lideran). Aunque hay un problema que relató recientemente el economista de Harvard, Furman, que dice que el crecimiento de EEUU depende en gran medida de que este gasto se mantenga. Ojo con eso.

China, por su parte, va codo con codo en ciertos aspectos. El gobierno chino ha hecho de la IA una prioridad nacional, invirtiendo muchísimo y fomentando a sus campeones tecnológicos. China ha avanzado en IA aplicada a reconocimiento facial, fintech, comercio electrónico, robótica, etc., a un ritmo vertiginoso. En investigación, de hecho, China ya produce más publicaciones científicas sobre IA que cualquier otro país (más del 40 % de las publicaciones recientes), aunque en calidad Estados Unidos aún destaca en muchas métricas. Si medimos patentes y modelos punteros, EE.UU. sigue un paso adelante, pero China le sigue de cerca y en algunas áreas incluso lidera en despliegue (por ejemplo, ciudades chinas hipervigiladas con IA, o la adopción masiva de vehículos autónomos en entornos controlados). Quien domine la IA, dominará sectores económicos enteros. China y EE.UU. lo saben, por eso compiten ferozmente por la supremacía en IA.

Quien domine la IA, dominará sectores económicos enteros. China y EE.UU. lo saben.

¿Y quiénes van rezagados? En general, muchos países en desarrollo aún no pueden invertir fuerte en IA y corren el riesgo de quedarse muy atrás. Si África, gran parte de Latinoamérica o el Sudeste Asiático (salvo excepciones) no se suben al tren de la IA, esa brecha tecnológica aumentará la brecha económica. Un país «por detrás» en IA dependerá de importar tecnología, perdiendo soberanía digital. Entre las economías avanzadas, Europa lamentablemente va por detrás de EE.UU. y China en esta carrera. Tenemos grandísimos investigadores europeos en IA, centros de excelencia y startups prometedoras, pero fallamos en convertir eso en campeones empresariales globales. Por ejemplo, en la lista de las mayores empresas de IA no hay ninguna europea al nivel de Google o Alibaba. Se citan iniciativas como Mistral AI en Francia, Aleph Alpha en Alemania o Stability AI en Reino Unido, pero ninguna ha logrado aún competir de tú a tú con los grandes laboratorios americanos o chinos. Europa tiene mucha fragmentación y menos inversión privada en comparación. Para que te hagas una idea, en 2024 la inversión privada en IA en todo Europa fue una fracción pequeña. EE.UU. invirtió casi 12 veces más que China y 24 veces más que el Reino Unido en IA privada ese año.

–¿Y España?

–Ahora mismo no está en la vanguardia de la IA global. Seamos francos. Tenemos buenas universidades, centros de investigación y algunas empresas innovando, pero nuestro tejido económico no es intensivo en alta tecnología. Dependemos mucho de sectores tradicionales (turismo, construcción, servicios), y aunque eso está cambiando lentamente, la adopción de IA en las empresas españolas aún es baja. La mayoría de empresas en España todavía ni utilizan IA, y las que lo hacen se limitan a cosas sencillas (análisis de datos, optimización de procesos), y sobre todo son grandes corporaciones. Tenemos, eso sí, algunas grandes compañías involucradas en IA, pero aún es insuficiente. Nos falta una estrategia de país más potente. Lo bueno: España está empezando a reaccionar, por ejemplo subiendo en la robotización industrial. Ya en 2021 éramos el 13º país del mundo en densidad de robots industriales. Hemos pasado de 70 a 113 robots por cada 10.000 trabajadores en cinco años. Eso muestra un progreso. Si seguimos por ahí, podemos modernizar sectores como la manufactura y mejorar productividad. También se están creando másteres y cursos de IA en muchas universidades; la generación joven viene con más habilidades digitales.

Seamos francos: España no está ahora en la vanguardia de la IA global

El problema no es España: es que España está bajo el formato europeo en IA. Y Europa se obsesiona con regularlo todo antes de tener la tecnología.

Como suelo decir, en Europa últimamente no creamos tecnología transformadora: solo regulamos la que viene de fuera. Nos pasó con Internet: mientras aquí debatíamos y poníamos trabas, al final la red quedó en manos de empresas americanas. Con la IA temo lo mismo: vamos despacio, discutiendo riesgos (que existen, claro), mientras otros corren aprovechando las oportunidades. Europa parece atrapada en el discurso del miedo a la IA, enfatizando solo peligros, a diferencia de países como EE.UU. (en su faceta emprendedora), Singapur o Japón, que destacan oportunidades. Eso es un error estratégico. La UE intenta coordinar, pero no siempre es eficaz.

–¿Qué consecuencias tiene ir tan rezagado?

–Ya se vislumbran: Europa depende de EE.UU. y Asia para muchas herramientas de IA. Eso se traduce en menos crecimiento, menos empleos de calidad y, en suma, pérdida de peso geopolítico. Ningún europeo quiere quedarse en un segundo plano en la era digital, pero ese riesgo es real si seguimos lentos y divididos. En España, por ejemplo, si no integramos IA rápido en nuestro modelo productivo, podríamos ver cómo otros países nos sacan más ventaja y algunas de nuestras industrias quedan obsoletas.

