Cuando La Mareta está más protegida casi que las fronteras
¿Cómo no va a agitar a la opinión pública el problema de la inmigración ilegal con un Gobierno que desatiende sus fronteras, incumple las leyes y deja en agua de borrajas los tratados de repatriación, pese a las ingentes partidas que se destinan a ese cometido bajo seráficos epígrafes?
Guardias Civiles inspeccionando La Mareta
Al conocerse el despliegue policial por tierra, mar y aire del que goza Pedro Sánchez, como si fuera el sultán marroquí, en los aposentos regios del Palacio de la Mareta que Hussein de Jordania donó a Juan Carlos I y como contrasta con el desguarnecimiento del litoral español como puerto franco para traficantes de seres humanos y droga, ¿Cómo no va a agitar a la opinión pública el problema de la inmigración ilegal con un Gobierno que desatiende sus fronteras, incumple las leyes y deja en agua de borrajas los tratados de repatriación, pese a las ingentes partidas que se destinan a ese cometido bajo seráficos epígrafes?
Entre tanto, el contribuyente aún aguarda, a estas alturas del año, que llegue el teórico día de la liberación fiscal a partir del cual lo que ingresa pueda por fin ir a su bolsillo, en vez de tributarlo todo a un Estado paquidérmico tan voraz como negligente encomendado a «síseñores» manilargos que no valdrían ni para cerilleros del Café Gijón. Así, los trenes se averían en medio de la nada cada dos por tres y los maquinistas de la alta velocidad, en vez de subirla al cabo de 33 años, solicitan rebajarla por dejadez en las infraestructuras. Entre tanto, el ministro Puente «yoyea» en las redes sociales para alegrarle las pajarillas a su «Puto amo», dado que su continuidad depende de su capacidad de peloteo.
Al ser como los malos médicos que viven de la enfermedad del paciente, que no de sanarlo, otro tanto cabe con el problema de la inmigración que tratan de instrumentalizarla contra la oposición para ver si, en medio de la polvareda, salen limpios de polvo y paja. Así, más que procurar soluciones, priorizan rentabilizar electoralmente esta cuestión clave activando una bomba de relojería de previsibles riesgos por la incapacidad creciente predicha por Umberto Eco de pensar a largo plazo.
Sin duda, la inmigración y el nacionalismo, dos de los dos grandes contenciosos españoles al que se acaba de sumar el giro copernicano de Sánchez de someterse al gigante comunista chino, constituyen problemas insolubles e insalubres, dado las altas dosis de sentimentalidad e irracionalidad que atesoran. Empero, que no puedan ser resueltos, obligando a conllevarlos, no quiere decir que no se puedan paliar por ejecutivos a la altura de las circunstancias. Claro que eso es pedir peras al olmo de Sánchez con su muro contra el rival y su puerta abierta a la inmigración ilícita.
Dejando de usar la llave de la legalidad y supliéndola por la ganzúa de la arbitrariedad, Sánchez polariza el debate entre una izquierda que ve en la inmigración, principalmente la islámica, el nuevo proletariado que le faculte seguir en el machito y una derecha montaraz que, con la bandera de preservar la identidad como el nacionalismo vasco o catalán, pierde los estribos al grito imposible de «Santiago y cierra España» o al más mundano de «A mí, Sabino, que los arrollo» de la añeja furia futbolística española. Azuzando el espantajo de que viene la ultraderecha para que todos sus abusos y corrupciones pasen a segundo plano, mientras él blanquea a las que sujetan su feble mayoría parlamentaria, Sánchez maniobra para escamotear la perceptible islamización. Así, una confesa izquierda atea adopta el islam como religión de conveniencia mientras vilipendia al cristianismo al saber que esto último no sólo le sale gratis, sino a devolver, mientras que, con el islam, no se anda con tales divertimentos.
