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El peor enfermo es el que no sabe que lo está o actúa como si no lo estuviera. En artículos anteriores he intentado poner de manifiesto el problema educativo que padecemos a pesar de que actualmente no aparece así ni en las encuestas, ni en la opinión pública. Del mismo modo, estoy convencido que la educación es un problema demasiado importante como para dejarlo en manos de la administración o de los políticos. Si así fuera, tendríamos otro problema más serio: la anestesia moral de una sociedad que hace dejación de una de sus principales funciones, la de educar.

Tras años de gestión educativa, he llegado a la conclusión de que el problema educativo en España no es cuestión de inteligencia, sino de voluntad. No es que no sepamos lo que nos pasa, ni cómo solucionarlo, el problema es que no queremos o no nos atrevemos a solucionarlo.

No será por falta de datos, estudios, expertos, y responsables educativos. Es casi imposible leer la cantidad de informes y propuestas de solución que se publican. La realidad, por mucho que se maquille en mensajes políticos, es tozuda. Tenemos un problema.

Una tentación fácil, y a la vez simplona, es echarle la culpa a la escasez de recursos a pesar de que la ministra y los distintos responsables educativos de la Comunidades Autónomas nos demuestran lo contrario. Siempre habrá que reforzar algunas líneas y parcelas educativas, pero el gasto educativo no para de crecer a pesar de la disminución de alumnos. Una educación buena es cara, pero una educación cara no es necesariamente buena.

Utilizando un símil de la informática, diría que tenemos un potente «hardware», los recursos, pero que nuestro «software» es débil y anticuado, aunque se llame «nuevo» o «progresista». Por lo tanto, nuestro modo de usar esos recursos no es eficaz, como se demuestra en cada evaluación de nuestro sistema educativo, así como en los resultados del mismo a pesar de que aprobar nunca fue tan fácil como ahora.

Vivimos una revolución de la información, que no necesariamente del conocimiento. La globalización ha derribado fronteras y nos obliga a convivir en una diversidad que hoy habita nuestros parques y escuelas. Pero en medio de este cambio vertiginoso, el ser humano sigue siendo el mismo: no podemos crecer sin el bagaje cultural de quienes nos precedieron.

Todo esto es cierto, pero también lo es que, en lo esencial, el ser humano sigue siendo el mismo y que no podemos crecer como personas sin recibir la herencia cultural de nuestros antepasados. ¿Acaso no es hora de plantearse en qué momento perdimos el norte y tiramos por la borda el rico bagaje de los valores que nos permitieron crecer personal y socialmente? ¿En qué momento decidimos que el esfuerzo, el respeto y la responsabilidad eran rutinas prescindibles? La responsabilidad no es otra cosa que la capacidad de responder por los propios actos. Eludirla es un ejercicio de cinismo que roza lo dramático.

Da la impresión de que, en España, en cuestiones educativas, y no son las únicas, nadie es responsable y «no pasa nada».

Si el alumno no se esfuerza el problema es la falta de estímulos. Si no aprueba, no por ello dejará de promocionar o de seguir recibiendo los juguetes tecnológicos, mientras sus padres se encargarán de justificar que la culpa es de los profesores o del ambiente.

Si los padres se convierten en objetores educativos, o maleducan a su hijo, el sistema educativo deberá encontrar los debidos psicólogos, pedagogos, asistentes sociales, profesores de refuerzos, o, con el tiempo, las oportunas «supernanys».

Si algunos profesores fallan, le echarán la culpa al sistema, a su desgraciada experiencia laboral, a los alumnos, a sus padres o, sencillamente, culparán a la administración educativa y a los políticos, que al menos en eso coinciden con todos los agentes anteriores.

Si los gestores educativos, los políticos, Consejeros o Ministros del ramo fracasan en sus tareas, lo primero es negar la mayor o pedir más presupuesto y culpar a los que le precedieron.

En definitiva: nadie es responsable, pero no pasa nada, o al menos eso parece. Pero la realidad es que sí que pasa. No podemos permitirnos despertar cuando sea demasiado tarde. Es urgente un cambio de mentalidad que destierre ideologías caducas y recupere los valores esenciales que el fanatismo ha intentado marginar.

Educar es crecer en libertad y ello conlleva la capacidad de dar respuesta de las acciones y omisiones. Nadie puede escudarse en la irresponsabilidad de otros sectores.

Afortunadamente, el sistema aún respira gracias a esos alumnos, familias y profesores que, lejos de asustarse ante la palabra «responsabilidad», se sienten estimulados por ella.

Aunque parezca lo contrario, todos sabemos de sobra que no es cierto que no pase nada. Sí que pasa. Quizá cuando nos demos cuenta sea demasiado tarde. Para que eso no ocurra es necesario que despertemos – educar, educamos todos- la rutina de la responsabilidad personal y colectiva.

  • Juan A. Gómez Trinidad es catedrático de Filosofía en Instituto y expresidente del Consejo Escolar del Estado