El catedrático de la Universidad San Pablo CEU y Villanueva, Rafael Pampillón.
Los economistas ante el año que comienza (III)
Rafael Pampillón: «2026 no será un año de crisis, pero tampoco de comodidad, y eso es muy peligroso»
El catedrático afirma que España sigue creciendo, «pero creciendo mal», y apunta que prestaciones como el Ingreso Mínimo Vital no deberían seguir ampliándose sin una evaluación rigurosa de sus efectos
El catedrático de la Universidad CEU San Pablo y de la Universidad Villanueva Rafael Pampillón ve el año que entra con gran cantidad de oportunidades, pero también con peligros y desafíos inminentes. España no es el país mejor situado, y Europa está atravesando una crisis preocupante, según este experto.
—¿Cómo espera que sea 2026 desde un punto de vista económico?
—2026 no va a ser un año de crisis, pero tampoco será un año cómodo, y eso, en economía, suele ser lo más peligroso. No habrá un gran colapso que obligue a reaccionar, pero sí una sucesión de pequeñas decepciones que, acumuladas, generarán malestar social y desgaste político.
La economía mundial seguirá creciendo, pero lo hará a menor intensidad. Estados Unidos resistirá mejor, Asia avanzará a distintas velocidades, y Europa continuará instalada en una especie de anemia crónica. Creceremos, pero sin entusiasmo. Y cuando una economía crece sin entusiasmo, la política se vuelve más agresiva y la sociedad más impaciente.
Mis principales preocupaciones son tres. 1) La fragmentación económica: menos comercio, más barreras, más ruido geopolítico. El mundo se está haciendo más caro, más ineficiente y más inseguro para invertir. 2) Europa, que sigue siendo el gran enfermo silencioso: no colapsa, pero tampoco despega. Y 3), la brecha entre la narrativa tecnológica y la realidad social. Se habla mucho de inteligencia artificial, de productividad futura y de revoluciones, pero en 2026 mucha gente seguirá sin notar mejora alguna en su salario real ni en su calidad de vida.
Dicho esto, también hay oportunidades. La inversión en tecnología, en automatización y en eficiencia energética puede ser un motor real si se hace bien. Pero aquí hay una advertencia importante: la inteligencia artificial no crea empleo masivo a corto plazo. Crea productividad y más rentas para aquellos que saben usarla. Si no se acompaña de reformas educativas, puede aumentar más la desigualdad que el bienestar.
—¿Cómo afectan esas preocupaciones y oportunidades a la economía española?
—España llega a 2026 creciendo, pero creciendo mal. Y esta es una diferencia crucial que solemos ignorar.
Nuestro crecimiento es, en gran medida, demográfico y extensivo: más población, más turistas, más empleo, pero no necesariamente más productividad. En 2026 España recibirá en torno a 500.000 inmigrantes adicionales, lo que nos llevará a los 50 millones de habitantes. La población crecerá algo por encima del 1 % anual, mientras que el PIB lo hará alrededor del 2 %. El resultado es evidente: la renta per cápita apenas crecerá un 1 %. Esto tiene una consecuencia fundamental: la renta per cápita española no converge con la europea. La Unión Europea crecerá menos en PIB, pero también tiene un crecimiento poblacional muy bajo. Eso hace que su renta per cápita avance a un ritmo similar al nuestro. Crecer al 2 % ya no basta si creces en población al 1 %. Es una aritmética incómoda, pero implacable.
A esto se le suman problemas muy concretos. El primero es la inflación en lo cotidiano. Aunque los datos oficiales digan que el IPC se modera, la gente sigue notando que el supermercado, el alquiler, o salir a cenar es cada vez más caro. Y aquí hay un punto clave: la vivienda no pesa lo suficiente en el IPC, pero pesa muchísimo en la vida real. Eso genera una sensación de empobrecimiento que los gobiernos subestiman sistemáticamente.
El segundo problema es el sector exterior. España depende de una Europa débil y, además, ha perdido competitividad relativa por inflación y costes. Exportar es más difícil cuando tus clientes están cansados y tus precios suben más que los suyos.
¿Oportunidades? Sí, claro. El turismo seguirá funcionando como colchón, aunque a un coste social elevado. La digitalización y los fondos europeos pueden ayudar, pero solo si se ejecutan con criterio económico y no político. Y la tecnología puede elevar productividad, pero no automáticamente ni por decreto.
—¿Qué deficiencias de la economía española habría que atajar ya? ¿Qué no debería avanzar más? ¿Qué reformas haría cuanto antes?
—Si tuviera que señalar un solo problema, sería la vivienda. La vivienda se ha convertido en el gran cuello de botella de la economía española y en el principal generador de frustración social. Sin vivienda asequible no hay emancipación, no hay movilidad laboral, no hay atracción de talento y no hay cohesión social. Regular precios sin aumentar oferta es, sencillamente, negar la realidad.
El segundo gran problema es la productividad. España sigue creciendo por acumulación —más gente, más consumo, más inflación, más empleo (de baja productividad), más turismo—, no por eficiencia. Esto es insostenible en el largo plazo. Necesitamos invertir más y mejor, ayudar a las pymes a escalar.
En cuanto al mercado laboral, hay que decir algo incómodo: subir, desde hace 3 años, sistemáticamente los costes laborales no salariales (cotizaciones sociales) en una economía de baja productividad es una mala idea. Puede ser bienintencionado, pero acaba penalizando la contratación, sobre todo de jóvenes. El resultado serán menos oportunidades de entrada en el mercado de trabajo.
Respecto al gasto social, el problema no es ayudar, sino cómo se ayuda. Prestaciones como el IMV -Ingreso Mínimo Vital- no deberían seguir ampliándose sin una evaluación rigurosa de sus efectos. Si una ayuda pública desincentiva el empleo o cronifica la dependencia, hay que corregirla. Proteger a los vulnerables no puede significar resignarse a que lo sigan siendo.
Las reformas urgentes son conocidas, pero políticamente incómodas: vivienda, educación bien orientada, mercado laboral más flexible y un sistema fiscal que no castigue la inversión productiva. Nada de esto es revolucionario. Lo revolucionario es no hacerlo.
—¿Qué recomendaciones de inversión daría a los consumidores para 2026?
—2026 no será un año para hacerse rico, pero sí para equivocarse menos. Mi recomendación general es simple y con poco glamur: liquidez suficiente, diversificación y paciencia. En un mundo incierto, sobrevivir es la primera forma de éxito.