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Educar en la tormentaJuan Antonio Gómez Trinidad

¿Y ahora qué? A vueltas con PISA

El verdadero drama es que Occidente ha olvidado qué significa educar. Europa lleva décadas dinamitando los cimientos de la civilización que ella misma construyó a través de las aulas

Han pasado quince días de la publicación de los resultados de la evaluación PISA. Aunque con las limitaciones propias de toda evaluación, es la única que nos permite un análisis riguroso y comparativo de los resultados en los distintos estados y, en el caso de España, incluso de las comunidades autónomas mediante una ampliación voluntaria de la muestra de alumnos. Los titulares hablaron de una «tormenta perfecta», pero lo verdaderamente alarmante no son los pésimos resultados, sino el silencio posterior. ¿Y ahora qué?

El primer gran problema es la tentación de pasar página. Vivimos en un tsunami informativo que sepulta los escándalos bajo el siguiente titular. Eso es lo que espera el Ministerio y muchas administraciones autonómicas. Baste una muestra: en la última Comisión Sectorial de Educación, celebrada apenas diez días después de la presentación del informe, con la presencia de la ministra y todos los consejeros de educación, no se incluyó el análisis del informe PISA en el orden del día. Todo un desprecio institucional que varias comunidades autónomas calificaron, con razón, de inaudito.

El segundo error, igual de grave, es equivocarse en el diagnóstico. El ministerio y distintas administraciones y colectivos pretenden culpar a elementos sobrevenidos: la inmigración, las pantallas, la financiación o las ratios de alumnos. Excusas. Tampoco estamos ante un problema meramente sectorial que deban resolver en exclusiva los sindicatos, los pedagogos o los políticos de turno, por más que urja una autocrítica profunda. La raíz es mucho más profunda y destructiva.

El verdadero drama es que Occidente ha olvidado qué significa educar. Europa lleva décadas dinamitando los cimientos de la civilización que ella misma construyó a través de las aulas. Hemos desterrado la pasión por la Verdad, la Belleza y el Bien. En su lugar, el relativismo y la ideología han impuesto una dictadura de la opinión donde el relato devora al dato, la apariencia y el quedar bien es la norma y los intereses de determinadas minorías que controlan el relato ignoran el bien común.

Sin un legado cultural que transmitir, la educación se vuelve imposible. La antigua Paideia griega, que buscaba la excelencia moral e intelectual y el equilibrio perfecto entre bondad y belleza, parece hoy una utopía.

Urge para salir de la tormenta abrir una reflexión y un diálogo sereno y despojado de sectarismos. Hoy proliferan los sofistas que buscan ridiculizar al rival más que aportar soluciones realistas. Para evitar problemas, ya sea en la Conferencia Sectorial, en el mundo académico o en los propios claustros, solo se generan discusiones instrumentales. Ya lo advirtió Einstein en 1941: «vivimos en una época de grandes medios, pero de escasos fines».

Por mucho que cambie la historia y la humanidad, educar siempre consistirá en ayudar a crecer hasta que el ser humano alcance su madurez. Para ello, necesita recibir una herencia cultural gracias a la cual hemos podido llegar a ser lo que somos.

Sin embargo, el modelo educativo actual sufre el «síndrome de Peter Pan»: trata a los niños como adultos sin responsabilidades y a los adultos como niños consentidos. Nadie responde de nada. A esto se suma un cierto adanismo y un presentismo, –solo importa el aquí y el ahora– que corta las raíces históricas. Pero un árbol sin raíces no puede crecer ni resistir tormentas.

En este escenario, el educador –sea padre o maestro– sigue siendo la pieza insustituible. No es un burócrata reemplazable por la inteligencia artificial ni un animador sociocultural sustituible por una tablet. El verdadero educador extrae el potencial del alumno desde el encuentro personal, la autoridad y el conocimiento.

Pero el maestro solo abre la puerta; el camino lo debe recorrer el joven. Educar no es amaestrar. Exige contar con la libertad del alumno y, por tanto, con su esfuerzo sostenido y su sacrificio personal. Quien pretenda vender una educación puramente placentera y divertida, se engaña a sí mismo y estafa al estudiante. La recompensa de la cultura y la madurez siempre es diferida.

Es cierto que navegamos en mitad de una tormenta donde se ha perdido el norte y se confunden los roles. La solución no es fácil ni rápida. Pero las crisis tienen una virtud: nos obligan a desprendernos de lo superfluo y de muchos prejuicios. Requiere cambios profundos y genuinos, recuperar la pasión por enseñar y el valor del esfuerzo no es una utopía del pasado, sino la única herramienta real para rescatar el futuro.

En las aulas y en las familias late todavía la fuerza para encender la luz en medio de la confusión. Solo hace recordar en qué momento nos desviamos del camino correcto.

  • Juan Antonio Gómez Trinidad es catedrático de Filosofía en Instituto y expresidente del Consejo Escolar del Estado

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