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marta ripollés

¿Cómo educar a los discapacitados: al margen, o con todos?

La escuela de verdad, la que deja huella, es esa en la que todos caben, donde nadie está excluido por su etiqueta, sus capacidades o sus límites

Hay lemas que se quedan cortos, y otros que, sin quererlo, lo dicen todo. «Juntos y revueltos» suena a juego, a mesa llena de niños hablando todos a la vez, a vida desordenada, y, sin embargo, es quizá la forma más sencilla de explicar lo que creemos en Fundación Tacumi Integración: que la escuela —la de verdad, la que deja huella— es esa en la que todos caben, donde nadie está excluido por su etiqueta, sus capacidades o sus límites. Donde crecer implica mezclarse, y mezclarse implica aprender a respetar y a aceptar las diferencias.

Cuando un niño con discapacidad intelectual entra en un aula ordinaria, no solo aprende… también enseña

Durante 15 años hemos trabajado por una convicción que es sencilla de decir, pero que aún cuesta defender: todos los niños tienen derecho a aprender juntos y todos los padres tienen derecho a elegir el modelo educativo que desean para sus hijos, independientemente de sus capacidades. No es solo un principio pedagógico; es un principio humano. Porque, cuando un niño con discapacidad intelectual entra en un aula ordinaria, no solo aprende… también enseña. Enseña que la paciencia tiene ritmo, que la inclusión es una forma de inteligencia, que la vida no siempre es ordenada, pero sí puede ser compartida. Enseña, sobre todo, que todos —absolutamente todos— tenemos un lugar si alguien nos tiende la mano.

Nuestro programa de Aulas Itinerantes lleva esta idea del «juntos y revueltos» a su forma más concreta: profesionales especializados que entran en las aulas ordinarias para apoyar a los niños con discapacidad intelectual u otras necesidades educativas específicas. No para separarlos, sino para permitir que avancen junto a sus compañeros, adaptando materiales, acompañando al profesorado y ayudando a construir un entorno donde todos se sientan parte. Hoy estamos presentes en 12 colegios y atendemos a 35 alumnos dentro del aula, pero su impacto va mucho más allá del número. Va calando en la cultura del colegio, en cómo se mira la diferencia, en cómo se convive con ella.

Porque, seamos sinceros: la inclusión no consiste solo en que un niño con discapacidad esté físicamente en el aula. Consiste en que su presencia tenga sentido. Que su voz cuente. Que su ritmo se respete. Que sus compañeros le reconozcan como uno más, con su personalidad, sus talentos y su brillo propio. «Juntos y revueltos» significa que nadie está apartado, porque nadie sobra. Significa que, en vez de separar a los niños por lo que no pueden hacer, los dejamos juntos para descubrir todo lo que sí pueden hacer juntos. La inclusión de verdad no consiste en «dejar entrar» a un niño en el aula. Consiste en darle su espacio en el grupo. En que su silla no sea tolerada, sino deseada. En que sus compañeros se alegren de sus avances como si fueran propios, y sufran con sus frustraciones como si fueran parte del mismo equipo.

En vez de separar a los niños por lo que no pueden hacer, los dejamos juntos para descubrir todo lo que sí pueden hacer juntos

Porque algo mágico —sí, mágico, aunque suene cursi— sucede cuando los niños conviven con la diversidad desde pequeños: se desactiva el miedo. Desaparece el «yo no sabría cómo tratarle». Se borra la distancia. Los niños no preguntan primero qué capacidad tiene otro niño; preguntan cómo se llama, qué le gusta, si quiere jugar. La inclusión no es una teoría. Es una emoción, y una que transforma más a quienes acompañan que a quienes reciben apoyo.

«Juntos y revueltos» es un modo de decir que el aula es un pequeño ensayo general de la sociedad que queremos construir. Por eso defendemos este modelo con tanta fuerza. Porque la inclusión no es solo un derecho educativo: es un proyecto de sociedad. Lo que ocurre entre pupitres hoy determina cómo entenderán mañana la dignidad, la igualdad, el valor de cada persona. Y si queremos que futuros ciudadanos construyan un mundo más justo, más amable, más humano… la escuela tiene que parecerse a ese mundo.

Por eso nuestro lema no busca sonar perfecto; busca sonar verdadero. «Juntos y revueltos» significa que la vida no viene en fascículos ordenados. Que la diversidad existe, y que es hermosa. Que el aprendizaje no ocurre cuando todos son iguales, sino cuando cada uno puede ser distinto sin miedo a ser apartado.

Ese es el corazón de nuestro lema. Eso significa vivir, aprender y crecer juntos y revueltos.

Marta Ripollés es Directora General de la Fundación Tacumi Integración

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