Para quienes buscan aquí su tierra de promisión, como tantas veces hicieron los españoles, es exigible respeto a la ley y a sus fronteras, así como su integración siguiendo la vía del mestizaje, en vez de la de la segregación, que diferenció al Imperio español del británico, y que la libertad de culto sea recíproca sin vicarios de Dios que se erijan en césares teocráticos ni césares en dioses. En este sentido, no todas las identidades son respetables, pues no son equiparables la barbarie y la civilización. Por esa regla de tres, los conquistadores españoles hubieran debido respetar los sacrificios humanos de aquellos a los que liberaron de las etnias que los esclavizaban y, merced a cuyo agradecimiento, Hernán Cortes culminó la epopeya de la conquista de Nueva España.
Como discernían los ilustrados españoles del XVIII, la patria no es simplemente el lugar de nacimiento, sino también el territorio donde acampa la libertad escudada por las leyes. Y, por desgracia, el islam no es una religión más, sino que desata complicaciones de integración al contemplar a los demás como infieles a los que eliminar. De hecho, como se aprecia en la islamizada Turquía actual, tras arrumbar Erdogan la secularización de Atatürk, la mujer retoma el burka como lo hacen las llegadas a Occidente luego de haber asistido a un periodo de liberación de sus hábitos de origen por parte de muchas de ellas.
Por eso, la manipulación de la prohibición del Ayuntamiento murciano de Jumilla, con alcaldesa del PP, contra el uso de instalaciones deportivas para actos religiosos -como la fiesta del degüello del cordero cuando en España se impide la matanza familiar del cerdo- soslaya que la inmigración asociada al islam plantea asuntos insoslayables a diferencia del casi millón de rumanos ortodoxos o laicos o de la multitud cristiana latinoamericana, como ha escrito con tino el amigo Tadeu en The Objetive. A diferencia de otras creencias, el islam ha abrazado un radicalismo que criminaliza al homosexual y a la adúltera, así como recluye a la mujer en una cárcel telar ambulante. De transigir con ello, debido a una tolerancia mal entendida por un supuesto derecho de identidad, se sustituiría el Estado de derecho por la sharía con velos, burkas o burkinis que no señalarán tanto a quienes las visten como a las musulmanas que quisieran ejercer su libre albedrío.
No es islamofobia, sino advertencias del peligro que corre el modo de vida occidental cuando la teoría «del gran remplazo» es pura matemática atenida a una mera proyección demográfica. Eso lo ve la izquierda-burka, aunque se haga la distraída por querer pescar en ese caladero los votos que pierde a chorros en otras zonas y que puedan sacarla del Gobierno. De hecho, durante el mandato de Sánchez, los islamistas nacionalizados con derecho a voto supera el millón con tres cuartas partes de ellos marroquíes. Ambas partes capean sus contradicciones entre una izquierda en las antípodas de una religión que niega aquello de lo que esos progresistas a la violeta propagan. Pero, si los musulmanes votan a la izquierda, es para evitar la política migratoria restrictiva de la derecha. En definitiva, negocios.
A estos efectos, en su proceso de retroalimentación entre Sánchez y Abascal para merendarse a Feijóo en un bocadillo cuando las encuestas parecen despejarle el camino a la Moncloa, podría convenirse con Fernando Savater que PSOE recrea con Vox la escena de «El signo del perro». En esta obra de ciencia ficción del francés Jean Hougron, un explorador espacial aterriza en un planeta cuyos habitantes viven amurallados contra el acoso de terribles monstruos que espantan merced a los sortilegios de sus magos mandatarios. En realidad, esos salvadores providenciales eran los que simulaban esos titanes para amedrentar a sus súbditos con marionetas manejadas por los propios falsarios. Empero, aunque «el signo del perro» parezca el signo de hoy, los bárbaros, como en el poema de Kavafis, se mueven intramuros de la ciudadela tratando de imponer su credo con la gatera abierta por gobernantes sin escrúpulos dispuestos a vivir (a ser posible en La Mareta) que son dos días. Ante esa certeza, tan malo es tener miedo como no avizorar la tormenta eléctrica en ciernes.