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Alberto Pascual es director general de Ingram y presidente de la asociación tecnológica Aslan.

Alberto Pascual es director general de Ingram Micro y presidente de la asociación tecnológica Aslan.

Alberto Pascual, experto en tecnología: «Pregunté a la IA por Pedro Sánchez y me respondió que nació en Marruecos. No sustituirá a los humanos»

Este especialista sostiene que la inteligencia artificial no podrá reemplazar comportamientos humanos como la intuición, la abstracción o la empatía, y que debe usarse para ampliar las capacidades humanas

El impacto de la inteligencia artificial sobre el empleo y los medios de comunicación, el reto de los centros de datos y la energía que necesitan, los ataques informáticos y la protección de la información de los consumidores… El avance de la tecnología tiene muchas consecuencias sobre nuestra vida. Las analizamos con un especialista de primera línea: Alberto Pascual, director general de Ingran Micro, presidente de Aslan, una asociación de más de 200 empresas tecnológicas nacida en 1989, y patrono de la cátedra de Ciberseguridad de la Universidad San Pablo CEU.

—¿En qué medida afectará la inteligencia artificial a nuestros empleos?

—Está sucedienco lo mismo que ha ocurrido en cualquier revolución tecnológica anterior. Siempre que ha surgido una tecnología que mejorase o sustituyese alguna tarea que hacían los humanos, se ha generado la duda de si iba a sustituir puestos de trabajo o iba a convertirlos. Ocurrió en la primera Revolución Industrial con los telares y los luditas destrozando telares porque iban a robarles sus empleos. La realidad es que, a lo largo de la historia, el balance siempre ha sido netamente positivo en cuanto a la creación de puestos de trabajo. Desaparecían unos y se creaban otros. Cuando desaparecieron los coches de caballos, llegaron los automóviles, que reclamaron otros perfiles, y ahora viene el vehículo autónomo, con el que desaparecen los conductores, pero harán falta otros perfiles en la gobernanza del vehículo. Nada hace pensar que esta vez vaya a ser diferente, aunque ya hay áreas en las que se está sustituyendo a los humanos. Está habiendo más problemas para la entrada de perfiles junior en las empresas. Las tareas de documentación o elaboración de informes que hacen puede realizarlas la inteligencia artificial, pero quienes confían solo en la IA sin añadir un valor más humano, están empezando a tener dificultades. La inteligencia artificial hace muy bien dos cosas. Una es la inferencia deductiva, que tienen que ver con la lógica aristotélica. La programación tradicional convencional ya ha sido capaz de automatizar esa lógica aristotélica con la inteligencia artificial. La otra es que hemos dado un paso más con la codificación de esa lógica, y que se ha traducido en las inferencias inductivas: el reconocimiento de patrones. Pero hay un tercer tipo de inferencia, la abductiva, que hacemos los humanos, que tiene que ver con la abstracción, con la intuición, con la empatía que gobierna las decisiones que tomamos, que va a ser difícilmente reemplazable, porque no sabemos cómo funciona. Es lo que en el ámbito médico llamamos el ojo clínico. Precisamente los médicos llevan mucho tiempo detrás del ordenador, absorbidos por el trabajo burocrático. Ahora la IA podrá resolverles esas tareas burocráticas y ellos podrán aportar ese ojo clínico que solo el humano es capaz de aportar. Esto ya está sucediendo en muchos ámbitos en los que la IA no sustituye las capacidades humanas, sino que las amplifica. El que no lo vea de este modo y no utilice la IA como una ventaja para amplificar capacidades humanas, no para sustituirlas, tiene un problema.

La IA está realizando tareas que efectuaban los recién entrados a las empresas, pero todas las revoluciones se han saldado con una creación de empleo

—En algunos campos se nota una resistencia al cambio. En Madrid, por ejemplo, hay que seguir yendo a un polideportivo a alquilar una pista de baloncesto en la mayoría de los casos cuando se podría hacer el trámite por Internet. Por otra parte, la inteligencia artificial está entrando de lleno en los contenidos de los medios de comunicación, cogiendo contenidos en lo que toda la vida ha sido una infracción de los derechos de autor. ¿Cómo ve ambos fenómenos?

