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César Augusto

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¿Es Elon Musk el hombre más rico de la historia? El astronómico patrimonio de figuras como César o Rockefeller

El magnate de los coches eléctricos y los cohetes espaciales parece haber reescrito los límites de lo que un solo individuo puede poseer

El concepto de la riqueza suele medirse con las reglas actuales, una distorsión óptica que nos hace creer que millonarios o multimillonarios de la actualidad son los mas grandes que nunca han existido. En los últimos años, el debate global sobre la opulencia ha estado dominado por el nombre de Elon Musk. Con una fortuna que ha llegado a alcanzar la inimaginable cifra de un billón de dólares tras la salida a bolsa de SpaceX, el magnate de los coches eléctricos y los cohetes espaciales parece haber reescrito los límites de lo que un solo individuo puede poseer.

Cuando se aplica la historia económica el imperio de Musk, aunque colosal, palidece en comparación con el verdadero poder acumulado por unos pocos elegidos del pasado. La diferencia no radica en los números abstractos ajustados por inflación, sino en la naturaleza misma de esa riqueza. Esto es, la capacidad de poseer estados enteros, decidir el destino de emperadores y controlar de forma absoluta los recursos esenciales de la humanidad.

Para entender la historia de las grandes fortunas del pasado debemos detenernos en la Europa del Renacimiento. Un escenario donde la banca y los monopolios comerciales comenzaron a moldear el mundo moderno. Allí emerge la figura de Jacobo Fúcar o Fogger, conocido en su tiempo como Jacobo el Rico. Nacido en la ciudad imperial de Augsburgo en 1459, Fúcar no heredó una corona, pero terminó gobernando una de facto a través del dinero. Su fortuna se cimentó en el textil, pero se expandió gracias a las minas de plata y cobre y, sobre todo, a los préstamos concedidos a la realeza europea, especialmente a la Casa de Habsburgo.

El rigor histórico estima que, en el apogeo de su influencia, hacia 1525, la riqueza de Fúcar equivalía al 2 % de todo el Producto Interior Bruto de Europa. Si tradujéramos esa gigantesca cuota económica a la actualidad, estaríamos hablando de una fortuna equivalente a unos 400.000 millones de dólares. Lo fascinante al comparar a Fúcar con Elon Musk es el factor humano y el control político real.

La fortuna de Musk está ligada a la volatilidad de los mercados financieros y al valor percibido de las acciones de Tesla o SpaceX. Es, en gran medida, una riqueza sobre el papel, expuesta a los vaivenes de un tuit o una mala racha tecnológica. Fúcar, en cambio, poseía activos tangibles e insustituibles como eran las minas que proveían el metal para las monedas de todo un continente. Cuando el rey Carlos I de España necesitó comprar los votos de los príncipes electores para convertirse en el emperador Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico, acudió a Fúcar. El banquero alemán financió su corona y, con ello, se convirtió en el hombre más poderoso de Europa. Redactaba cartas al emperador donde le recordaba que le debía el trono. Musk puede influir en la política moderna a través de plataformas digitales, pero Fúcar literalmente sentaba a los reyes en sus tronos.

Ricos y poderosos

Si viajamos más atrás en el tiempo, la escala de la riqueza se vuelve aún más abrumadora, fusionándose con la soberanía de los imperios. En el siglo XIV África Occidental vio el ascenso de Mansa Musa, el gobernante del Imperio de Mali. Su dominio abarcaba las tierras más ricas en oro del mundo conocido, en un momento en que la demanda europea y asiática del metal precioso era insaciable.

Los cronistas de la época relatan su famosa peregrinación a La Meca en 1324, acompañado por miles de soldados, heraldos y camellos cargados con toneladas de oro puro. Su generosidad fue tal que, al repartir oro en El Cairo, provocó una devaluación del metal que colapsó la economía local durante más de una década. Los historiadores coinciden en que la fortuna de Mansa Musa es imposible de calcular con exactitud porque controlaba la producción total de un recurso global de forma absoluta. Era una riqueza incalculable que superaría cualquier billón de dólares actuales. Musk extrae valor de la innovación del futuro; Musa simplemente poseía la base material del comercio mundial.

Una concentración de poder similar se vivió en el Imperio Romano bajo el mandato de Augusto César. Tras la muerte de Julio César y el fin de las guerras civiles, Augusto unificó el mundo mediterráneo y, durante su reinado, llegó a poseer todo el reino de Egipto. Los economistas históricos calculan que su riqueza neta equivalía a una quinta parte de la economía de un imperio que abarcaba desde Hispania hasta el Éufrates, lo que hoy equivaldría a más de cuatro billones de dólares. A diferencia de Musk, que debe navegar las regulaciones gubernamentales y la presión de los accionistas, Augusto era el Estado. La frontera entre los fondos públicos y sus arcas personales era inexistente.

El único personaje de la era moderna que logró una cuota de poder económico comparable a estos gigantes antiguos fue John D. Rockefeller a principios del siglo XX. Con la creación de la Standard Oil, Rockefeller llegó a controlar el noventa por ciento del petróleo en los Estados Unidos. En el momento de su jubilación, su fortuna representaba más del 1,5 por ciento del PIB estadounidense. Ajustada a los estándares económicos de hoy, su riqueza superaría los 400.000 millones de dólares.

El paralelismo entre Rockefeller y Musk es evidente. Ambos rompieron las reglas de sus respectivas épocas a través de monopolios o disrupciones tecnológicas salvajes. Sin embargo, el petróleo de Rockefeller era un recurso del que ninguna industria ni ciudadano podía prescindir en el siglo XX, lo que le otorgaba un poder de asfixia económica que las empresas de Musk aún no poseen del todo.

Al contrastar la magnitud de estas figuras, resulta revelador observar que, si bien Jacobo Fúcar alcanzó un histórico 2 % del control económico de su época, la ambición contemporánea ha logrado superar dicho umbral, situando a Elon Musk en un 2,9 %, seguido por otras figuras de inmensa influencia como John D. Rockefeller (1,54 %), Cornelius Vanderbilt (1,15 %), John Jacob Astor (0,93 %), Larry Page (0,92 %), Sergey Brin (0,86 %), Jeff Bezos (0,78 %), Michael Dell (0,68 %) y Stephen Girard (0,67 %).

Esta jerarquía de fortunas no hace más que reforzar la conclusión de que la verdadera medida de la riqueza no reside en el porcentaje de control que estos hombres han ejercido, sino en el impulso compartido de trascender la finitud, transformando de manera irreversible el curso de la civilización a través de legados que, ya sea mediante la filantropía social, la creación industrial o la conquista espacial, buscan sobrevivir mucho más allá de la efímera vigencia de sus balances financieros.

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