El coste de la guerra para Estados Unidos: una sangría diaria que hipoteca recursos del mañana
EE.UU. aún tiene la capacidad de sostener un esfuerzo militar considerable sin que su economía colapse. Pero esa capacidad no es infinita y no es gratis
El presidente de EE.UU., Donald Trump (C), saluda durante el 126.º Partido del Ejército y la Armada
En los últimos años, Estados Unidos ha vuelto a situar el gasto militar en el centro del debate económico y político. En un contexto de deuda pública elevada y con tensiones geopolíticas crecientes, surge una pregunta inevitable: ¿hasta qué punto es asumible esta guerra para las arcas públicas americanas?
En primer lugar, es necesario entender la magnitud del aparato militar estadounidense. El presupuesto de defensa de Estados Unidos ronda actualmente 1 billón de dólares anuales, lo que equivale al 3,3 % de su PIB. Esta cifra, por sí sola, ya supera con creces la suma de todo el gasto militar del resto de sus aliados de la OTAN. Entre todos gastan 510.000 millones. Sin embargo, el verdadero coste de una guerra no se limita al presupuesto militar, los conflictos activos implican gastos adicionales, que pueden dispararse rápidamente.
Las tensiones con Irán están costando a EE.UU. alrededor de 1.000 millones de dólares al día. ¿Dónde va ese dinero? Al envío de material militar (misiles, tanques, drones y munición), armamento, sistemas de defensa y apoyo logístico. A ello se suman los gastos operativos: despliegue de tropas, mantenimiento de bases, inteligencia estratégica, transporte y reposición de equipos. Además del coste de llevar todo ese material al campo de batalla, mediante aviones militares, barcos, combustible y personal logístico.
Ahora bien, ¿es esto una sangría para la economía estadounidense? La respuesta es compleja. Por un lado, el tamaño de la economía de Estados Unidos, superior a los 30 billones de dólares en 2026 (el de España se calcula en 2 billones de dólares), le permite absorber gastos significativos sin colapsar. A diferencia de economías más pequeñas, Washington tiene una capacidad extraordinaria para financiar déficits públicos mediante la emisión de deuda, respaldada por el papel del dólar como moneda de reserva global.
El coste de oportunidad
Además, cada dólar destinado al esfuerzo bélico es un dólar que no se invierte en infraestructuras, educación, sanidad o innovación civil. Esto puede tener consecuencias a largo plazo sobre el crecimiento económico y el nivel de bienestar del país. A ello se une que, en conflictos prolongados, una parte importante del coste no se percibe de inmediato. Los veteranos de guerra requieren atención sanitaria durante décadas y las pensiones para los militares aumentan. Por otro lado, el equipo militar utilizado en la guerra genera más gastos de mantenimiento que en tiempos de paz.
A corto plazo, el gasto militar puede estimular ciertos sectores económicos. Las empresas de defensa, tecnología y logística se benefician de contratos públicos, lo que genera empleo y actividad. Sin embargo, este estímulo es selectivo, y no necesariamente se traduce en un crecimiento a largo plazo. Es más, una economía demasiado dependiente del gasto militar (el caso, por ejemplo, de Corea del Norte) puede perder dinamismo en los sectores civiles mucho más dirigidos a aumentar el bienestar de sus ciudadanos.
Entonces, ¿cada día de guerra en el Golfo Pérsico es una sangría para EE. UU.? Desde un punto de vista fiscal, sí. Cada jornada de conflicto implica muchos cientos de millones de dólares de gasto adicional.
En definitiva, Estados Unidos aún tiene la capacidad de sostener un esfuerzo militar considerable sin que su economía colapse. Pero esa capacidad no es infinita. La guerra, incluso en su forma más indirecta, no es gratis. Cada día de contienda suma una factura que, aunque asumible en el corto plazo, puede convertirse en una carga permanente si se prolonga en el tiempo.
Trump siempre se acaba acobardando
Quizás lo más desmoralizante, en la Guerra de Irán, es la falta de objetivos claros de la Administración Trump. O, mejor dicho, la constatación de que esos objetivos van cambiando sin una explicación convincente. Primero, se trataba de acabar con la capacidad nuclear de Irán. Luego, había que cambiar el régimen de los ayatolás. Más adelante, reabrir el estrecho de Ormuz y estabilizar el precio del petróleo. Una comunicación errática, que ha provocado la crítica de aliados, de medios de comunicación e incluso de figuras del movimiento MAGA.
La Casa Blanca da la sensación, en los últimos días, de querer buscar una salida negociada. Si esto fuera cierto, se cumpliría el acrónimo que ya circula en la política americana: TACO. Es decir, Trump Always Chickens Out (Trump siempre se acaba acobardando).
- Rafael Pampillón es profesor de la Universidad CEU-San Pablo y del IE Business School.