—La resistencia al cambio se da en España y en todo el mundo. Forma parte de la naturaleza humana. Nos cuesta romper con nuestras rutinas, con nuestros hábitos. Lo que precipita el cambio es la percepción de amenaza, de que si no lo hacemos nosotros, alguien lo hará, y mejorará su productividad, su modelo de negocio, o ambas cosas, y nos quedaremos fuera. Alguien detectará una oportunidad en el alquiler de pistas que comentaba si hay un negocio. En cuanto a la entrada de la inteligencia artificial en el mundo del periodismo, habrá gente que consuma noticias directamente de la IA, sin filtros, pero estarán desinformados. La IA hace ahora lo que antiguamente se denominaba juntaletras para calificar a los malos periodistas. Las IA generativas son como loros estocásticos, como dicen algunos, que son capaces de articular cosas de un modo probabilístico. No hacen esa labor periodística de identificar una fuente, certificar que es fiable, contrastar esa información con otras… De trabajar el espíritu crítico y, a partir de ahí, elaborar una información. Voy a contar una anécdota que me ocurrió hace dos años. Pregunté a la inteligencia artificial generativa por Pedro Sánchez, y la verdad es que no hacía ningún juicio político. Daba muchos datos biográficos, y entre ellos comentaba que había nacido en Tetuán, entre paréntesis, Marruecos, cuando realmente se crió en el barrio madrileño de Tetuán, al norte de Cuatro Caminos. Es lo que sucede cuando dejamos que la inteligencia artificial generativa tenga vida propia y no se utilice como una herramienta para aumentar nuestras capacidades; cuando ponemos, en definitiva, el carro delante de los bueyes. Lo que sí es peligroso en el mundo del periodismo es la facilidad para construir noticias falsas. Por eso la Unión Europea, a la que muchas veces regañamos por el exceso regulatorio, acierta ahora al querer exigir que cualquier contenido elaborado con inteligencia artificial sea identificado con ese sello. Y luego, debemos volver a recuperar el espíritu crítico. Estamos pasando de pensar que algo era verdad porque lo decía el telediario a creer ahora que lo es porque lo dice la IA.

La IA es como los antiguos juntaletras, los malos periodistas. Quien solo consuma información de ella, estará desinformado.

—¿Se han aprovechado los fondos europeos Next Generation para transformar nuestra economía?

—No. Hemos perdido una oportunidad histórica. Ha habido proyectos de índole tecnológica que han sido posibles gracias a esa inversión, pero no se han aprovechado todo lo necesario por dos motivos: porque se diseñaron de manera apresurada, las comunidades autónomas no participaron en ese diseño, y luego no era lo que requerían; y porque los plazos de ejecución no eran viables. Ha habido comunidades autónomas que no se han atrevido a empezar a ejecutar lo que les habían adjudicado por miedo a no poder cumplir los plazos y a no percibir los fondos. Son lecciones aprendidas. Debemos quedarnos con la parte positiva de lo que se ha ejecutado, y que han sido proyectos transformadores. Buena parte de los Perte ha empezado a desarrollarse. Somos conscientes de que es necesaria una inversión pública importante, y por eso el Gobierno ya ha anunciado un nuevo fondo, España crece, que estamos esperando que se ejecute. Por otro lado, se creó la Sociedad Española para la Transformación Tecnológica, conocida como la SEPI digital, que no ha funcionado. Se planteó impulsar proyectos cofinanciados, con parte de dinero público y parte privada, pero la parte privada no ha respondido. Por cada euro que ponía el Estado, quedaba desierto el que tenía que poner la parte privada. Es un problema estructural que tenemos no solo en España, sino en toda la UE, y que nos diferencia mucho de un entorno innovador como el de Silicon Valley. No tenemos una estructura de capital riesgo suficientemente desarrollada como para poder abordar esos proyectos de innovación.

Los fondos europeos no se han aprovechado. Hemos perdido una oportunidad histórica.

—De vez en cuando saltan noticias de robos de datos de particulares o empresas, y se habla también mucho de ciberseguridad. ¿Están bien preparadas nuestras empresas y nuestros países para que no haya problemas en este terreno, u ocurran lo menos posible?

