La madre de Sheila Barrero, Julia Fernández
Crímenes famosos sin resolver (3)
El asesinato de Sheila Barrero: un caso resuelto por la Guardia Civil, pero en el que fiscalía no acusa
Los indicios, categóricos para los investigadores, señalan a un ex amigo íntimo de la víctima
Sheila era una joven muy bella. A sus 22 años poseía un gran atractivo. Buena estudiante y mejor trabajadora, compatibilizaba su empleo en una agencia de viajes de Gijón, con el de camarera de fin de semana en el Pub «Joe Team»:uno de los locales de moda de la localidad de Villablino, León. Allá por enero de 2004 andaba enfadada con Borja, un joven de la zona. Habían tenido una relación, pero él la había abandonado de malas maneras: quería recuperar a una novia del pasado.
Sheila, que estaba muy enamorada, sobrellevó la ruptura como pudo, aunque le costó. Sobre todo después de saber que la había reconquistado y ver como los amantes se besaban delante de ella en el pub en el que trabajaba. El 25 de enero de 2004, Sheila echó el cierre metálico al pub a eso de las 7.00 de la mañana. En vez de irse a casa, decidió seguir consumiendo un poco de la noche, esta vez al lado de la barra en el que no se trabaja.
Junto a varios compañeros y amigos acudió a otro bar, el pub «Guei». Una hora después, cuando las risas y las energías se habían agotado, acordaron retirarse a descansar. Sheila se subió a su Peugeot 206 y se dirigió a su casa de la localidad de Degaña, en Asturias: a 26 minutos en coche de Villablino. En mitad del camino hay un puerto de montaña, el de Cerredo.
Fue precisamente ahí, en lo alto del puerto, en un lugar inhóspito, donde alguien conocido logró que detuviese el vehículo. Ese individuo se subió en la parte de atrás y le disparó en la nuca con una pistola de pequeño calibre. Eran las 8.15 de la mañana. El proyectil le atravesó el cráneo, pero tenía tan poca fuerza que rebotó contra la luna y cayó dentro del vehículo.
El orificio de la cabeza
Nadie vio el proyectil y como el orificio en la cabeza no se apreciaba a simple vista, en un primer momento aventuraron que su muerte podía haberse debido a un golpe traumático en la cabeza. Veinticuatro horas después, el médico forense dio con la verdad. La habían asesinado de un disparo. Por protocolo, los agentes del lugar convocaron a todos los amigos de la joven al cuartelillo para someterles a pruebas de residuos de disparo. Habían transcurrido 33 horas de la defunción. Los resultados determinaron que el único que presentaba restos de haber apretado un gatillo era un tal Borja.
Antes de que le sometieran al test, el advirtió: «Voy a dar positivo. Hace una semana que estuve cazando». La excusa, hay que reconocer que era buena, le valió para salir indemne en un primer momento. Pero la ciencia lo convirtió en sospechoso: los químicos lograron aislar «una partícula de plomo, estaño y bario que es igual a los residuos de disparo encontrados en el casquillo» que los investigadores localizaron dentro del coche de Sheila.
Concentración pidiendo justicia para Sheila
También hallaron en la mano de Borja otra partícula específica, de plomo, bario y antimonio. El conjunto de ambas es tan poco habitual, que se convierte en algo parecido a una huella digital, algo único, como una firma. El informe de los expertos concluye: «No hay ningún tipo de duda en cuanto a la implicación de Borja en la comisión del crimen de Sheila Barrero».
El abrigo que faltaba
Hay más. El día que le tomaron los residuos de disparo le pidieron que entregase la ropa que llevaba el día del crimen. Llevó todas las prendas, pero entre ellas no había un abrigo, algo ilógico, ya que la temperatura en la zona de Asturias y León en esos días rondaba los cero grados en las primeras horas del día. Aun así, la chaqueta que entregó también dio positivo en presencia de «plomo, bario, antimonio y estaño en toda la chaqueta, si bien se encontraron valores más altos en la manga derecha. También se midió la concentración de estas partículas y se determinó que «corresponden a un único disparo (…), lo que no sería compatible con la caza que Borja manifestó practicar, toda vez que cualquier cazador hace más de un disparo en una jornada de caza, y ninguna munición de caza tiene estaño en su composición».
No es la única prueba basada en la ciencia que convierte las conclusiones en irrefutables. En los asientos traseros del coche se encontró una bufanda y sobre ella una pequeña fibra de algodón de color azul. Criminalística la analizó: se estableció que podría haber pertenecido a la chaqueta de Borja, pero claro, se habían vendido más chaquetas como esa. Podía ser de otra chaqueta idéntica.
La Guardia Civil no se dio por vencida: en una tienda todas las prendas nuevas son iguales, pero una vez comprada, cada chaqueta se va convirtiendo en única por el desgaste del día a día, por el tipo de detergente y suavizante empleado para su limpieza, por el número de lavados, por la marca de la lavadora y por el trato que el dueño da a la prenda.
Pues bien, al comparar la fibra localizada en el vehículo con otras de la chaqueta usada de Borja, la ciencia afirma que son idénticas y salvo que otra prenda haya repetido las condiciones de vida (lavados, marca de detergente, uso, etc.), lo que es harto improbable, la fibra pertenece a su chaqueta. Dicha conexión, bufanda, fibra y asiento posterior del vehículo no es baladí, pues en dicho lugar habría estado posicionado el autor del disparo que acabó con la vida de la joven Sheila.
La ciencia y los agentes
El esfuerzo no solo ha sido de la ciencia. Los investigadores han vuelto a interrogar a todo el mundo y así han logrado varios testimonios que aseguran que el fin de semana en el que se produjo el crimen los padres de Borja no estaban en casa. En su día ellos afirmaron no haber salido del domicilio y dieron coartada al chaval afirmando que no se había movido de su lado. Estas nuevas declaraciones cuestionan la veracidad de lo que los progenitores declararon en su día.
Hay otro dato muy significativo. Un mes después del asesinato, Borja acudió al hospital. Cuando le preguntaron dijo que padecía de insomnio, que estaba muy nervioso y que apenas comía. Acusó a Guardia Civil de presionarle, lo que le había provocado el cuadro de ansiedad. Lo curioso es que por entonces ni siquiera era sospechoso. Más tarde, cuando los indicios le señalaron, cambió de versión y su depresión de repente se debía «a su incapacidad para sacarse el carné de conducir que había intentado seis veces sin lograrlo». Los guardias investigaron la afirmación y descubrieron que no había sido seis, sino dos veces las que había suspendido y que los exámenes eran de un año antes de su visita al médico.
Estos son algunos de los indicios que apuntan a Borja. Hay muchísimos más. Sin embargo, la muerte de Sheila parece que poco preocupa al fiscal, que no asistió a los nuevos interrogatorios.
Tampoco ha escuchado a ninguno de los nuevos peritos, y aunque las pruebas científicas son concluyentes, el representante del Ministerio Público se niega a acusar al sospechoso. Este nivel de dejadez de la Fiscalía ha irritado a la familia que se siente abandonada y poco respetada por la Justicia.