Para ser justo, no todo es negativo. Europa tiene fortalezas aprovechables: talento (muchos ingenieros excelentes salen de nuestras universidades), un gran mercado común, y compromiso social para que la transición sea justa. Si logramos coordinar políticas, aumentar la inversión (pública y privada) en innovación, y a la vez mantener nuestros valores, Europa podría posicionarse como líder en IA confiable y centrada en el humano. Pero el tiempo apremia. España en particular debería mejorar la educación digital, facilitar que startups tecnológicas crezcan aquí (evitar que se tengan que ir al extranjero a buscar financiación), incentivar a nuestras empresas tradicionales a adoptar IA (quizá con desgravaciones o apoyos), y atraer/ retener talento, por ejemplo simplificando visados para expertos extranjeros, repatriando científicos españoles que están fuera con proyectos potentes.

–¿Cómo ve el futuro?

–Estamos ante el principio de un nuevo mundo. Lo repito mucho porque de verdad lo creo. La IA no es el fin del mundo, sino el principio de uno nuevo: una nueva era con desafíos, pero también con oportunidades inmensas. Como cualquier revolución tecnológica, da miedo al principio; es normal sentir vértigo. Pero si algo nos enseña la historia es que prohibir o temer la tecnología no detiene el progreso: solo consigue que ocurra en otra parte. En los años 90, algunos países (recuerdo el caso de Italia) intentaron frenar Internet por miedo a cambiar el statu quo de la televisión y medios tradicionales y solo lograron quedarse atrás unos años. No repitamos ese error con la IA.

Ya se vislumbran aplicaciones maravillosas: descubrimiento de nuevos fármacos en tiempo récord, optimización radical de la energía...

La IA es una herramienta potentísima, pero al servicio de lo que queramos hacer con ella. No tiene voluntad propia ni un destino prefijado: somos los humanos los que decidimos cómo integrarla en la sociedad. Podemos usarla para liberar tiempo de trabajo rutinario y centrarnos en lo verdaderamente humano, para mejorar la medicina, la educación, para aumentar nuestras capacidades intelectuales y creativas. Por ejemplo, ya se vislumbran aplicaciones maravillosas: descubrimiento de nuevos fármacos en tiempo récord, soluciones ecológicas como enzimas que coman plásticos en el océano, optimización radical de la energía, traducción automática que rompe barreras lingüísticas, en fin, un mundo de abundancia y eficiencia bien entendida.

–Mal futuro si los humanos no dominamos la IA.

–Quiero destacar también el valor de las habilidades humanas en esta era, porque es nuestro as en la manga. Siempre digo: «Sé la persona que complementa a la IA, no la que compite contra ella». Cultivemos la creatividad, la empatía, la capacidad de aprender continuamente. Al final del día, las personas somos las que soñamos, las que damos sentido a las cosas. Ninguna máquina tiene aspiraciones o ética propias. Por eso el futuro del trabajo, de la economía y de la vida en la era de la IA debe ser humanocéntrico. La IA nos puede hacer libres si nosotros tomamos las riendas, o puede hacernos dependientes si nos dejamos llevar sin más. Y francamente, prefiero un futuro donde la IA nos libere de cargas innecesarias para que podamos enfocarnos en lo que importa: la innovación, el arte, el cuidado de unos a otros, la exploración.

Para España y Europa, añadiría: no tengamos complejo de inferioridad tecnológico. Podemos aportar mucho. Tenemos talento, cultura, diversidad. Si unimos esas fortalezas con la tecnología, podemos ser relevantes. Necesitamos más ambición. Singapur entrena a todos sus ciudadanos mayores en IA; ¿por qué nosotros no hacemos algo así de audaz? No me respondas, creo que ambos sabemos donde está el problema. Pero bueno...

–¿La IA es cosa de frikis?

–No, y debe democratizarse su conocimiento. Me encantaría ver en España un gran pacto por la formación digital, desde escuelas hasta reeducación de trabajadores en activo. Porque la peor brecha no es solo la digital: es la brecha de mentalidad. Si seguimos pensando que «esto de la IA va de robots que nos quitan empleos», nos quedaremos en la queja. Mejor pensemos «¿cómo puedo yo usar la IA para hacer mejor mi trabajo o crear algo nuevo?».

Soy optimista, pero no ingenuo. Viene una transformación enorme, la más grande que hemos vivido los que hoy estamos vivos, comparable al impacto que tuvo Internet, pero multiplicado por mil. Habrá disrupciones en empleos, en cómo nos relacionamos, incluso debates filosóficos sobre qué es ser humano. Pero no es una amenaza inevitable: es una herramienta poderosa. Nos toca decidir cómo la incorporamos a nuestro proyecto de civilización. Si lo hacemos con inteligencia, ética y valentía, la IA puede inaugurar una era de prosperidad y desarrollo humano sin precedentes. Si no, si la dejamos en manos de unos pocos o la frenamos por miedo, podríamos perder un tren crucial.

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