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La educación en la encrucijadaMaría Teresa Ballestar

La culpa de PISA 2025 no es de ChatGPT

La frontera entre el instrumento y el uso queda al descubierto en una rigurosa investigación sobre el impacto de la inteligencia artificial generativa en la educación secundaria china

El informe PISA 2025 vuelve a certificar una realidad incómoda: el rendimiento en lectura, matemáticas y ciencias continúa cayendo en la OCDE y en España. La explicación institucional una vez más, ha recurrido a un culpable conocido. Para la ministra de Educación, Milagros Tolón, el deterioro de la comprensión lectora responde a los hábitos de lectura rápida y superficial que imponen las pantallas. La propia OCDE señala factores idénticos: textos fragmentados, menor capacidad de atención sostenida y una distracción crónica en las aulas, donde casi el 30 % de los alumnos españoles admite que sus compañeros se dispersan con móviles y aplicaciones durante las clases de ciencias.

Sin embargo, reducir el problema a la mera presencia de pantallas es un diagnóstico perezoso. La tecnología en el aula no mejora ni empeora el aprendizaje por sí misma; todo depende de cómo se integra en la pedagogía y en los hábitos de estudio.

Esta frontera entre el instrumento y el uso queda al descubierto en una rigurosa investigación sobre el impacto de la inteligencia artificial generativa en la educación secundaria china. Strömberg (de la Universidad de Estocolmo), Lei y Wu (ambos de la Universidad de Hong Kong) analizaron durante dos años y medio a más de 26.000 estudiantes de entre 12 y 18 años. Para ello, utilizaron aspectos tan importantes para la enseñanza como el tiempo dedicado a las tareas, las notas en exámenes mensuales a libro cerrado y los resultados en las exigentes pruebas de acceso a la secundaria superior y a la universidad (el Zhongkao y el Gaokao).

Los datos revelan una paradoja alarmante: la IA incrementa las notas de los deberes un 18 % y recorta el tiempo para hacerlos en casi un tercio. El espejismo dura poco. A los seis meses de adoptar la herramienta, el rendimiento en los exámenes tradicionales cae un 20 %. En las pruebas oficiales de acceso, el desplome alcanza el 18 % en el Gaokao y el 24 % en el Zhongkao tras dos años de exposición continuada. El deterioro cognitivo no surge de la noche a la mañana; se acumula en silencio.

El detalle crucial del estudio radica en cómo utiliza la IA cada alumno. Cerca del 80 % de los usuarios simplemente externaliza sus deberes: tardan poquísimo tiempo y obtienen resultados que reproducen casi exactamente los del algoritmo. Es en este grupo donde se concentra casi toda la pérdida de aprendizaje. Por el contrario, la minoría que dedica un tiempo similar al que empleaba antes y utiliza la herramienta como apoyo no experimenta caídas significativas en sus exámenes. Cuando la IA asiste en lugar de suplantar el esfuerzo mental, la factura pedagógica se reduce de forma drástica.

La psicología cognitiva lleva décadas demostrando que la retención duradera exige práctica activa: resolver problemas con fricción, redactar con voz propia y explicar conceptos con palabras individuales. Si un estudiante delega la resolución completa en un modelo de lenguaje y copia el resultado, el beneficio cognitivo se evapora. Las conexiones neuronales no se fijan. Las tareas domésticas brillan en el expediente, pero el examen a puerta cerrada expone el vacío conceptual.

Ante este panorama, la tentación prohibitiva es tan estéril como previsible. Prohibir siempre es el camino fácil: basta una circular ministerial o una norma disciplinaria para fingir que el problema ha desaparecido. Pero el veto no educa, solo empuja la tecnología a la clandestinidad y ensancha la brecha entre la vida real de los alumnos, donde cerca del 80 % ya convive a diario con estas herramientas, y los muros del aula. Confundir la eliminación del síntoma con la resolución de la enfermedad es una renuncia pedagógica que priva a los estudiantes del acompañamiento y la supervisión que necesitan para no atrofiar su pensamiento.

Lo verdaderamente complejo, y a la vez urgente, es construir: transformar la IA en un instrumento formativo válido que no rebaje el listón, sino que incremente la exigencia. Incorporarla con rigor no significa allanar el camino, sino demandar competencias de orden superior. Si una máquina puede redactar una respuesta estándar en segundos, el reto del alumno ya no debe ser producir ese texto básico, sino auditarlo, detectar sus sesgos, refutar sus argumentos o utilizarlo como andamiaje para formular problemas más profundos. Guiar a los jóvenes para que pasen de ser consumidores pasivos de respuestas a evaluadores críticos de la información requiere dotar al profesorado de formación sólida y rediseñar una evaluación que valore el proceso reflexivo por encima del resultado inmediato.

Ni las pantallas ni los algoritmos son los culpables automáticos del declive educativo; el verdadero riesgo es permitir que la comodidad tecnológica sustituya al esfuerzo intelectual que hace posible aprender. Reducir la dependencia de la prohibición y apostar por una integración exigente no es una concesión a la modernidad, sino la única forma coherente de asegurar que la tecnología amplíe la mente de los alumnos en lugar de pensar por ellos. Pero, espero equivocarme, exigir esa amplitud de miras a nuestros gestores políticos es, a día de hoy, un sueño, y los sueños, sueños son.

  • María Teresa Ballestar, LUT University (Finlandia)