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Los aragoneses han proclamado vencedor al PP en las elecciones de este domingo

Los aragoneses han proclamado vencedor al PP en las elecciones de este domingoEuropa Press

Elecciones Aragón

La izquierda pierde el monopolio de la clase trabajadora que castiga a Sánchez y sus socios en Aragón

El hundimiento del socialismo confirma el trasvase directo de los votos del PSOE hacia Vox

El Partido Popular ha ganado las elecciones autonómicas celebradas, este domingo, en Aragón, pero uno de los titulares de la jornada lo ha protagonizado la subida de Vox, formación que ha duplicado su resultado, disparándose desde los 7 a los 14 escaños, a costa del PSOE de Pilar Alegría, que se hunde hasta los 18 diputados, cinco menos que en 2023, tocando suelo histórico Jorge Azcón gana, pero tendrá que seguir negociando con los de Santiago Abascal.

Sin embargo, más allá de los titulares evidentes y de los análisis numéricos, el crecimiento de Vox bebe ya, inexorablemente, como anticiparon los comicios de Extremadura hace un mes, de los barrios obreros de Zaragoza, en pueblos de la Hoya de Huesca o en la ribera del Ebro, feudos tradicionales del PSOE en los que se ha producido un trasvase silencioso pero definitivo. Una tendencia que ya había sido advertida por la demoscopia y que no es anecdótica sino estructural.

Los votantes de las rentas más bajas, los que viven de salarios mínimos, padecen el coste de la inflación (subidas en la luz, el alquiler y la cesta de la compra) –mientras la izquierda tradicional habla de agendas identitarias o de indultos– han dejado de sentirse representados por el PSOE y han encontrado en Vox un nuevo altavoz para sus demandas y necesidades.

No se trata de un fenómeno nuevo en Europa. Se trata del mismo precedente que ya protagonizó Marine Le Pen en Francia cuando el Frente Nacional, en la actualidad Reagrupamiento Nacional, dejó de ser el partido de los ricos nostálgicos de Vichy para convertirse en la primera opción de las clases populares y periféricas. Así, en las presidenciales de 2022, Le Pen arrasó en los departamentos obreros del Norte y del Sureste, donde el Partido Socialista se había evaporado. ¿Por qué? Porque el discurso de la extrema derecha francesa dejó de centrarse solo en inmigración y patriotismo para hablar, también, de poder adquisitivo, servicios públicos desmantelados y sentimiento de abandono por las élites parisinas. Le Pen capitalizó el voto humilde, el que se sentía traicionado por la socialdemocracia tradicional convertida en progresismo cosmopolita.

En Aragón ha ocurrido algo parecido, aunque a escala autonómica y con matices propios. El PSOE de Pedro Sánchez y por extensión de su candidata, la ex ministra portavoz del Gobierno central Pilar Alegría, ha priorizado en los últimos años un relato basado en las premisas de la plurinacionalidad y en los programas de la memoria histórica que, en muchos hogares de clase trabajadora aragonesa, suenan lejanos, cuando no ajenos.

Mientras tanto, Vox ha sabido colocar en el centro de su propuesta política cuestiones como la seguridad pública, el precio de la energía, la okupación y capitalizar la sensación de que «los de abajo pagan y los de arriba no». El resultado que en Teruel capital, Vox ya ha superado al PSOE. En zonas rurales y semiurbanas de las tres provincias, el sorpasso ha sido una realidad palpable.

Por ello, el paralelismo con Le Pen es inevitable. Ambas formaciones han entendido que el voto popular ya no es propiedad exclusiva de la izquierda y que la clase trabajadora, cuando se siente desprotegida, no busca más políticas identitarias, sino protección, orden y un discurso que ponga nombre a sus miedos sin eufemismos. El PSOE, como le ocurrió al PS francés, ha perdido el monopolio de la defensa de los trabajadores, del campo, de los cinturones industriales, de la España vaciada. Y Vox, como el RN, lo ha aprovechado.

El mensaje de fondo de esta noche en Aragón, como lo fue en su día en Francia, es que el auge de Vox ya no es solo cosa de la derecha tradicional descontenta sino, también, el refugio de una parte de la izquierda que ya no se reconoce en su propio partido. Una dinámica que parece haber llegado para quedarse.

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