Fundado en 1910
Educar en la tormentaJuan Antonio Gómez Trinidad

Los pies de barro de la educación actual

Parece que se acepta, sin más, que la autoridad es un asunto trasnochado, incómodo y superado

La Generalitat de Cataluña presentó el pasado curso un plan piloto para incorporar Mossos d'Esquadra de paisano y sin armas como «agentes de convivencia» en algunos institutos. La propuesta suscitó un intenso rechazo de sindicatos y de parte de la comunidad educativa. Independientemente de que se comparta o no esta propuesta, que una administración educativa recurra a este procedimiento es un síntoma de que ha desistido de alcanzar la auctoritas educativa, condición imprescindible para enseñar, y ha apelado a la potestas, conceptos parecidos pero muy distintos tal como analizamos en un artículo anterior.

Como ya señaló Hannah Arendt, «la autoridad se reconoce cuando no necesita recurrir a la fuerza», por ello la medida de la Generalitat, más allá de la anécdota es expresión de una categoría: la crisis de la autoridad en educación es muy profunda y afecta a todo el sistema educativo español.

Las consecuencias de esa ausencia de autoridad son cada vez más patentes e irrefutables. Una encuesta realizada por CSIF afirma que la mitad de los profesores han sufrido insultos, amenazas etc. Los conflictos derivados del uso de los móviles y redes sociales aparecen como segundo gran problema en las aulas. Otros informes como el Defensor del Profesor (ANPE) corroboran estos datos y ponen de manifiesto el desgaste emocional del profesorado como consecuencia del ambiente escolar. En el mismo sentido, el informe Talis de la OCDE indica que los docentes españoles tienen más problemas por el clima escolar que la media internacional.

A los conflictos de disciplina tradicionales hay que añadir otros: grabaciones al profesor, difusión en redes sociales, cuestionamiento permanente de las sanciones, conflictos con la familia etc. Ahora las humillaciones que sufren los profesores no terminan en el aula, pueden terminar en las redes sociales acabando así con el prestigio y la salud emocional del profesor.

Por otro lado, el proceso sancionador se ha complicado de tal manera que lo que antes solucionaba el propio profesor, el jefe de estudios o el director, hoy se convierte en un proceso complicado como si de la justicia ordinaria se tratase lo cual a menudo es absolutamente ineficaz, cuando no ridículo.

Más allá de los indicadores señalados anteriormente, lo más grave es la ausencia de reflexión y discusión sobre este problema, ya sea en la literatura académica o en la vida pública y política. Parece que se acepta, sin más, que la autoridad es un asunto trasnochado, incómodo y superado. Se da por supuesto que no es necesaria la autoridad, entendiendo por tal muchas veces no lo que es, sino las caricaturas que de ella se han hecho, sin que en ningún momento se explique cómo se suple dicha ausencia ni cómo se solucionan los problemas que su ausencia produce. Hoy la autoridad, se dice, debe ser sustituida siempre por la motivación, el diálogo o el pacto como si no fueran compatibles ambas. El intento de reivindicarla descalifica a quienes se atrevan a hacerlo como «profesaurios», retrógrados etc.

Pero que no se hable de ello, no evita sus consecuencias, la primera de las cuales, la corroboran los datos antes mencionados: el deterioro del clima escolar impide una enseñanza de calidad y conculca los derechos tanto de los alumnos que quieren aprender, como el derecho y el deber del profesor de ejercer la docencia con la máxima entrega, ilusión y competencia. Es difícil transmitir con entusiasmo una determinada asignatura cuando el profesor ni siquiera tiene el debido respeto a su persona. El deterioro del clima escolar es más grave, por su extensión, que el número de profesores «quemados» o las preocupantes cifras aportadas por la fiscalía de menores sobre agresiones a profesores.

Son cada vez más los que pronostican que este curso puede ser muy conflictivo. De momento se pedirán más medios, pero quizá sea necesario revisar las causas profundas de la crisis educativa. La educación actual no está cimentada sobre roca, sino sobre un paradigma cultural demasiado líquido. Es necesario revisar uno de esos axiomas según el cual la autoridad en la educación es innecesaria, contraproducente y sustituible por el carisma del profesor, el diálogo, la motivación o la metodología adecuada.

El calor en las aulas durante los meses finales del curso anterior, provocaba un ambiente climático, un «estrés térmico» que dificultaba la actividad docente. Más preocupante y difícil de solucionar es el ambiente educativo y a ello hay que ponerle remedio cuanto antes.

  • Juan Antonio Gómez Trinidad es catedrático de Filosofía en Instituto y exvicepresidente del Consejo Escolar del Estado

Temas

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas