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Médicos, en un quirófano

Médicos en un quirófano

La precariedad de los médicos: sueldos de 33.000 euros y hasta diez años para tener una plaza fija

Detrás del supuesto «sueldo de ministro», miles de facultativos sostienen la sanidad pública con un cansancio que ni cotiza ni se reconoce

Se les ubica en la clase alta, pero omiten que alcanzar tal estatus requiere hacer guardias, turnos nocturnos, festivos y horas extra (que no computan para su pensión) o compaginar su plaza pública con jornadas como autónomos en el sector privado. Son médicos, pero también supervivientes de un sistema que aprieta, ahoga y exige más de lo que devuelve. Aun así, la vocación les impide colgar la bata, incluso al 26 % que encadena entre 11 y 20 años en situación de temporalidad, según informa la Organización Médica Colegial. Invierten una década entre bibliotecas y renuncias personales para terminar a sosteniendo la salud del país, al tiempo que intentan preservar la suya propia. También la paciencia, cuando un paciente les corrige apoyándose en lo que le ha dicho ChatGPT.

El pasado febrero, la ministra de Sanidad hizo una comparación (más o menos afortunada, en función de a quien preguntes) consecuencia del falso relato que se ha construido alrededor de este colectivo de profesionales. Mónica García aseguró que no creía que los facultativos estuvieran mal pagados en España, pues «cobran de media como un ministro». Sin tener en cuenta la gran variabilidad que existe entre comunidades, la media salarial nacional de un médico ronda los 32.376 euros brutos al año (o 2.699 euros mensuales), aunque el sueldo base de quienes acaban de incorporarse apenas supera los 24.000 euros, tal como revelan datos de la plataforma Talent.com.

El resto proviene de complementos por guardias y horas extra, que pueden representar hasta el 60 % del salario total. Y es que un buen mes –en términos económicos, que son indirectamente proporcionales al nivel de salud, ya que supone hacer una media de diez guardias de 24 horas al mes– pueden facturar hasta 4.000 extra (dependiendo también de la especialidad).

Un médico necesita entre cinco y siete años de experiencia para alcanzar un salario «decente» (o, al menos, acorde a su formación y responsabilidad social) y situarse entre los 45.000 y 50.000 euros anuales. Por supuesto, hablamos de los afortunados que han conseguido una plaza fija, dado que la mitad de los médicos surfea condiciones laborales aún más precarias firmando contratos temporales. Apenas un 15 % de los facultativos encuentran contrato estable tras el MIR. Lo habitual son hasta diez años de espera y de incertidumbre. Un informe de la Federación de Sindicatos Médicos (FSE) concreta que los facultativos acceden a una plaza fija entre los 3 y 5 años en hospitales de nivel 1 y 2, mientras que, en hospitales de tercer nivel, este tiempo puede extenderse de 7 a 10 años por la falta de vacantes.

Se les exige ser infalibles, pero trabajar como si fueran reemplazables. La realidad que se encontró Marta Vila, ginecóloga en Barcelona, al acabar sus estudios hizo añicos las expectativas de una niña que confiaba en que la medicina era una lucha noble. «Somos una generación de médicos agotada física y emocionalmente. Por un lado, los pacientes exigen, pero no confían». Por el otro, «una maquinaria que deshumaniza a todos: a quienes cuidan como a quienes son cuidados», añade Vila, que asegura no querer ser cómplice de ese engranaje.

Que no se hable de ello —para evitar un efecto dominó— no significa que no exista, del mismo modo que la realidad no desaparece por no compartirla en redes. Existe, aunque haya un consenso de silencio. Así bien, los trastornos psicológicos aparecen antes y con más fuerza en los profesionales sanitarios que en otros grupos. Y, más concretamente, el suicidio es entre dos y tres veces superior al de la población general si atendemos a las cifras de la OMS.

Los médicos lidian con las circunstancias más duras de la vida en déficit de apoyos institucionales y exceso de carga asistencial. Ese desequilibrio explica por qué uno de cada cuatro sufre burnout (síndrome de desgaste profesional), una combinación de cansancio emocional, despersonalización y pérdida de sentido del trabajo. La estadística procede del Instituto de Salud Carlos III, la misma institución que advierte de que las consecuencias no solo afectan al bienestar de las plantillas, sino también a la calidad de la atención y al funcionamiento del sistema sanitario.

Ningún día libre

La doctora explica cómo puede llegar a lucir una jornada típica en la sanidad pública si se quiere llegar al sueldo que se presupone base. Teniendo en cuenta su experiencia, la semana arrancaría con una guardia de 24 horas, que incluye «atención de urgencias, quirófano si es necesario, seguimiento de ingresos y, en ocasiones, intervenciones complejas». El día siguiente amanece en modo supervivencia y se destina a la recuperación (o, al menos, se intenta). «Posible trabajo administrativo ligero: gestión de historias clínicas, actualización de protocolos, tareas de investigación o formación», explica.

El miércoles combina quirófano por la mañana y consulta por la tarde: «Doble turno», lo llama, que permite sumar horas efectivas «para aumentar ingresos y cumplir con la productividad esperada por el hospital». Porque, aun en un oficio que nació para cuidar, todo se mide en clave de eficiencia y rendimiento. Una vez por semana se baja la marcha con consultas externas, tareas administrativas y la tarde libre. Un respiro cada siete días que dura lo que tarda en llegar el viernes, cuya mañana es siempre laborable. «Dos viernes al mes hay doble turno. Se incorporan horas extra por la tarde, sumando productividad y complementos por jornada prolongada». Estas maratones asistenciales son esenciales para acercarse al nivel de ingreso de ‘clase alta”.

Por último, los fines de semana no significan pausa, sino guardia, aunque es la mejor remunerada. En particular, realiza una guardia presencial una vez al mes, «viernes y domingo o solo sábado», detalla. Y, como si el cuerpo no tuviera límite, queda aún la guardia localizable. «Una semana al mes implica estar disponible 24/7 por teléfono y acudir al hospital si surge una urgencia quirúrgica. Aunque no siempre es necesario desplazarse al centro, esta disponibilidad tiene retribución específica y añade estrés adicional.»

Les roban los años universitarios, su trayectoria profesional y la salud, aprovechándose así del amor que despierta esta profesión entre los valientes que deciden cursarla. Lo hacen bajo la promesa de un futuro estable que pocas veces llega. Porque, en España, ser médico no siempre significa vivir de la medicina, sino sobrevivir a ella.

Entre la temporalidad, disfunción del sueño y una administración preocupada solo por los números, siguen sosteniendo la sanidad pública movidos por una vocación que resiste al desgaste. Como Marta, hay quienes aún creen en lo que hacen, aunque la red sanitaria les haya dado la espalda. Son los mismos que siguen de guardia cuando los demás dormimos; los que cuidan a un país y resisten siendo fieles a un sistema que hace tiempo dejó de protegerlos.

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