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Pedro Sánchez ha provocado la ruptura de la dirección con el PSOE histórico que representa Felipe GonzálezÁngel Ruiz

Corrupción, separatismo, desplome electoral... la tormenta perfecta del sanchismo desgarra al PSOE histórico

El anuncio de Felipe González de que votará en blanco en las próximas elecciones ha reabierto con total crudeza una fractura que lleva años larvándose en el socialismo español. La respuesta posterior del ministro de Política Territorial, Ángel Víctor Torres, sugiriendo que quizá el expresidente debería «abandonar el partido» si no comparte su rumbo, ha convertido la discrepancia en un choque frontal entre el PSOE histórico y el sanchismo. Un choque que se produce en un momento de caída libre del voto socialista, como han evidenciado los recientes comicios en Extremadura y Aragón. La ministra de Igualdad, Ana Redondo, reforzó la posición del Ejecutivo al asegurar que «hay jarrones chinos que lamentablemente ya no quedan bien en las estanterías»

González, presidente del Gobierno entre 1982 y 1996 y uno de los indiscutibles referentes históricos del PSOE, evidenció esta semana que no se siente representado por el proyecto actual. El expresidente reprochó la falta «total» de autocrítica tras las derrotas electorales en Aragón, donde han igualado el peor registro de su historia, y Extremadura y considera que ese mismo escenario se repetirá en las próximas elecciones generales en las que votará en blanco, según reiteró.

El secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, aplaude al exsecretario general y expresidente del Gobierno, Felipe González, durante un acto para conmemorar el 40 aniversario de la victoria electoral de 1982Efe

Además, responsabilizó al PSOE de promover el crecimiento de Vox con el objetivo de perjudicar al PP y afirma que así se lo han reconocido personas del propio Ejecutivo que, dijo, admitieron que se han podido medir mal. No es la primera vez que el exlíder socialista expresa su malestar, pero sí la ocasión en que lo hace con mayor carga simbólica: la renuncia a respaldar la papeleta del partido que lideró durante casi un cuarto de siglo.

La reacción no tardó. Torres deslizó públicamente que quien no comparta el proyecto debería reflexionar sobre su continuidad en la organización. La tensión quedó así expuesta: de un lado, la vieja guardia que reivindica la tradición constitucional y reformista del PSOE; del otro, la dirección actual, que defiende su estrategia de alianzas con el independentismo y la extrema izquierda, y su estrategia de resistencia a toda costa pese a los casos de corrupción que afectan de lleno la columna vertebral del partido.

La ruptura no se limita a González. En los últimos años, varias figuras históricas han advertido de lo que consideran una «deriva» del partido. Alfonso Guerra, quien fue su mano derecha como vicepresidente del Gobierno, ha criticado con dureza los pactos con fuerzas independentistas y ha alertado de que «no todo vale para seguir en el poder». Para Guerra, el PSOE corre el riesgo de desdibujar su identidad constitucional si supedita su acción a socios que cuestionan el modelo territorial.

En la misma línea se ha pronunciado Francisco Vázquez, histórico alcalde de La Coruña y exembajador ante la Santa Sede, que ha denunciado que el partido «ya no es reconocible» para muchos de sus votantes tradicionales. Vázquez ha llegado a sostener que el socialismo español ha abandonado posiciones de centralidad para situarse en un terreno que, a su juicio, erosiona la cohesión institucional.

También Virgilio Zapatero, exministro y referente intelectual del socialismo clásico, ha advertido sobre el debilitamiento de consensos básicos. En intervenciones públicas ha defendido la necesidad de preservar «el espíritu de la Transición» y ha expresado su inquietud ante reformas que, en su opinión, alteran equilibrios fundamentales.