—Los conflictos han pasado de desarrollarse en el espacio aéreo, terrestre o marítimo en los años 80 a hacerlo en el espacio, y luego en la tecnología. Todas las potencias están explotando los nuevos escenarios donde pueden desarrollar sus ofensivas y donde pueden desplegar sus aspectos defensivos. Como industria estamos percibiendo que la ciberseguridad es un elemento disuasorio de primer nivel, y con ella pasa lo mismo que con la seguridad física. Atacarán primero una casa que no tenga cámaras de videovigilancia que quien las tenga. La ciberseguridad es el primer elemento disuasorio, pero se ha mostrado insuficiente: los atacantes también utilizan la tecnología para burlar esas defensas. Por eso en los últimos años hemos visto una evolución muy rápida de la ciberresiliencia, de todo lo que son herramientas destinadas a recuperarse de un ataque lo más rápido posible. Y en cuanto a los datos personales, estamos bajo el paraguas de la normativa europea, que es la más restrictiva a nivel mundial en la gestión de datos. En privacidad, en aspectos tan críticos como pueda ser la salud, estamos por delante del resto del mundo.

—Una parte creciente de la inversión en tecnología se está destinando a los centros de datos. ¿Vamos a buen ritmo en España?

—España tiene un entorno privilegiado, porque es el punto de entrada en Europa de las principales vías de comunicaciones de cables submarinos. Además, hicimos muy bien nuestros deberes en los años 90, y tenemos probablemente la mejor red de Europa de comunicaciones fijas y móviles. La hemos evolucionado y hemos sido campeones en el 5G y nos estamos anticipando en el 6G. Tenemos una ventaja competitiva, y también la tenemos en el desarrollo de las energías renovables. Sin embargo, tenemos cuellos de botella en la red de distribución que son difícilmente salvables y difícilmente viables económicamente. Otros países, como Estados Unidos, lo vieron antes, y están utilizando inteligencia artificial para optimizar la red de distribución, y poniendo centros de producción de energía al lado de los centros de datos; incluso construyendo pequeños reactores nucleares al lado de los centros de datos. En nuestro caso, existe ese cuello de botella energético. España produce energía suficiente y a buen precio, pero la red de distribución es insuficiente para llegar capilarmente a esos centros de datos. Deberíamos replantearnos la ubicación de los centros de datos o de energía del modo en el que otros ya lo han hecho. Por otro lado, en octubre de 2024 debía estar traspuesta a España ya la normativa NIIS 2 de ciberseguridad, que afecta tremendamente a la protección de datos. En enero de 2025 empezó a tramitarse por el procedimiento de urgencia, pero todavía no se ha traspuesto. Muchas empresas se han anticipado, y eso hace que estemos más tranquilos, pero lo estaríamos más si ya se hubiese traspuesto y fuese de obligado cumplimiento.

—¿Se están impulsando con la rapidez que se debería?

—Los gobiernos utilizan a veces no le dan importancia a los centros de datos, y ponen como argumento la escasa cantidad de empleos que generan. Durante su construcción es más alta, pero durante la operación hay muchos aspectos que están automatizados. Es un error gravísimo, porque los centros de datos son la herramienta de la nueva economía. No debemos pensar en los puestos de trabajo directos, sino en la enorme cantidad de puestos de trabajo indirectos y en la herramienta que supone para esa nueva economía basada en datos que vienen a impulsar estos centros.

—¿Deberían tener entonces una mayor inversión pública?

—Sin duda. Hay cosas que soluciona el mercado, pero hay otras en donde es importante la contribución pública. La economista Mariana Mazzucato enfatiza desde hace años que los grandes avances tecnológicos que ha habido en economías punteras en nuevas tecnologías han tenido una inversión pública enorme. La innovación supone prueba y error, quemar mucho dinero, y el capital privado suele ser temeroso.

—¿Es rentable operar un centro de datos?

—Es la herramienta principal de esta nueva economía basada en datos. Hay una demanda enorme, y ahora se está incrementando. Estamos viviendo problemas de suministro de componentes por diferentes motivos. Compañías que antes montaban sus sistemas de almacenamiento en sus propios centros de datos, están teniendo que recurrir a centros de datos en modo nube. La demanda de este tipo de servicios está incrementándose, y va a acelerar el retorno de la inversión. Si hoy en día alguien quiere aprovechar las ventajas competitivas de la inteligencia artificial, ha de aprovechar las capacidades que proporcionan los centros de datos.

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