El exministro de Cultura en la etapa de Rodríguez Zapatero, César Antonio Molina, ha hablado de una «mutación» del proyecto socialista y ha subrayado que el PSOE fue decisivo en la consolidación democrática, pero que hoy se aleja de ese legado. Y el exministro del Interior José Luis Corcuera llegó a afirmar que el partido «no puede ser rehén de minorías que quieren romper España», en una crítica directa a la política de alianzas parlamentarias.

Los ataques de Nicolás Redondo Terreros a Pedro Sánchez se centran en lo que considera una renuncia a los principios constitucionales del PSOE. Ha denunciado los pactos con el independentismo, la erosión de la igualdad entre españoles y la pérdida de cultura institucional. Esto es solo un resumen de algunas de las posiciones que vienen formando una «lluvia fina» que no cesa.

Este coro de voces, aunque sin coordinación formal, ha ido configurando la imagen de un PSOE escindido en dos almas. La actual dirección responde que el partido siempre ha sido plural y que la adaptación a nuevas realidades políticas es imprescindible. Desde el entorno de Sánchez se insiste en que las mayorías parlamentarias se construyen con diálogo y que la política territorial debe abordarse desde la negociación, no desde el inmovilismo.

En este punto, el proyecto que acaba de presentar el exministro socialista Jordi Sevilla ha sido interpretado por amplios sectores del socialismo histórico como un posible punto de inflexión en medio del desgarro interno. Lejos de limitarse a una crítica genérica, Sevilla ha planteado una propuesta estructurada para «rearmar intelectualmente» al PSOE, recuperar la cultura de gobierno y reconstruir puentes con el electorado moderado que se ha ido alejando en los últimos años. Su iniciativa apuesta por reforzar la institucionalidad, revisar la política de alianzas y devolver al partido un perfil claramente socialdemócrata, europeísta y constitucional. Sevilla aboga por la articulación de una alternativa doctrinal sin ruptura orgánica. No se trata de fundar una corriente crítica al uso, sino de ofrecer un marco de reflexión que permita «volver a hablar el lenguaje del PSOE que gana elecciones por mayoría». Para algunos dirigentes veteranos, esta propuesta podía convertirse en el espacio de encuentro entre generaciones desencantadas y cuadros intermedios que reclaman debate interno sin abandonar las siglas. Pero hoy por hoy los puentes parecen demasiado rotos como para hacer viable el proyecto.

Por si fuera poco, la tensión se ha trasladado también al ámbito autonómico. El ministro para la Transformación Digital y de la Función Pública, Óscar López, cargó recientemente contra el fallecido expresidente aragonés Javier Lambán, uno de los socialistas más críticos con los pactos con el independentismo. López censuró su actitud y sugirió que sus posicionamientos alimentan el discurso de la derecha. El duro ataque a un compañero recientemente fallecido ha levando ampollas, y la propia exministra Pilar Alegría salió al paso poniendo en valor la figura del histórico socialista aragonés.

En ese mismo eje se sitúa el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, quien ha mantenido una postura crítica con determinadas concesiones al independentismo catalán. García-Page ha advertido de que algunas decisiones pueden generar «agravios comparativos» y ha reclamado coherencia con los principios históricos del partido. Aunque evita el enfrentamiento directo, su posición lo ha convertido en referente interno de quienes reclaman un giro estratégico.

La controversia abierta por González añade una dimensión simbólica al debate. No se trata solo de una discrepancia táctica, sino de la disputa por el relato histórico del PSOE. El expresidente representa la etapa de mayorías absolutas, de integración europea y de consolidación institucional. El sanchismo, en cambio, reivindica la capacidad de sobrevivir en un escenario fragmentado, pero también de sobrevivir en medio de grandes escándalos de corrupción gracias a alianzas heterogéneas con los separatistas de Cataluña y País Vasco junto a la izquierda más radical. Si a ello sumamos la degradación de las instituciones, la errática política exterior y el impulso a estrategias de polarización social, lo que se dirime en Ferraz es el naufragio de un partido con 147 años contra los arrecifes del sanchismo.